La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

22 Noviembre 2009

Encrucijada cero

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Relato breve.

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Recién nacido, en la cuna, los míos, ya me dejaron bien claro que la vida era una cámara de torturas con paredes muy gruesas. Y que la felicidad sólo podría lograrla, ocasionalmente, durante el cambio de turno del verdugo. En esos tiempos muertos, sí me daba tiempo a hacer manitas e intimar con algún/a mártir, sería otra cosa. Y tenía que darme prisa, porque tarde o temprano (la incógnita forma parte del suplicio), mi cuerpo no resistiría más y desfallecería, con suerte, de forma fulminante, sin agonizar con desespero. Porque todos venimos para sucumbir. Por eso insistían en decirme que parte del secreto estaba en la encrucijada cero, descubrir desde allí, lo antes posible, el mejor camino, el ideal. Y nada más pude, me puse en marcha.

Después de profundos procesos de reciclaje mental que me llevaron a incrementar la determinación al máximo, llegué a la meseta árida de los horizontes perdidos, donde el aire era denso y el sol creaba espejismos inciertos que conmovían la conciencia. Su altura me aproximaba al cielo abierto y la monótona horizontalidad, al desasosiego. Me encontraba en el origen de todas las distancias, inicio de los tres cientos sesenta dudosos senderos que me confundían. Uno por grado de circunferencia. Todos se perdían entre los remolinos de polvo que desfiguraban el futuro. ¿Cómo estar seguro de escoger el mejor de aquella confluencia de caminos que se extendían en el inmenso e indefinido perímetro?

Harto de tal confusión preferí alzar el vuelo e irme a las alturas, el camino infinitamente suave. Cuando lo intenté vi la imposibilidad del mismo. No paraba de mover los brazos como alas colmadas de plumas, pero eran tantas mis dudas, que me lastraban en demasía. Opté, entonces, por bajar de peso rechazando los miedos; bendito ayuno. Pero no fue suficiente para remontar el vuelo. Desilusionado, ya sólo creí ver una oportunidad: la tierra, escudriñar en el subsuelo, bajo su peso. Pero mis manos no eran garras que pudieran abrirse paso a través de la consistencia. Aún así, hice sangrar las uñas hasta adentrarme en la oscuridad y lograr encontrar, por fin, el mejor camino: un túnel que me dirigió directamente a la zona VIP.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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'San Juan Bautista' [1508-1513]. Leonardo da Vinci [Italia, 1452-1519]. Museo del Louvre. Vía EQM.

 

 

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15 Noviembre 2009

Entre aves

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Relato breve.

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Dicen que el amor puede nacer en cualquier lugar del mundo y hora del día. Que evita los problemas eligiendo siempre el júbilo. Por eso, yo, sonreía a todas horas. El mío surgió en la orilla del mar: manifestando mi alegría tumbada en la confluencia de la quietud y el movimiento. Mi bikini era blanco y las olas lo volvían cristal: divina transparencia. Él paseaba por la orilla y, una vez salvó mi cuerpo, noté una ráfaga de brisa fresca que me erizó el bello e hizo que sintiera el efecto de la noria. Sin decirme nada, se sentó al lado consumiéndome con la vista. Ya nunca miraríamos a nadie que no fuera el uno al otro. Fue un amor silencioso y apasionado, mientras duró: en una ocasión, prefirió dar una ojeada a otra que sonreía más que yo; y se me acabó la feria y las nubes de algodón de azúcar.

El desamor me llevó a huir del mar y adentrarme en las montañas. Cambiar las gaviotas blancas por las cornejas negras. Perderme entre los bosques donde no llegara ni un ápice de la brisa marina. Quería olvidarme del entorno donde se fraguó mi pasión. Elegí un pueblo hundido en un valle rodeado de cumbres y allí empecé a reflexionar sobre mi pérdida. Las calles estrechas y frías acabaron por enclaustrarme. Entonces se inició un trasiego de recuerdos, añoranzas y melancolías que se adueñaron del cerebro, entristeciendo mi rostro hasta dejarlo apagado, sin rastro de frescura.

Pasó el tiempo y seguía afligida. Un precioso atardecer, orillando el río con el anhelo de que la belleza del entorno me sedujera lo suficiente como para ir cubriendo las reminiscencias, me encontré con un hombre tumbado frente a mí. Al ir a sortearlo, se levantó saludándome con dulzura. Me atrajo tanto su trato que decidí sentarme junto a él. Enseguida se percató de mi sufrimiento. Estuvimos hablando durante largo tiempo y me dio ánimos para sobrellevar los problemas. Fue una charla plácida que equilibró mi mente.

Días después, me regaló una gaviota de madera, que había hecho con sus manos, de esas móviles que se cuelgan en el techo y se activan con un tirón. Dijo que no había que huir de la realidad y que me ayudaría. Para ello, debía de colgarla en dirección a la costa y todas las mañanas al levantarme, estirar del hilo de nylon para hacerla "volar" un rato. Así lo hice durante un tiempo y fue verdad, relajó mi espíritu e hizo desaparecer el desasosiego. Una mañana de primavera tiré tan fuerte del hilo que el ave no cesó de moverse con pujanza. Siguió así hasta romper las sujeciones y, sobrevolando mi cabeza, desapareció por la ventana en dirección al mar; eso vi en mis sueños. Cuando me desperté, no estaba. Me quedé alucinada y ese día no paré de sonreír por lo acontecido y al percatarme de mi alegría, pensé que se avecinaba un cambio.

La gaviota blanca me indicaba con su vuelo que debía de retornar el camino, que ya era el momento de enfrentarme a los miedos; de sentirse de nuevo segura y radiante; de sonreír al mundo para que apareciese de nuevo el afecto. Y cuando llegué a mi destino me faltó el tiempo para ponerme el bikini y retozar sonriente en la arena del mar. Sólo pude estar unas horas esperando que alguien abriera de nuevo mis sentimientos, porque acabé descubriendo que éstos ya estaban abiertos. Y abandoné precipitadamente las olas saladas para regresar a la orilla del dulce río.

El día era alegre y los rayos del sol producían lluvias incandescentes que atravesaban las copas de los árboles, iluminando la belleza de los rincones más sombríos del bosque. Andaba junto al caudal oyendo su fluir moderado: sonidos tenues, vaporosos, que se fusionaban con los producidos por el aire al mover las ramas de los olmos y sauces. Me descalcé para pisar la suave hierba y comulgar con aquel paraje mágico. Sabía que se encontraba muy cerca, allí, en su río. Y presa de emoción, sonreí desmelenándome. De pronto, frente a mí, se posó una fétida abubilla con la cresta plegada apuntando hacia mi estrella. Y en esa dirección, estaba él, abrazado a un hombre, febrilmente. Entonces, quise ser como los grandes árboles que se aferran con inusitada fuerza a la tierra para aguantar los golpes de las crecidas. Pero me fui como el ave, con el moño plegado, siguiendo su vuelo errático, tal que una mariposa gigante.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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'Homenaje a Man Ray' [1997]. Fotografía de Jerry Uelsmann [EEUU, 1934]. Vía EQM.

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8 Noviembre 2009

La prueba del gato

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Relato breve.

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Era la oscuridad avanzada, cuando los murciélagos ya han calentado sus cuerpos revoloteando a ciegas por la ciudad y los perros aúllan temerosos de su soledad desde los balcones. Las estrellas parecían más pequeñas que nunca dejando el protagonismo a una luna presuntuosa, repleta de luminiscencia, mostrando impúdicamente sus cráteres.

Estábamos frenéticos porque en breves momentos nos sometíamos al último examen, el trascendente. La práctica final más peligrosa, expuesta y valorada. La prueba cumbre, en la que se debía demostrar las cualidades innatas de los finalistas.

El día anterior no pude descansar ni por casualidad. Los nervios se asentaron en mi cuerpo convirtiendo todo en una misión imposible. Pero para tener opciones, primero había que estar allí, en la fila, esperando el turno, y yo era uno de los doce privilegiados que, después de un "casting" multitudinario y dos años de estudios secretos, podía aspirar al puesto. Por eso llegué a sentirme esperanzada.

Lo teníamos todo aprobado y sólo hablábamos obsesionados a cerca de la gran noche: "La prueba del gato". Durante días estuvimos especulando sobre la altura a la que nos tenían que tirar: "que si a diez metros; que si como mínimo tenía que ser a quince metros; que no, que la altura era lo de menos y que incidirían más en la sorpresa y la brusquedad..." La verdad es que fuese como fuese, el momento en el que te lo juegas todo a una sola caída te hace palidecer hasta temblar.

Yo tenía la ventaja de ser la última de la cola, lo cual me proporcionaba una perspectiva inigualable y por tanto, poder estar preparada para cualquier circunstancia imprevista. Pero también sufría con los graves percances de mis compañeros. Me afectaban sus múltiples heridas y sentía paralizarme cuando les veía ingresar en la ambulancia. Al llegar mi turno, empezaron a temblarme las piernas de tal modo que parecía andar quieta, algo extraño que pronto se me pasó al realizar el obligado paseo por la azotea del imponente edificio de diez alturas.

Cuando quise darme cuenta ya me habían empujado con violencia inusitada por encima de la baranda y caía malamente al vacío, al principio de cabeza y después de espaldas. De inmediato, puse en práctica mis conocimientos aprendidos aplicando la técnica del gato:

primero, me llené de serenidad y orden; segundo, giré la cabeza hasta colocarla mirando al suelo, que me aguardaba sin piedad; tercero, volteé mis brazos ubicándolos en posición de protección para el impacto, rozando los cabellos de un vecino desvelado; cuarto, torcí la espina dorsal hasta tener la espalda alineada con la cabeza; quinto, roté la cadera para ordenarla con la espalda al mismo tiempo que giré las piernas. consiguiendo tener los cuatro miembros perfectos para el aterrizaje, mientras me llevaba, en mi vertiginoso descenso, parte de un precioso geranio; y cuando estaba a punto de estrellarme contra el suelo, extendí los cuatro miembros con intensidad y arqueé el espinazo todo lo posible para atenuar el ímpetu del golpe.

El impacto fue tremendo pero mi cuerpo consiguió absorber toda la fuerza brutal del instante y salir indemne. Me levanté y sacudiéndome con elegancia sonreí sin creérmelo, al tiempo que mis oídos percibían el aplauso de todo el tribunal. Era la única que había hecho todos los movimientos en el orden apropiado y con un resultado altamente satisfactorio. No tenía señal alguna de lesiones y la tensión contenida se desmadró provocándome un llanto insostenible de alegría.

Las felicitaciones me hicieron olvidar todas las penalidades del curso: por fin ya era el número uno, había conseguido la plaza de funcionaria del Estado. Allí mismo, en una ceremonia muy protocolaria, me hicieron entrega del traje especial de trabajo y, orgullosa, me lo puse de inmediato. Me veía soberbia con el vestido ajustado, los largos y finos tacones y mi peineta negra. Todo el mundo se sentía contento. Ya tenían la herramienta perfecta para poner en práctica la nueva ley secreta para el combate al soborno y la corrupción. Además, en sintonía con la filosofía progresista e igualitaria, gustaba mucho que la ganadora para salvaguardar la democracia de estas villanías, fuera mujer y lesbiana.

A partir de ahora me convertía en la superheroína española, una especie de Spanish Catwoman a las órdenes del estado: Lincewoman. No dudé en estrenarme adentrándome en la noche pisando con sigilo las azoteas de la gran ciudad, para sorprender a los villanos de alguna trama nefasta. Será difícil salvar a España, pero empeño en el trabajo no me va a faltar.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Mi gato [2009]. Ilustración de Corbacchia [Rusia]. Vía EQM.

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1 Noviembre 2009

El pececillo de plata

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Relato breve.

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Animal

Se levantó y brillaba el día. Esa época del año en que amanece tan pronto le desorientaba totalmente. Mientras desentumecía los músculos prefería recordar la fresca noche a través de la pequeña ventana: el vuelo fugaz de los murciélagos arañando las grandes farolas iluminadas.

La verdad es que aquel hombre grueso de aspecto tierno, lo tenía claro: no le gustaba nada el calor. Era alérgico a los rigores propios de esas fechas del calendario y añoraba el invierno.

Pronto se sentó en el frío inodoro, entre el lavabo y la pared, un espacio perfecto para la concentración en el esfínter, aunque le costaba conseguirlo. Sobre todo porque era el momento en el que salía del desagüe de la porcelana un sociable insecto. Pequeño y diminuto animalito que no superaba el centímetro de largo: un pececillo de plata.

Lo normal es encontrarlos cuando menos te lo esperas, al levantar el colchón o al golpear un póster o un libro. Suelen, en esos momentos, correr asustados con la velocidad del rayo, escondiéndose en el primer lugar que encuentran. Sin embargo, éste salía todas las mañanas a la misma hora, con relativa tranquilidad, quizá atraído por el nuevo día.

Le agradaba la humedad y parecía decidido a vivir allí para desearle los buenos días antes que a nadie. Se paseaba confiado por el lúcido y resbaladizo desierto blanco. Mostraba orgulloso su traje de brillantes escamas plateadas, tan delicadas como las de las mariposas, por eso el gordo no se las tocó jamás. La verdad es que le tenía fascinado. Se podía pasar horas observando el movimiento de sus tres pares de patitas y su segmentado cuerpo.

Al principio le hacía rabiar hostigándolo por toda la superficie hasta que le obligaba a trepar por las imposibles paredes brillantes. Se divertía viéndole resbalar una y otra vez intentando conseguirlo. Y hay que decir, que estuvo a punto de aplastarlo con su rechoncho dedo para convertirlo en una reducida manchita de muerte; pero no se sabe muy bien por qué no lo hizo.

Amigo

A partir de entonces, incrementó sus relaciones haciendo muy buenas migas con el pececillo e incluso renunció a lavarse y rasurar su barba mientras estuviese allí. Acabó sintiendo una reciprocidad de afectos que le estimulaba a contarle sus vivencias más personales, encontrando abrigo en aquel diminuto insecto.

Una mañana, con la intención de refrescar un poco a su pequeño camarada no pudo reprimirse y decidió abrir escasamente el grifo. Parecía que le gustaba, pero en un segundo vio que flotando con descaro fue arrastrado por la fuerte corriente hacia el desagüe, tragándoselo de inmediato. Cerró aceleradamente la llave y no pudo apartar la mirada de asombro. Fue visto y no visto, un segundo fatídico.

- ¿Qué habrá sido de mi menudo bichito? No puede ser que haya desaparecido mi compañero-se dijo cabizbajo.

-Conociéndole como lo conozco, seguro que me estará tomando el pelo-barruntaba sin querer reconocer la gravedad del hecho.

De pronto se precipitó sobre el desagüe, y colocando la oreja sobre él, se quedó un buen rato a la escucha, creando un silencio de expectación. Soñaba con oír algún sonido suave, quejidos lastimeros o gritos de auxilio, señal de que aún estaría allí y podría recuperarlo, pero todo fue inútil.

Transcurrieron varios minutos y, desde su asiento de porcelana, no hacía otra cosa que invocar para que no le hubiera pasado nada. Deseaba volver a verle salir, como todas las mañanas, paseándose por aquella superficie resbaladiza, para saludarle.

El resto de la jornada se lo pasó lamentándose; apenas probó bocado alguno y, sus ojos empezaron a lagrimear por el esfuerzo continuo que representaba mantener fija la mirada sobre aquel agujero mal oliente. Esa noche la pasó criticándose su absurda acción.

Añoranza

La necesidad de que amaneciera antes para poder alimentar la esperanza de un nuevo encuentro, le creó una ansiedad que amplificaba los buenos recuerdos que podían no volver nunca jamás.

-Que ratos pasé contigo, "Platita"-así le gustaba llamarlo- Te he contado tantas cosas; algunas humanas y otras no tanto. Hemos compartido momentos tan agradables... Tú no lo sabías, pero la verdad es que me levantaba siempre pronto para poder narrarte mis historias. Necesitaba que escucharas mi soledad y hablarte de los miedos, de la amargura y del desaliento preñado de nostalgias; de tantos sentimientos...

Las horas negras pasaban despacio, como intentando borrar el ansiado anhelo. No paraba de moverse por toda la cama buscando un equilibrio que le trajera la paz que necesitaba, pero las continuas evocaciones del pasado le estiraban los párpados evitándole el descanso.

Por fin, la nueva jornada rompió el corto sueño del agotamiento. Se levantó con la rapidez del que se sabe jugando al todo o a la nada. Una vez frente al lavabo, se percató de la tan temida separación. La realidad le llenó de mudez, dejándole paralizado allí mismo.

Durante mucho tiempo las mañanas ya no fueron las mismas. Su ausencia le quebraba el ánimo. Le echaba demasiado de menos para poder seguir la rutina de su vida. Sus sentadas en la loza le resultaban aburridas y los múltiples sentimientos que necesitaba expandir se le apretujaban tanto que le dañaban el ánimo.

Perspectiva

Un buen día, una arañita minúscula de color beige como la arena del mar próximo, eligió aquel orificio para confeccionar su particular trampa de seda. Esto le hizo gracia al hombre rollizo de carácter sensible. Fascinado por la habilidad del animalillo se quedó observándolo sin pestañear. Admiraba la paciencia de aquel ser insignificante que podía estar inmóvil como una efigie durante horas. No daba crédito a lo que estaba viendo, tan pequeñita y ya sabía todo lo que necesitaba para sobrevivir en este difícil mundo.

De pronto sintió la necesidad de acercarse a ella. Para hacerlo, cazó una pequeña mosca y la lanzó contra la tupida red pegajosa. De inmediato la arañita se desplazó hasta donde se encontraba la víctima agitando inútilmente las alas y la paralizó envolviéndola con mil vueltas de seda. Al tiempo que se alimentaba con parsimonia pareció que le miraba agradecida; entonces, una sensación de escalofrío recorrió todo su grandote cuerpo y sonriendo a la arañita le dijo:

-"Arenita", ¿no te importa que te llame así? Sabes, por aquí vivía un pececillo de plata al que le contaba mis cosas. Posiblemente no lo hayas conocido por que eres muy joven. Era mi confidente. Recuerdo que lo primero que le conté...

Sus palabras sólo consiguieron cercar, por unos minutos, al silencio de la soledad de su celda; obsequio maldito de la odiada y perpetua condena.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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El pececillo de plata (Lepisma saccharina), también conocido como lepisma de la harina o lepisma del azúcar, es un insecto tisanuro ágil y con una fuerte fototaxia negativa (huye de la luz), lo que hace rara su observación. El nombre de la especie deriva del brillo metálico de su cuerpo. Los lepismas viven de materias vegetales diversas, como moho, papel y alimentos amilosos (con almidón), como la cola de encuadernar libros o el apresto para la ropa. Vía EQM.

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25 Octubre 2009

Cerca del cielo

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Relato breve.

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Dicen que entre las plantas y los gatos es necesario escoger. También que el mundo de las fantasías se nutre de la ingenuidad de los niños. El suceso que reúne estas dos cuestiones y les voy a a relatar acto seguido tal y como ocurrió, supuso una conjunción que me perturbó para siempre, yendo más allá del entendimiento meramente racional.

Tenía seis años, la edad límite del 'pensamiento mágico', cuando andaba jugando con un gatito que me acababan de regalar. No inventaba otra cosa que perseguirlo para que corriera vertiginosamente, entre la puerta del salón y la barrera de macetas que, al fondo, cubrían la baranda metálica de la terraza. Él parecía disfrutar tanto como yo y, de vez en cuando, se detenía a orinar unas gotitas en la planta de las flores rojas para, acto seguido, continuar con las correrías. En una de sus aceleraciones, siempre incontroladas por culpa del resbaladizo pavimento, el felino fue directo hacia aquella murciana florida y antes de que chocara contra la maceta... ¡Juro que aquel tiesto se apartó para dar paso al mortal vacío!

Su caída fue precipitada, rápida, no como las hojas secas de geranio que tiraba mamá. Y yo, angustiado, insistí en bajar con papá a recoger al tierno compañero de juegos. Una vez en la calle, nos lo encontramos cadáver sobre la cuadriculada acera. Llorando, pregunté a mi padre: "¿por qué se ha muerto si los gatos tienen siete vidas?" Él, después de unos segundos, me respondió muy concluyente: "has de pensar que el gatito ha caído de un octavo piso, si hubiese sido un séptimo..." Sollozando, le inquirí de nuevo: "¿y por qué vivimos tan alto?" Y me reveló que él entendía que era bueno estar cerca del cielo. Cuando regresamos a casa, a espaldas de mis padres, no paré de mear todos los días en aquella planta, hasta matarla. Después, por si acaso, rompí el tiesto y lo tiré a la basura. Nunca más volví a pisar la terraza.

Poco tiempo después, una mañana de domingo repleta de fiesta, al regresar de la feria con la familia, me dijeron que mi madre, limpiando una ventana apoyada en la barandilla de aquella terraza, se precipitó al vació. Las pequeñas luces de colores del tiovivo que aún llevaba en el pensamiento, se me apagaron para siempre. Mi padre estrenó una mueca doliente que ya nunca perdería. Acabó hablando solo, susurrando gemidos y sus ojos se volvieron opacos para no ver la luz de la vida. Era el sino que le condujo al suicidio por el mismo camino.

Desde entonces miro al cielo con temor porque le tengo verdadero recelo. Siempre recorro las calles pegado a las paredes por miedo a que alguna maceta florida quiera acabar el ajuste de cuentas. Y vivo en una planta baja, donde las caídas son tontas. Carente de jardineras, sin las tonalidades caprichosas de las flores y sus seductoras fragancias, pero rodeado de mis queridos y cariñosos gatos de mil colores; marcado con sus aromas que huelen a compañía

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Gato azul en balcón. Vía EQM

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18 Octubre 2009

El vuelo de las libélulas

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.

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Jamás vi cosa igual. Llovía desmesuradamente sobre la arena de la playa y la cortina de agua era tan densa que impedía distinguir las dunas. Viento y agua enlazaban sus poderes para cimbrear las palmeras hasta aturdirlas, dejándolas con un brillo espectacular. Cuando finalizó todo, asomó el sol para calentar las últimas rachas de viento. El paisaje acababa de salir de un túnel de limpieza. La fuerza de la naturaleza había frotado incluso el cielo, dejándolo raso y resplandeciente. Y el aire era tan dócil que parecía estar impregnado de suavizante.

Yo no me había movido del sitio desde que llegué jadeante y sudando. Seguía acurrucado en el suelo completamente calado y seguro de tener un aspecto infausto, escurriendo las gotas de mi cuerpo. Pero por dentro me sentía totalmente brillante. Era como si formase parte intrínseca de aquel espectáculo tan limpio. Junto a mis pies, acababa de nacer un charco de dimensiones espectaculares. El agua había inundado la parte más baja, donde prosperaban las palmeras que ahora se veían nítidas con todo su nuevo esplendor sobre aquellas aguas puras, recién desplomadas.

El silencio vagaba por todas partes impregnando de sosiego el oculto rincón. Solo detenido, intermitentemente, por el rumor de unas olas entusiastas. Lo próximo desprendía olores enérgicos y la brisa, naciente en la lejanía, me aportaba sutiles mezclas de aromas restados al camino. El suceso me emocionó tanto que por un segundo olvidé por qué estaba allí, qué sentido tenía mi presencia en aquellas dunas. Pero escudriñando la última memoria me topé con el miedo a mis rastreadores, subordinados a la nueva sinarquía internacional. Cuánto me hubiera gustado venir aquí buscando algo cercano, algún recuerdo bendito.

Permanecí allí, frente al agua encharcada, el resto soleado de la mañana, esperando perder mis lluvias hasta secarme, mientras ya me cuestionaba el haberme negado a venderles la patente para la obtención de energía, infinita y barata, de los campos magnéticos de la materia oscura. La pretendían, como tenían por costumbre, para dormirla en la cama de sus intereses. La irradiación iluminaba aquellas vacías aguas nuevas, mostrando su apelmazado suelo. Y la crecida brisa comenzó a rizarlas cuando aparecieron nerviosas libélulas de cuerpos frágiles y largas alas. La frenética actividad de estas criaturas y sus prodigiosas acrobacias producían visiones fantasmas en el aire, destellos verdes, amarillos y azul turquesa, como si los colores volaran.

Mientras admiraba sus habilidades me extrañó el zumbido férreo de la más grande. La veía excesivamente alterada, en pos de alguna presa y mi conciencia se despertó con aquel particular aleteo, incrementándome el recelo. Entonces, cuando se cernió en el centro de la charca, fijé la mirada en sus sesenta mil ojillos y sentí que me habían descubierto. No quise huir. Y seguí mirándola; pero esta vez de frente, desafiante, con orgullo. Sabía que era el "Big Brother" de los perseguidores y estaba perdido. De inmediato oí una pequeña detonación; un arma despidió su carga y fue a parar a mi húmedo cuerpo que, cerrando los sentidos, se volteó impulsivamente sobre el agua estancada, tiñendo su orilla con el pigmento que faltaba en el paisaje.

Segundos después, sobreponiéndome a la expiración, logré entreabrir uno de mis párpados para alcanzar a ver, a través del agua, el vuelo de las libélulas rojas hacia el infinito horizonte y sentirme cabalgando en sus coloraciones.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Libélula flecha roja (Sympetrum sanguineum), odonata anisóptera, de unos 4 cm de longitud, dando cuenta de su presa, un cicadélido (Cicadellidae), hemiptera Membracoidea, también llamado 'chicharrita' o 'saltahojas'. La imagen, de Guido Gerding, Vía EQM

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11 Octubre 2009

El Rey de mi casa

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Relato breve.

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Desde pequeñito siempre me había sentido el rey de mi casa. Lo bueno de no tener hermanos era precisamente que me convertía en un ser único y, por lo tanto, solicitado a todas horas por mi familia. Me colmaban de atenciones y regalos con cualquier excusa y se empeñaban en llevarme de punta en blanco. Su Angelito tenía que lucir más que nadie, como un verdadero ángel.

Nunca necesité reivindicar nada porque lo tenía todo y mi vida transcurrió como en un cuento de hadas y princesas donde la felicidad era una constante con picos desmesurados. Así fui viviendo hasta que perdí primero a mis venerados abuelos y más tarde a mis queridos padres. Entonces me quedé sólo, sin súbditos, y se me hizo insoportable no oír halagos ni tener atenciones.

El tiempo iba agravando mi estado de insatisfacción: era un sufrimiento vivir en una sociedad con tantas leyes y obligaciones que cumplir. En la que te exigían dar mucho para recibir tan sólo unos pocos servicios de baja calidad. Como cada vez estaba más encolerizado con esa cerca que me iba ahogando hasta hacerse insoportable, decidí tomar cartas en el asunto; cambiar mi vida.

Recordando aquello de la reivindicación de los pueblos indígenas, los originarios, ancestrales... Me amparé en El Derecho de Libre Determinación de los Pueblos para decidir mi propia forma de gobierno sin injerencias externas. Estaba seguro de conseguirlo ya que dicho precepto estaba recogido en La Carta de las Naciones Unidas y en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y como además en mi país estaban de moda estas reivindicaciones, pensé que serían condescendientes.

Para facilitar más las cosas, decidí renegar de mi cultura cristiana presentando mi apostasía y abrazando los dogmas musulmanes. Parecía una estupidez, pero lo que quería era aprovecharme del diálogo intercultural y de la famosa Alianza de las Civilizaciones. Lo tenía claro: convertiría mi piso en un Emirato Musulmán; de ese modo esperaba obtener más facilidades y quien sabe si alguna subvención. Lo único que me importunaba un poco era tener que bajar de categoría, convirtiéndome en príncipe. Pero la seguridad de la independencia bien valía la pérdida de un escalón.

Aprovechando la confusión existente en el país con la ola de referendos municipales de independencia, colgué en la baranda de mi terraza una bandera verde esperanza con una media luna azul en cada vértice -reivindicando a tope el símbolo musulmán-, junto a un rótulo de grandes dimensiones en el que se podía leer: "EMLI (Emirato Musulmán Levantino Independiente), saluda a sus vecinos desde la frontera del amor y el diálogo". Las letras eran generosas para poder ser leídas desde todas las latitudes y durante la noche permanecían encendidas, parpadeantes, publicitando la estrenada independencia.

Estando escribiendo las cartas que iba a enviar a las autoridades municipales, autonómicas y nacionales (a las que guardé pleitesía durante años), anunciándoles mi nuevo estado y rogando una audiencia para el intercambio de reconocimientos, me quedé sin tinta en la impresora y decidí salir a comprar unos cartuchos nuevos. Mi sorpresa fue descubrir que en el rellano de mi piso había dos guardias armados impidiéndome la salida. Con la excusa de carecer de tratados con mi estrenado emirato y el temor a un posible radicalismo violento, decidieron bloquearme.

Aún sin reponerme del golpe de efecto, cortaron el agua, la luz, el gas y me dejaron sin comunicación alguna. Aislado y sin posibles contactos, pronto me vi carente de alimentos. Y cuando la situación se hizo insoportable, me colgué con un arnés del mástil de la bandera con el propósito de llamar la atención del mundo independentista y desbloquear mediante su influencia mi angustiosa situación. Todo fue inútil, nadie me tomaba en serio y me veían más como una muestra pintoresca que como algo que les pudiera beneficiar, ya que nunca hice mención a los derechos históricos y mi lengua seguía siendo el español.

Famélico y cansado de aquella reivindicación de libertad sin repercusiones, una noche de tormenta y granizo, con vientos violentos, y aprovechando un descuido de mis guardianes, me descolgué por el balcón, jugándome la vida. Gracias a mi amor -íntima compañera con la que jugaba a indias y vaqueros en la infancia- con la que logré comunicarme a través de señales de humo, pude evadirme de aquel atropello y pedir asilo político.

Ante el rechazo de todas las embajadas, me tuve que tirar al monte dispuesto a comenzar un duro desafío pero, al planear mis hostigamientos, me di cuenta que desde la soledad más absoluta estaba perdido de antemano. Bloqueado por la peliaguda situación, decidí ponerme en contacto con mi "india" a la que le propuse montar una enorme "tipi" de palos de abeto para turismo rural y de este modo camuflar mi identidad.

Hoy, mi ama de llaves es ella y mi reino, la pradera. Y cuando el rocío refresca el pasto, aclaro la voz con miel de eucaliptos y canto El Rey, esparciendo a bocanadas el aliento: "...pero sigo siendo el rey...".

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Imagen de 'Ángel caído' [2009], obra del artista digital canario Oscar Gorostiaga. Vía pixela2.


'El Rey', canción ranchera de la música popular mexicana, compuesta por José Alfredo Jiménez [México, 1926-1973], que aquí la interpreta. Vía EQM.

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4 Octubre 2009

Pelirroja

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Relato breve.

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Fuera llueve plácidamente, sin fulgor, por inercia. Así me encuentro yo: sereno con la soledad obligada. Hecho a las circunstancias. Parece que desde la traumática separación me he refugiado en todos los rincones del alma y, ahora, sólo me queda la aceptación de un hecho natural. Salgo poco y el aislamiento me ha volcado de nuevo en la lectura y la música. Una para reflexionar y la otra para soñar.

He vuelto a la ciudad en la que me crié, cerca de los míos, esperando sentirme arropado por lo conocido. Tras la lluvia apacible, adivino el inmenso mar que, indolente, apenas se perturba con las gotas que caen. Como cuando de niño, en la playa, le vaciaba una y otra vez mi regadera de colores. Todo parece volver desde la lejanía, recordándome que han pasado muchos años y que la juventud se derritió con la ardiente exaltación de la experiencia.

Siento este piso como algo verdaderamente mío a pesar de que pago un alquiler por desenvolverme en él. Su pequeñez me consuela con la inmensa terraza abierta, donde las múltiples macetas alojan a otras tantas plantas demacradas, que hoy, por fin, se ven atendidas. Así me veo yo, tal que ellas, arruinado por falta de cuidados. Y cuando regreso del trabajo, sueño en que algún día, como hoy, llueva también para mí.

Acabo de conocer, en el bar donde almuerzo todos los días, a una chica pelirroja muy blanca, repleta de simpáticas pecas: dicharachera, bonita y con alegre ingenuidad. Me parece salida de un cuento que pude leer en su día. Sin apenas conocernos quiere demostrarme de lo que es capaz en una cocina. Posiblemente sea todo muy prematuro como para aceptar tal oferta, pero a quién no le agrada una compañía tan jovial en su casa.

Sólo han pasado veinticuatro horas y me ha dejado claro que es una experta cocinando, lavando, limpiando, amando... Ha sido todo un hallazgo y lo mejor es que no se contagia de mi actitud inamovible. Se vuelca como jamás nadie lo hizo y sabe cuidarme de las huellas de mis monstruos. Su sonrisa empapela las paredes y se entrega tanto que ensalza mi ánimo. Hasta los enseres nimios gozan de sus atenciones. Y, al abrir el armario, he visto su cuidada ropa junto a la mía. Ha decidido quedarse.

No tengo quejas, todo es perfecto, hasta brotan flores en los búcaros, pero me falta la chispa, no lo siento con verdadera fuerza. Cuando la veo sonriendo frente a mí, en el sillón, sentada sobre sus piernas, únicamente con sus braguitas, me pregunto: ¿qué es lo que me pasa? ¿Todavía arrastro las reminiscencias de mi pasado que me impiden volcarme sobre ella? ¿Son los miedos que se hacen perpetuos para ahogarme el futuro? He cambiado, embellecido, actualmente estoy en otra cota, pero necesito algo más. Me dejo querer y sé que no es suficiente.

Han pasado dos meses y todo sigue igual. El gozo y la culpabilidad presiden mi vida, siento que vivo en falta. Hoy me despierto demasiado tarde, somnoliento, estoy solo. Parece que la alegre mañana del domingo se ha marchado sin saludarme. Me incorporo y no la veo, la busco y no la hallo, la llamo y no contesta, la espero y no retorna. Cuando decido airear el colchón, debajo de su almohada encuentro una nota de amor de quien sabe admitir las derrotas. Y yo la leo con disgusto agridulce, mientras me dispongo a regar mis plantas.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Imagen de Lilit [1892], de John Collier [Reino Unido, 1850-1934]. EQM.

 

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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