El lunes, aunque con mala gana, se dirigió al trabajo cotidiano. No estaban las cosas como para quejarse de las obligaciones habiendo tanto paro. Ya llevaba varias meses sufriendo la incertidumbre de un supuesto Expediente de Regulación de Empleo que se cernía sobre él y sus compañeros. Y ahora, después de las nuevas medidas del estrenado Gobierno facilitando los mismos, ya lo veían un hecho irremediable.
Toda la semana fue una acumulación de inseguridad, desasosiego y recelo, como un goteo de agua caliza que deja su porción de calcita cada segundo hasta crear la puntiaguda estalactita. Y cuando su cerebro estaba a punto de ser víctima de su lacerante arista, llegó el maravilloso sábado para salvarle de un telele rotundo. Pero minutos antes de salir le dijeron que su nombre con los dos apellidos, no había duda, formaba parte de la lista de aquel fatídico expediente.
Ya hacía tiempo que le habían aconsejado para sobrellevar tal estado de indefensión, practicar la terapia del tambor. Para ello había acudido durante un mes a un curso de percusión chamánica. Algo así como llegar al equilibrio emocional y la salud a través del golpeo. Es una práctica que permite liberar tensiones desbloqueando los puntos energéticos del cuerpo físico para alcanzar el bienestar espiritual y, con él, la vitalidad sosegada.
A pesar de que le habían hablado de la idoneidad de practicarlo en grupo -parece que incrementa el efecto positivo-, sin embargo, por su carácter y estado anímico, poco proclive a fiestas grupales, decidió, hace ya tiempo, practicarlo en solitario. Al principio lo hacía en casa pero como los vecinos protestaron acabó yéndome al campo. Allí se notaba más libre y el contacto con la naturaleza le daba un toque más bucólico a su bienhechora percusión.
Como siempre, siguiendo el manual, empezó el sábado al inicio de la madrugada, zurrando el tambor con la esperanza de alcanzar la armonía al cabo de treinta o cuarenta minutos; andando por esos caminos que conducen al sur, donde anida la poesía. Pero pasó lo establecido y no encontró ese nivel de equlibrio en el que se halla la paz. Y siguió con su empeño sin prestar atención al tiempo.
Pleno de testarudez continuó dándole a las baquetas, pero lo acontecido le produjo tal impacto que después de más de quince días aún no había notado absolutamente nada. ¿Cómo era posible tanto descalabro? Milagrosamente seguía sin pausa alguna hasta que sintió recibir una señal a través de la noche, que le indicó el camino de la tradición y, apresuradamente, cambió el cálido sur por el frío norte.
Entonces, con más fuerza y vitalidad si cabe, pateó kilómetros y kilómetros por esos campos de España, zurrando de lleno al parche del tambor como si fuera un Nicanor triste y melancólico. Hasta perderse más allá de los Pirineos, donde encontrar la deseada estabilidad mediante su verdadero origen: el trabajo.
Todo empezó como un juego más, de una manera casi inocente. Apenas contábamos diez años. Era época de fechorías y, como niños traviesos, nos gustaba gastar bromas pesadas a la gente y amagarnos. Permanecer en el anonimato desde un puesto de vigilancia avanzada y segura, donde apreciar sus reacciones y reírnos del infortunio ajeno.
Nada mejor para ello que defecar sobre un papel de periódico, dejar éste sobre una zona de paso poco transitada, estrecha y apenas iluminada, a la espera de que pasara algún incauto. Ese día, a los pocos minutos de tenerlo todo preparado, se acercaron dos personas abrazadas andando lentamente. Parecían novios. Una vez calculada la velocidad de su marcha, clavamos sobre el "cagallón" -residuo sólido, grande y fétido expulsado por el esfínter anal- un petardo vigoroso de mecha y encendimos ésta, a la espera de que coincidiera la explosión con el paso de la pareja de enamorados.
El estallido fue tan sincronizado y la expansión tan sublime, que estuvimos recreándonos, anonadados, en aquella imaginada palmera excremental, que parecía haber salido de un castillo de fuegos diabólico para cubrirlo todo. Gracias a nuestro arte y pericia, embadurnamos de pura deposición, la mía, los vestidos, bolsos y cuerpos de lo que resultó ser dos mujeres. Madre e hija, tuvieron la desgracia de sufrir nuestra desafortunada trastada. Ahí parecía haber acabado todo.
Pero no fue así. Aquella barrabasada excesiva y dañina de mi niñez debería haberme marcado como un estigma todo el resto de mi vida, porque de las dos mujeres desventuradas, la niña superpringada por el reventón de la hez fecal... ¡era ciega! Algo que me costó digerir cuando me lo hicieron saber y que me produjo un profundo remordimiento de conciencia. Más pronto se me pasó, al quedarme alucinado por los hechos posteriores.
Me explico: la niña, milagrosamente, sanó de su ceguera y todos pensaron que aquella explosión sorpresiva tuvo la bendita culpa de tan asombrosa curación. Sin embargo, con el tiempo, una vez descartadas todas las hipótesis de tal naturaleza, los científicos involucrados en la investigación demostraron de manera taxativa que la verdadera razón por la que aquella niña sanó de la vista fue por recibir mis excrementos en sus ojos.
Desde entonces, mi vida es un cagar continuo para curar a las gentes que forman colas interminables enfrente de mi casa.
Sin ni siquiera pasar por la tómbola me cayó en suerte la hembra más espectacular. En el instante en que la vi noté una corriente de aire fresco en la nuca y supe que esa mujer reflejaba fielmente mis sueños. Se me presentó vergonzosa y a la vez, clara y segura. Y lo superior: la reciprocidad de nuestra pasión por conocernos. Por fin había conseguido encontrar la mirada más tierna y la sonrisa más sensual, formando parte de la misma cara.
Algo rayando lo imposible, como un trébol de dos hojas que mostraba en la solapa. Y por si faltaba algo, además, taheña, idéntico a mi fantasía. Su pelo se manifestaba con la grandiosidad de una puesta de sol perpetua. Besarla y mordisquear sus labios hacía que se dispersaran, fulgurantes, todas las emociones por mi columna. Un alimento para el alma. Todo un deleite desfallecer con ella.
La quería de tal forma que me dejé fagocitar por su fulgor como si fuera una vulgar bacteria. Cuando la convivencia se hizo presente, tal que un gran cristal ahumado que evita el deslumbre, descubrí su gran defecto: aquello que abría, nunca lo cerraba. Al principio fueron las puertas, de la de casa y de la totalidad de las habitaciones, siempre de par en par. Pero después se sumaron las ventanas, los cajones, grifos, interruptores, botellas... ¡hasta la pasta dentífrica!.
Llegó un momento en el que iba trás de ella cerrando todo lo que se dejaba abierto. Fui su sombra correctora hasta que me di por vencido. Ya no pude aguantar más. Y entonces, agotado, decidí abandonarla.
Pero cuando estuve en el quicio de la puerta, dispuesto, me fue imposible. Porque ella, con su modo de mirarme, me dio a entender que en el mismo lote iban también sus piernas: eternamente abiertas.
No me pregunten por qué desde hace algunos meses me ronda la idea de quitarme la vida. Abandonar lo conocido para adentrarme en lo ignorado. Quizás cambiar todo por nada. Pero cuando el todo sabe a tan poco y ha perdido el color, uno se reconoce tan lívido y anodino que parece que las ganas de un cambio, aunque sea a ojos cerrados, se presenta como lo más lógico. De todas maneras, a veces sólo pienso en dejarlo, sin nada a cambio, sin trueque de ningún tipo. Disiparme y punto, no importa otra cosa. No se afanen en averiguar qué es lo que me pasa de verdad; tampoco me pregunten si tengo trabajo, mujer e hijos y si éstos me quieren, etc... No voy a contarles nada de ese otro lado de mi vida.
Siempre me ha preocupado la forma de hacerlo. Debería ser lo más rápido posible, limpio y sin sufrimiento alguno. Me acuerdo de cuando mi padre mataba a los conejos con un golpe certero y seco en la nuca. Esa fórmula era ideal, sin sangre ni lamentos. También me interesa mucho que no llame la atención en exceso, que sea algo circunstancial; quizá disfrazarlo de accidente sería perfecto. No es bueno para la familia que uno de sus miembros se suicide. Deviene en un descrédito, sambenito incómodo para los que se quedan. Y no me lo perdonarían nunca.
Tal vez lo mejor sea disfrazarlo de infortunio deportivo. Si alquilara el traje y demás enseres para hacer submarinismo y me fuera nadando hasta encontrar una profundidad de cien metros, dejándome hundir por el peso de mi cinturón de plomo hasta ser víctima de la narcosis, sería perfecto. Todos podrían pensar que he tenido un problema mientras hacía deporte. Por otro lado, como la muerte sobreviene acompañada de alucinaciones e inconsciencia, todo es más llevadero. De esta forma salvaguardaría la imagen de los míos y sería capaz de proyectar hacia los demás el perfil de un hombre de carácter dinámico y deportivo.
Aunque me atrae también ascender a la montaña más alta de mi provincia y, desde uno de sus cortados, simulando practicar un rápel arriesgado, dejarme caer en los fraudulentos brazos de la gravedad. La excesiva altura tiene su garantía, ya que nunca me ha parecido inteligente ver como hay personas que se tiran de un tercer piso con el ánimo de acabar sus días y luego se encuentran deteriorados y en silla o cama de ruedas, maldiciendo su deficiencia mental, desde las profundidades del mismo averno.
Otra forma de disfrazar el hecho consistiría en lanzarme en paracaídas desde una avioneta dando un cambiazo a última hora. Me explico: en vez de tirarme con la mochila del paracaídas, lo haría con una mochila de excursionista con cantimplora y todo. Siempre podrían decir que practicaba tantos deportes que tuve una equivocación al cargar con el bulto equivocado. Seguro que sería todo un éxito de prensa. Además le pondría un punto de humor al drama, que siempre vendría bien.
Bueno, la verdad es que no paro de pensarlo y a veces llega a ser una obsesión. Ante tal cúmulo de alternativas he decidido tirar de la pajita y que sea el azar el que disponga mi particular forma de marcharme. Definitivamente me ha tocado el suicidio practicando rápel. Me parece el ideal por que hace buen tiempo para realizar la pequeña marcha que estoy obligado a emprender, y me dejará sobre la tierra, un lugar muy adecuado.
Hoy he decidido que sea el último día de mi existencia, un día de primavera avanzada. Llevo, desde el ermitorio en el que he dejado el coche, despeñando las llaves por un barranco, más de tres horas montaña arriba cargado con todos los utensilios que me son necesarios para la práctica de esta especialidad deportiva: mosquetones, anclajes, descensor, guantes, cascos, cuerdas... La mochila pesa lo suyo y el día, tan caluroso, me está resecando más de lo que pensaba y lo peor es que, al querer ser práctico, he suprimido la cantimplora. Aunque parezca una tontería me hubiera venido muy bien, pues uno viene a suicidarse y no a pasarlo mal durante horas. Debí de mirar el pronóstico del tiempo en Internet.
Acabo de llegar a la cumbre tan empapado de sudor que, por momentos, creí que no sería capaz de lograrlo. Y por fin puedo descansar en un cómodo guijarro admirando el paisaje en la soledad más absoluta. La verdad es que desde que me trajo mi padre de pequeño no había vuelto a subir y me ha cautivado la vista: montañas y montañas entrecruzándose como serpientes verdes y entre medias, pueblecitos blancos perdidos, tal que huevos en la incubadora del sol del mundo. No es la primavera quien obligándome a esnifar sus múltiples pólenes que me mandan las flores me hace sentir la garganta repleta de polvo de vidrio: es la sed que me está consumiendo. He debido perder tanta agua que hasta el juicio lo siento deshidratado.
El día sigue con un sol abrasador y sin brisa ninguna. Mientras abro la mochila y voy sacando el equipo, en lo único que pienso es en la maldita visita inoportuna de la sed. Y se está volviendo una prioridad de mi cerebro solucionar esta carencia. Nunca jamás llegué a pensar la importancia que puede llegar a tener agua. Al tiempo que aseguro el anclaje para dejar caer la cuerda, siento un pequeño desvanecimiento. Y es que hasta sueño con un vaso bien fresco de ese líquido insípido. Y pienso en que si sigo con esta necesidad perentoria, debería acabar bajando para obtenerla. En un momento dado noto que lo tengo todo áspero, como si estuviese masticando esparto. Hasta que, atormentado con el tema, cuando toco mi lengua de cartón decido bajar de inmediato.
Después de un largo descenso que me ha supuesto el mismo infierno, medio desfallecido, dando tumbos exagerados, me tiro de cabeza al abrevadero de la fuente de la ermita. Es un momento álgido, intenso, glorioso, donde disfruto saciando mi pesadilla. Y decido mojar el cuerpo con esa bendita agua. ¡Qué placer bañar la piel en el salto, ahogar los cabellos en la corriente, sentir el fresco en la cara! Después resuelvo comer algo en el bar de la posada y descansar de mi fallida excursión al más allá. Y como nunca pueden acabar las cosas correctamente, he tenido que pedir prestada una linterna para seguir buscando en la noche las putas llaves de mi coche. Sí, aquellas que tiré al barranco convencido de que no las volvería a necesitar nunca jamás.
El pobre Miguel debería haber estado jubiloso pues se acababa de jubilar y eso siempre ha sido un motivo de alegría. De algún modo, recordando los tiempos de Moisés, recobraba la libertad, dejaba de ser un esclavo. Y eso debería originar una gran algazara. Sin embargo, él estaba triste porque lo hizo a falta de dos años para cumplir sesenta y cinco y por ello lo penalizaron con un catorce por ciento menos en sus emolumentos. Y es que la crisis le ha impedido seguir manteniendo su trabajo hasta el último día. Además, como si no fuera suficientemente doloroso, el Gobierno lo maltrata con persistencia congelándole la pensión al siguiente año e incrementándole sólo un tercio del IPC en el sucesivo; y, encima, le aumentan el IRPF y teme que acaben encareciendo también el IVA, para putearlo hasta dejarlo KO.
Su horizonte no se parece en nada al esperado. Todas estas catastróficas novedades le pueden suponer cobrar una cuarta parte menos de lo previsto. Más de cuarenta años cotizando para que todo eso suceda en menos que canta un gallo. El pobre Miguel se siente mal, más bien cabreado, porque está mucho más pobre de lo que calculaba y eso, a su edad y con sus goteras, ya no tiene ninguna solución. Y es que a ciertas edades todo son pequeños achaques que nos hacen más débiles para afrontar los mazazos de unos políticos derrochadores.
Él nunca había estado bien del estomago, pero cuando milagrosamente llegó la mejoría, acabó teniendo un colon irritable crónico, para poco después sufri vértigos sostenidos, algunos de ellos muy severos, que aún hoy le incapacitan temporalmente. Quiso la vida que, además, mientras se acostumbraba a ir perdiendo algunas muelas del mismo lado hasta imposibilitarle masticar, le diagnosticaran un cáncer de vejiga que, después de varias operaciones, parece contener con cierto optimismo. El pobre Miguel añade que -a pesar de convivir muchos años con una pequeña hernia discal, acabar de operarse de otra inguinal, tener calcificaciones lacerantes en las articulaciones y que cada vez que realiza un sobreesfuerzo se le suelen salir los tendones del sitio, dejándole maltrecho- se siente fuerte y ágil, dispuesto a todo; aunque lo del sexo lo tiene un poco aparcado hasta que resuelva la prostatitis y el déficit de testosterona.
Sostiene que la esperanza es lo último que se pierde y, como buen soltero que es, no ceja su empeño en buscar a alguna mujer definitiva que le endulce entre las horas incómodas de la vida. Mientras tanto, exhibe su buen palmito y labia dando bandazos entre faldas de coqueto vuelo y les promete a todas lo que ya es casi imposible pero que no intuye como definitivo. ¡Bendito optimismo! Y sonríe abierto a los acontecimientos, con alegría en sus ojos luminosos empequeñecidos por unos párpados desmayados.
Pero no todo son mujeres, y el pobre Miguel ha recibido otro serio golpe: se sabe de siempre que los jubilados acaban siendo expertos en obras públicas y privadas. Su natural curiosidad les hace estar en todos aquellos sitios en que hay artefactos pesados en funcionamiento. Pegados a las vallas de seguridad observan calladamente todos los movimientos precisos de las excavadoras y grúas, mientras almacenan toda la información logística y técnica para más tarde, frente a la partida de dominó y el cafetito, contar sus diversos pareceres en el "Hogar del Jubilado". No obstante, parece que el pobre Miguel no va a poder dedicarse a esta práctica tan arraigada y tradicional en su familia. Seguir los pasos de su abuelo y su padre, reconocidos en su tiempo como serios expertos en estos asuetos. Hoy ya no se realiza obra alguna; nada que ver, nada que contar. Todos en sus aburridos bancos.
Aun así, el pobre Miguel se empeña en ver la botella medio llena y se frota las manos porque ha descubierto que el tiempo le parece más grande y largo, casi infinito. Dispone de su totalidad y a su antojo y esa es su verdadera fortuna; por eso ahora va a todos los sitios sin apremio, pausadamente, contemplando el cielo y los pocos comercios que aguantan de pie. Sin prisas, casi como respuesta burlona al estrés existente que lo envuelve todo. Él se sabe libre de ese revestimiento invisible que ahoga. ¡Cuantos años soñando en que llegara ese momento! En el que dispusiera de cada segundo, minuto, hora, día... para sí mismo. Viendo a los demás pobres de tiempo.
Pero no podía ser todo alegrías. El médico le ha recomendado que ande como mínimo una hora diaria para mantener al corazón y a las articulaciones mínimamente ocupados. Y con el fin de que sea efectivo y pueda bajar el peligroso colesterol y azúcar, le dice que es imprescindible que lo haga: "ágil, rapidito, como si llegaras tarde a alguna cita." Y el pobre Miguel, sin perder la sonrisa ni desfallecer, acelera enmascarando la obligación que le impide disfrutar de la soñada y envidiada parsimonia con una farsa: la de que al final del trayecto le espera la mujer definitiva.
El abuelo tenía noventa años y conservaba toda la densidad de su pelo, bien blanco. Y a los que se lo recordaban con envidia les explicaba: "el pelo no sirve para nada", e inmediatamente les ofrecía un cambio: "mi pelo por tu dentadura". Y todos se callaban. Provenía de los campos del interior, agricultor de toda la vida. Siempre recordaba que durante la niñez, en su pueblo, los Reyes Magos sólo le dejaban dentro del zapato una naranja, que devoraba con avidez esa misma mañana. Era otra época, decía.
En su juventud el abuelo era divertido, sobre todo con un vaso de tinto en la mano; tocaba el laúd en la rondalla del pueblo y esa afición musical le facilitó el contacto con abundantes muchachas de todas las localidades de alrededor. No se consideraba mujeriego, sólo un melifluo con las mujeres. Ni un sólo acorde mantiene ya hoy en la memoria y las cuerdas de su instrumento musical las tiene tan viejas y desafinadas que ya no son capaces de emocionar ningún alma. Son tiempos de senilidad, de contemplación. Aún recuerda su energía cuando cruzaba a nado con sus amigos el inmenso río para robar uva en la otra orilla. Lo peor era el regreso, llevando entre los dientes todos los racimos que podían, luchando contra la corriente y contra los insultos, maldiciones y pedradas del dueño. "Ahora soy incapaz de meterme hasta en la irrisoria bañera", dice guasón.
Desde que se quedó viudo vive en casa de su hija, en la capital. Allí le han acondicionado una habitación para él solo. Larga a todo el mundo que se siente muy a gusto y muy bien tratado y que le gustan jugar con sus nietos. Rechaza la TV, dice que hay demasiada violencia gratuita y cuando ve escenas agresivas se levanta y con sus nerviosos y rígidos andares, se marcha. Quizás la guerra civil tuvo mucho que ver en eso. Sin embargo, de más joven, en el pueblo, le gustaba leer a los amigos de su padre en voz alta y clara el semanario "El Caso", un periódico de sucesos que relataba en sus páginas los crímenes y episodios dramáticos más escabrosos de la posguerra española. Seguro que de esa costumbre le ha quedado la imposibilitad de leer para sí mismo, en silencio. Cuando lo intenta, siempre se le oye un murmullo de palabras y los nietos no pueden evitar una sonrisa.
Hace días que no se siente bien y ya no juega con los críos. Piensa excesivamente en "la pobre María", su mujer. En urgencias no le ven nada: "es normal, a estas edades ya nada funciona del modo correcto", afirma el médico de guardia. Las visitas a los diferentes especialistas tampoco ayudan a definir enfermedad alguna, y ya no se sabe si es que es incapaz de explicar lo que le pasa o es que exagera los síntomas. El caso es que, de nuevo en casa, cada vez tarda más en levantarse y habla menos que de costumbre. Las ganas de comer se le van mermando y sólo los caros batidos energéticos le mantienen medianamente fuerte. No hay un sólo día que los nietos, junto a su hija y su yerno, no pasen por su cuarto para desearle las buenas noches y darle un sincero beso.
La otra tarde se sintió tan mal que quisieron llamar a urgencias, pero él lo prohibió. No quería más médicos. Ante la situación, que se presentaba preocupante, la hija llamó a sus seis hermanos y éstos se presentaron con sus correspondientes hijos. En un momento dado el abuelo se vio rodeado de sus siete hijos más sus nueras y yerno, y sus veinte nietos. Una gran masa humana que no cabía en aquella habitación. Todos estaban en silencio, atentos a cualquier necesidad o requerimiento de él. Y cuando menos se lo esperaban dijo con voz suave: "dejarme sólo; quiero estar sólo, por favor". Y contrariados fueron saliendo uno a uno, despacio, sin ganas de hacerlo.
Su hija fue la última en resistirse. Ella siempre creyó que los que presienten que van a irse de forma inmediata, prefieren hacerlo rodeados de sus seres queridos. Sin embargo, únicamente se fue cuando oyó de nuevo a su padre decirle: "por favor..., sal; me duele ver lo mucho que dejo." Aquella observación le produjo un fuerte impacto, pues nunca había pensado de esa manera. Comprendió entonces que, ante la muerte, uno siempre está sólo por muy acompañado que se encuentre y que la soledad absoluta ayuda a asumirla más fácilmente. Cuando abandonó la habitación, lo hizo cerrando al unísono la puerta y sus ojos hinchados de lágrimas.
Os saludo desde la inmensa desembocadura del Okavango, Botsuana, durante la época de las lluvias. Donde el verde campa con tanta fuerza que se convierte, junto al azul del cielo y el agua, en los dos colores sobresalientes del bellísimo y laberíntico paisaje. A lomos de un caballo tranquilo y acostumbrado al medio recorro, en un safari puramente ecuestre de varios días, el delta interior más grande del mundo.
Es asombroso el espectáculo de sus llanuras de belleza serena. Estoy disfrutando como nunca del trote y el galope al mismo tiempo que percibo y admiro la fuerza salvaje de la fauna africana. Los expertos que nos guían hacen que todo sea más llevadero. No obstante, estoy aguantando las cinco horas de marcha de cada jornada gracias a mi faja especial de tres puntos que me he traído; y a algún que otro analgésico. La edad ya no está para mucha brega.
Las madrugadas siempre han sido mi debilidad pero éstas, además, son mágicas, tremendamente voluptuosas e ideales para dejarse llevar por sus infinitos matices, avistando todo tipo de aves: los dos metros y medio de envergadura del águila marcial, el movimiento pausado de la avutarda kori, los enormes jaribús africanos de pico rojo o los grupos de cálaos negros, que parecen pavos enormes de cantos mañaneros...
Cruzar pantanos de aguas poco profundas, lagunas, cascadas, campos interminables de lilas... Admirar árboles milenarios, seguir las pistas de los elefantes, ver algún viejo macho solitario ramoneando árboles en algún islote, cabalgar cerca de los búfalos negros y los licaones -perros salvajes-, viendo recortarse sobre el horizonte los cuellos de las jirafas, es algo que jamás podré olvidar.
El otro día, al atardecer, estuvimos disfrutando frente a una charca de hipopótamos y al regresar al campamento nos dejó anonadados la puesta de sol más dorada de nuestras vidas, puro oro. Por unos instantes me sentí el hombre más sobrado de la tierra. Más tarde, durantela cena alrededor del fuego, hablábamos de lo acontecido durante el día en nuestro paraíso mientras se oían demasiado cerca los rugidos de los leones nadadores de Okavango. Esa mismanoche nadie tuvo verdadera necesidad de cometer la imprudencia de ir a las distanciadas letrinas.
'Fatshe leno la rona' [Bendita sea esta tierra noble]. Himno Nacional de la Republica de Botswana desde la independencia en 1966. Escrito y compuesto por Kgalemang Tumedisco Motsete. ♪♪ ♫ zzahier. Letra. Vía EQM.
Esa noche, durmiendo, me moví demasiado. Posiblemente la culpa fue del sueño que me tuvo en jaque durante muchas horas: yo era un buscador de oro del viejo oeste y, obsesionado por encontrar mi ansiado filón y hacerme rico, no paraba de encaramarme a las montañas más escarpadas y peligrosas, perforando sus paredes de piedra y adentrándome en sus entrañas como fuera. A veces, cuando el dinero escaseaba, llegaba a usar directamente mis manos para abrirme paso a través de oscuros túneles abandonados, con mi quinqué de aceite, hasta marchitarme por el esfuerzo.
En un momento determinado del sueño, marchando a gatas, creí ver algo brillante con la luz debilitada de mi lámpara, en un recoveco del techo de una de las diminutas galerías; así que encendí mi pequeña vela que llevaba de repuesto, para apreciar mejor lo visto. Cuando la acerqué a la piedra, vi con asombro que era verdadero oro y que la presencia de aquella veta me convertía en un hombre millonario. Entonces, llorando de alegría, no pude evitar que el entusiasmo extremo me condujera como un poseso, a arrancar, con mis manos desnudas, algún pequeño trozo dorado. Necesitaba acariciarlo, apretarlo entre mis manos y mostrarlo al mundo para que vieran que mi suerte había cambiado.
Aquel impacto emocional tan enorme hizo que despertara de la fantasía y abriera los ojos viendo las brillantes e intermitentes estrellas de plata del abeto navideño de la gran ciudad. Para incorporarme me desprendí de los cartones que hasta ese momento habían estado protegiéndome del frío de la noche. Los coches, pocos ya, ajenos, pasaban con sus ojos encendidos iluminando únicamente sus propios caminos. Una neviscada muy fina descendía con suma delicadeza para posarse sobre todas las cosas con la intención de uniformarlas. Era el día de Santa Claus. El porche en el que me refugiaba me pareció más pequeño que nunca. Y al reclinarme sobre la pared advertí que sangraba por una de mis fosas nasales y que en el dedo índice de mi mano derecha, en vez de una esquirla de oro, mostraba un diminuto moco sanguinolento.
Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa.
Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes".
Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com