El pobre Miguel debería haber estado jubiloso pues se acababa de jubilar y eso siempre ha sido un motivo de alegría. De algún modo, recordando los tiempos de Moisés, recobraba la libertad, dejaba de ser un esclavo. Y eso debería originar una gran algazara. Sin embargo, él estaba triste porque lo hizo a falta de dos años para cumplir sesenta y cinco y por ello lo penalizaron con un catorce por ciento menos en sus emolumentos. Y es que la crisis le ha impedido seguir manteniendo su trabajo hasta el último día. Además, como si no fuera suficientemente doloroso, el Gobierno lo maltrata con persistencia congelándole la pensión al siguiente año e incrementándole sólo un tercio del IPC en el sucesivo; y, encima, le aumentan el IRPF y teme que acaben encareciendo también el IVA, para putearlo hasta dejarlo KO.
Su horizonte no se parece en nada al esperado. Todas estas catastróficas novedades le pueden suponer cobrar una cuarta parte menos de lo previsto. Más de cuarenta años cotizando para que todo eso suceda en menos que canta un gallo. El pobre Miguel se siente mal, más bien cabreado, porque está mucho más pobre de lo que calculaba y eso, a su edad y con sus goteras, ya no tiene ninguna solución. Y es que a ciertas edades todo son pequeños achaques que nos hacen más débiles para afrontar los mazazos de unos políticos derrochadores.
Él nunca había estado bien del estomago, pero cuando milagrosamente llegó la mejoría, acabó teniendo un colon irritable crónico, para poco después sufri vértigos sostenidos, algunos de ellos muy severos, que aún hoy le incapacitan temporalmente. Quiso la vida que, además, mientras se acostumbraba a ir perdiendo algunas muelas del mismo lado hasta imposibilitarle masticar, le diagnosticaran un cáncer de vejiga que, después de varias operaciones, parece contener con cierto optimismo. El pobre Miguel añade que -a pesar de convivir muchos años con una pequeña hernia discal, acabar de operarse de otra inguinal, tener calcificaciones lacerantes en las articulaciones y que cada vez que realiza un sobreesfuerzo se le suelen salir los tendones del sitio, dejándole maltrecho- se siente fuerte y ágil, dispuesto a todo; aunque lo del sexo lo tiene un poco aparcado hasta que resuelva la prostatitis y el déficit de testosterona.
Sostiene que la esperanza es lo último que se pierde y, como buen soltero que es, no ceja su empeño en buscar a alguna mujer definitiva que le endulce entre las horas incómodas de la vida. Mientras tanto, exhibe su buen palmito y labia dando bandazos entre faldas de coqueto vuelo y les promete a todas lo que ya es casi imposible pero que no intuye como definitivo. ¡Bendito optimismo! Y sonríe abierto a los acontecimientos, con alegría en sus ojos luminosos empequeñecidos por unos párpados desmayados.
Pero no todo son mujeres, y el pobre Miguel ha recibido otro serio golpe: se sabe de siempre que los jubilados acaban siendo expertos en obras públicas y privadas. Su natural curiosidad les hace estar en todos aquellos sitios en que hay artefactos pesados en funcionamiento. Pegados a las vallas de seguridad observan calladamente todos los movimientos precisos de las excavadoras y grúas, mientras almacenan toda la información logística y técnica para más tarde, frente a la partida de dominó y el cafetito, contar sus diversos pareceres en el "Hogar del Jubilado". No obstante, parece que el pobre Miguel no va a poder dedicarse a esta práctica tan arraigada y tradicional en su familia. Seguir los pasos de su abuelo y su padre, reconocidos en su tiempo como serios expertos en estos asuetos. Hoy ya no se realiza obra alguna; nada que ver, nada que contar. Todos en sus aburridos bancos.
Aun así, el pobre Miguel se empeña en ver la botella medio llena y se frota las manos porque ha descubierto que el tiempo le parece más grande y largo, casi infinito. Dispone de su totalidad y a su antojo y esa es su verdadera fortuna; por eso ahora va a todos los sitios sin apremio, pausadamente, contemplando el cielo y los pocos comercios que aguantan de pie. Sin prisas, casi como respuesta burlona al estrés existente que lo envuelve todo. Él se sabe libre de ese revestimiento invisible que ahoga. ¡Cuantos años soñando en que llegara ese momento! En el que dispusiera de cada segundo, minuto, hora, día... para sí mismo. Viendo a los demás pobres de tiempo.
Pero no podía ser todo alegrías. El médico le ha recomendado que ande como mínimo una hora diaria para mantener al corazón y a las articulaciones mínimamente ocupados. Y con el fin de que sea efectivo y pueda bajar el peligroso colesterol y azúcar, le dice que es imprescindible que lo haga: "ágil, rapidito, como si llegaras tarde a alguna cita." Y el pobre Miguel, sin perder la sonrisa ni desfallecer, acelera enmascarando la obligación que le impide disfrutar de la soñada y envidiada parsimonia con una farsa: la de que al final del trayecto le espera la mujer definitiva.
El abuelo tenía noventa años y conservaba toda la densidad de su pelo, bien blanco. Y a los que se lo recordaban con envidia les explicaba: "el pelo no sirve para nada", e inmediatamente les ofrecía un cambio: "mi pelo por tu dentadura". Y todos se callaban. Provenía de los campos del interior, agricultor de toda la vida. Siempre recordaba que durante la niñez, en su pueblo, los Reyes Magos sólo le dejaban dentro del zapato una naranja, que devoraba con avidez esa misma mañana. Era otra época, decía.
En su juventud el abuelo era divertido, sobre todo con un vaso de tinto en la mano; tocaba el laúd en la rondalla del pueblo y esa afición musical le facilitó el contacto con abundantes muchachas de todas las localidades de alrededor. No se consideraba mujeriego, sólo un melifluo con las mujeres. Ni un sólo acorde mantiene ya hoy en la memoria y las cuerdas de su instrumento musical las tiene tan viejas y desafinadas que ya no son capaces de emocionar ningún alma. Son tiempos de senilidad, de contemplación. Aún recuerda su energía cuando cruzaba a nado con sus amigos el inmenso río para robar uva en la otra orilla. Lo peor era el regreso, llevando entre los dientes todos los racimos que podían, luchando contra la corriente y contra los insultos, maldiciones y pedradas del dueño. "Ahora soy incapaz de meterme hasta en la irrisoria bañera", dice guasón.
Desde que se quedó viudo vive en casa de su hija, en la capital. Allí le han acondicionado una habitación para él solo. Larga a todo el mundo que se siente muy a gusto y muy bien tratado y que le gustan jugar con sus nietos. Rechaza la TV, dice que hay demasiada violencia gratuita y cuando ve escenas agresivas se levanta y con sus nerviosos y rígidos andares, se marcha. Quizás la guerra civil tuvo mucho que ver en eso. Sin embargo, de más joven, en el pueblo, le gustaba leer a los amigos de su padre en voz alta y clara el semanario "El Caso", un periódico de sucesos que relataba en sus páginas los crímenes y episodios dramáticos más escabrosos de la posguerra española. Seguro que de esa costumbre le ha quedado la imposibilitad de leer para sí mismo, en silencio. Cuando lo intenta, siempre se le oye un murmullo de palabras y los nietos no pueden evitar una sonrisa.
Hace días que no se siente bien y ya no juega con los críos. Piensa excesivamente en "la pobre María", su mujer. En urgencias no le ven nada: "es normal, a estas edades ya nada funciona del modo correcto", afirma el médico de guardia. Las visitas a los diferentes especialistas tampoco ayudan a definir enfermedad alguna, y ya no se sabe si es que es incapaz de explicar lo que le pasa o es que exagera los síntomas. El caso es que, de nuevo en casa, cada vez tarda más en levantarse y habla menos que de costumbre. Las ganas de comer se le van mermando y sólo los caros batidos energéticos le mantienen medianamente fuerte. No hay un sólo día que los nietos, junto a su hija y su yerno, no pasen por su cuarto para desearle las buenas noches y darle un sincero beso.
La otra tarde se sintió tan mal que quisieron llamar a urgencias, pero él lo prohibió. No quería más médicos. Ante la situación, que se presentaba preocupante, la hija llamó a sus seis hermanos y éstos se presentaron con sus correspondientes hijos. En un momento dado el abuelo se vio rodeado de sus siete hijos más sus nueras y yerno, y sus veinte nietos. Una gran masa humana que no cabía en aquella habitación. Todos estaban en silencio, atentos a cualquier necesidad o requerimiento de él. Y cuando menos se lo esperaban dijo con voz suave: "dejarme sólo; quiero estar sólo, por favor". Y contrariados fueron saliendo uno a uno, despacio, sin ganas de hacerlo.
Su hija fue la última en resistirse. Ella siempre creyó que los que presienten que van a irse de forma inmediata, prefieren hacerlo rodeados de sus seres queridos. Sin embargo, únicamente se fue cuando oyó de nuevo a su padre decirle: "por favor..., sal; me duele ver lo mucho que dejo." Aquella observación le produjo un fuerte impacto, pues nunca había pensado de esa manera. Comprendió entonces que, ante la muerte, uno siempre está sólo por muy acompañado que se encuentre y que la soledad absoluta ayuda a asumirla más fácilmente. Cuando abandonó la habitación, lo hizo cerrando al unísono la puerta y sus ojos hinchados de lágrimas.
Os saludo desde la inmensa desembocadura del Okavango, Botsuana, durante la época de las lluvias. Donde el verde campa con tanta fuerza que se convierte, junto al azul del cielo y el agua, en los dos colores sobresalientes del bellísimo y laberíntico paisaje. A lomos de un caballo tranquilo y acostumbrado al medio recorro, en un safari puramente ecuestre de varios días, el delta interior más grande del mundo.
Es asombroso el espectáculo de sus llanuras de belleza serena. Estoy disfrutando como nunca del trote y el galope al mismo tiempo que percibo y admiro la fuerza salvaje de la fauna africana. Los expertos que nos guían hacen que todo sea más llevadero. No obstante, estoy aguantando las cinco horas de marcha de cada jornada gracias a mi faja especial de tres puntos que me he traído; y a algún que otro analgésico. La edad ya no está para mucha brega.
Las madrugadas siempre han sido mi debilidad pero éstas, además, son mágicas, tremendamente voluptuosas e ideales para dejarse llevar por sus infinitos matices, avistando todo tipo de aves: los dos metros y medio de envergadura del águila marcial, el movimiento pausado de la avutarda kori, los enormes jaribús africanos de pico rojo o los grupos de cálaos negros, que parecen pavos enormes de cantos mañaneros...
Cruzar pantanos de aguas poco profundas, lagunas, cascadas, campos interminables de lilas... Admirar árboles milenarios, seguir las pistas de los elefantes, ver algún viejo macho solitario ramoneando árboles en algún islote, cabalgar cerca de los búfalos negros y los licaones -perros salvajes-, viendo recortarse sobre el horizonte los cuellos de las jirafas, es algo que jamás podré olvidar.
El otro día, al atardecer, estuvimos disfrutando frente a una charca de hipopótamos y al regresar al campamento nos dejó anonadados la puesta de sol más dorada de nuestras vidas, puro oro. Por unos instantes me sentí el hombre más sobrado de la tierra. Más tarde, durantela cena alrededor del fuego, hablábamos de lo acontecido durante el día en nuestro paraíso mientras se oían demasiado cerca los rugidos de los leones nadadores de Okavango. Esa mismanoche nadie tuvo verdadera necesidad de cometer la imprudencia de ir a las distanciadas letrinas.
'Fatshe leno la rona' [Bendita sea esta tierra noble]. Himno Nacional de la Republica de Botswana desde la independencia en 1966. Escrito y compuesto por Kgalemang Tumedisco Motsete. ♪♪ ♫ zzahier. Letra. Vía EQM.
Esa noche, durmiendo, me moví demasiado. Posiblemente la culpa fue del sueño que me tuvo en jaque durante muchas horas: yo era un buscador de oro del viejo oeste y, obsesionado por encontrar mi ansiado filón y hacerme rico, no paraba de encaramarme a las montañas más escarpadas y peligrosas, perforando sus paredes de piedra y adentrándome en sus entrañas como fuera. A veces, cuando el dinero escaseaba, llegaba a usar directamente mis manos para abrirme paso a través de oscuros túneles abandonados, con mi quinqué de aceite, hasta marchitarme por el esfuerzo.
En un momento determinado del sueño, marchando a gatas, creí ver algo brillante con la luz debilitada de mi lámpara, en un recoveco del techo de una de las diminutas galerías; así que encendí mi pequeña vela que llevaba de repuesto, para apreciar mejor lo visto. Cuando la acerqué a la piedra, vi con asombro que era verdadero oro y que la presencia de aquella veta me convertía en un hombre millonario. Entonces, llorando de alegría, no pude evitar que el entusiasmo extremo me condujera como un poseso, a arrancar, con mis manos desnudas, algún pequeño trozo dorado. Necesitaba acariciarlo, apretarlo entre mis manos y mostrarlo al mundo para que vieran que mi suerte había cambiado.
Aquel impacto emocional tan enorme hizo que despertara de la fantasía y abriera los ojos viendo las brillantes e intermitentes estrellas de plata del abeto navideño de la gran ciudad. Para incorporarme me desprendí de los cartones que hasta ese momento habían estado protegiéndome del frío de la noche. Los coches, pocos ya, ajenos, pasaban con sus ojos encendidos iluminando únicamente sus propios caminos. Una neviscada muy fina descendía con suma delicadeza para posarse sobre todas las cosas con la intención de uniformarlas. Era el día de Santa Claus. El porche en el que me refugiaba me pareció más pequeño que nunca. Y al reclinarme sobre la pared advertí que sangraba por una de mis fosas nasales y que en el dedo índice de mi mano derecha, en vez de una esquirla de oro, mostraba un diminuto moco sanguinolento.
Si durante el silencio de la noche me despierta algún ruido súbito, los que surgen siempre una vez alcanzada la paz, ya no puedo volver a dormirme. Me suele pasar en los hoteles cuando me desplazo por necesidades de trabajo. Por ese motivo estuve un tiempo usando tapones. Hasta que dejé de utilizarlos, ya que me era difícil habituarme a ese ruido de fondo interior e inquietante que me provocan. Es como si escuchara a las entrañas de mi cuerpo hacer horas extraordinarias trabajando en el turno de noche para depurar y descontaminar todos sus órganos.
Con el tiempo empecé a darme cuenta que aquellas habitaciones de hotel que me ofrecían como las mejores, las más tranquilas, o sea, las que daban a los patios de luces o al interior de la edificación, me fastidiaban más que las otras: aquellas que sus ventanas asomaban al tráfico enloquecido de las calles o avenidas principales de la ciudad. Y es que conciliar el sueño oyendo de continuo al tráfico rodado intenso, me era más fácil que acostumbrarme a la ruptura imprevista del silencio. El ir y venir de automóviles con sus acelerones y frenadas, pitos, sirenas de ambulancia o policía, configuraban un paisaje ruidoso pero, al mismo tiempo, uniforme, una sonoridad bastante equilibrada, sin picos excesivos que despertaran mi frágil sueño.
Descubrí, entonces, que ese ruido sostenido aliviaba mi espíritu y me daba tranquilidad, por impedirme, al tiempo, oír los ruidos esporádicos del propio hotel: puertas, persianas, descargas de inodoros, duchas, teléfonos... Y qué decir de las conversaciones tanto privadas como de la TV o radio. Éstas son lo peor, pues incitan a escucharlas, a prestarles la atención suficiente para llegar a descifrar lo que dicen, impidiéndome regresar a la armonía del sueño.
Me pareció buena idea, pues, grabar esos ruidos de tráfico intenso, seleccionar los mejores y más lineales durante diez minutos y grabarlos repetidamente en un CD para escuchar éste durante toda la noche, en reproducción continua. De esa manera me aseguraba siempre un mismo ambiente sonoro, estuviese donde estuviese. El resultado fue una maravilla: me llevaba el reproductor y, con un volumen previamente estudiado, lo conectaba y dormía como los linces. Siempre el mismo ruido de fondo para mis sueños reparadores.
Hasta que a altas horas de una madrugada lluviosa me despertó un impacto ensordecedor- por accidente de coche violento- y el revuelo insistente de las sirenas mezcladas con lamentos de dolor. Cuando asomándome rápidamente a la ventana me percaté de que el estrépito y confusión no provenían de la calle, como presentía lógico, sino del propio CD, se me estremeció el alma. Además, la locura se repetía constantemente en el reproductor, como si se tratase de un viejo microsurco rayado. Un repentino escalofrío me obligó a deconectarlo de inmediato.
Nunca pude averiguar por qué aquel aparato reprodujo con insistencia un suceso tan desagradable y que jamás grabé. Fue algo estremecedor e inquietante que me hizo romper el disco en mil pedazos y abandonar el artefacto en la misma habitación del hotel; teniendo que recurrir de nuevo, desde entonces y a mi pesar, a los jodidos tapones.
Era pequeño, de cuerpo enjuto y lechoso, de sonrisa abierta y gran desparpajo y elocuencia. Desconcertante y a la vez cercano, suave. Era el hombre de la luz. Por eso cegaba a las mujeres. Sentía la necesidad continua de seducirlas y cuando lo hacía, manifestaba tanta fogosidad y entusiasmo con cada una de ellas que, inmediatamente, les juraba su amor eterno y se hacía grabar su nombre en el cuerpo como señal de compromiso.
Besaba con vehemencia todo el cuerpo con los ojos abiertos, porque podía enfocar a cortas distancias y no necesitaba de la concentración para amar. Sin embargo, sus conquistas duraban menos que el avistamiento de un fugaz meteoro. Eran resplandores, relámpagos hechizantes. Acontecían tan rápidamente que, antes de que el consiguiente tatuaje se cicatrizara, se veía forzado a olvidarlo. Porque entonces, para él, ya sólo representaba el residuo: tectita, seca, y le molestaba en exceso su recuerdo.
Cuando sobrevenía el desamor, utilizaba una técnica tan sencilla como vieja: tapaba el nombre enmarcándolo con una estrella y rellenándola de negro. Pero se vio en la necesidad de tenerlo que repetir tantas veces que su cuerpo se abarrotó de estrellas negras. En poco tiempo llegó a ser el negativo de una noche sembrada. Hasta que la última de ellas lo volvió totalmente oscuro.
Acorralado y deglutido por la fuerza de las sombras, hoy sobrevive más allá del horizonte de sucesos, en un agujero negro, buscando atrapar la luz de nuevo.
Era un niño de mirada comprimida, como el pan duro, y brillante a un tiempo. Su arrogancia lo volvía lejano. Se acercaba únicamente a los viejos árboles a preguntarles: ¿qué era de verdad la muerte? ¿Por qué esa fascinación por ella y a la vez tanto rechazo? Cuando entraba en el bosque y el Sol trazaba en la tierra húmeda mil líneas de luz, le gustaba cazar lagartijas, hormigas, saltamontes... y arrancarles el rabo, la cabeza o las extremidades, para experimentar con el funesto transito, escudriñar sus entrañas y admirar su poder.
Para él era una necesidad conectar con la sorprendente reacción de la vida que se marcha lentamente. Como cuando vio al ciclista atropellado irse poco a poco, con sosiego, hasta que dejó de moverse; lo mismo que la cola aislada del brillante y diminuto reptil. Después, se deleitaba enterrando a los bichos desmembrados y muertos mientras les tocaba la armónica; siempre la misma canción: melódica y sostenida. De efectos sedantes y placenteros.
Cada vez que lo hacía acababa abatido por las lágrimas. Se acordaba de cuando un día de ráfagas bruscas, y nubes inquietas, haciendo sonar la tierna melodía debajo de un piñonero de copa muy ancha, le cayó encima un nido con un gorrión desplumado que acabó sobre la hierba verde. Un espléndido regalo de la naturaleza. Cuando le oyó piar atemorizado, lo vio tan diminuto y vulnerable que decidió cuidarlo. A partir de ese día lo llevaba de continuo consigo, gozoso; en el bolsillo de la camisa, junto al corazón caliente y a su inseparable armónica. Y mientras le daba miguitas de pan, le decía: "algún día también tocarás este instrumento como yo".
Una mañana gélida, guarnecida por la bruma espesa, estando en el patio del colegio a la espera de entrar en la primera clase de la jornada, un chico que corría alocadamente chocó contra él. Con tal brusquedad que aplastó al pajarillo contra la armónica; extrayéndole la última bocanada de aire que insufló sobre ella, haciéndola sonar. Lo más extraordinario fue que aquel sonido era la última nota musical de su canción. Desde entonces, esa nota nunca la interpreta a la espera ingenua de que sea él quien lo haga desde su secreto y anacarado posadero.
Siempre me he sentido atraído por el silencio. No por la ausencia total de ruido, sino porque en el verdadero silencio, el que me seduce, se oye siempre algo, allá a lo lejos. Un no se sabe qué, plácido. Es como en la oscuridad de la noche; si estando en ella cierro los ojos, aún veo algo: diminutos brillos que languidecen de diferentes maneras. Unas imágenes fantasiosas, agradables, que se presentan como chispitas volubles. Del mismo modo me sucede con el silencio. Cuando creo estar inmerso en él, oigo un insignificante y etéreo sonsonete. Un runrún imperceptible. Quizás sea el susurro del aire muerto. Pero está ahí, misterioso, hechizándome. Qué placer reclinarme sobre él, en la almohada de mi espíritu. A veces, cuando lo he buscado andando escaso de equilibrio, he sentido verdadero miedo a no encontrarlo, a que se hubiese marchado con alguien, fugado; dejándome solo. Y me tiembla el cerebro.
Estoy agazapado tras unos matorrales tupidos, en un hueco de la roca, cerca del barranco alto. He huido del pueblo presionado por mi discernimiento, pero sé que, a pesar de sentirme culpable, tenía que hacerlo. Aunque sólo haya sido por pura permanencia. Aquí venía de pequeño a oír el eco. Siempre me traía repetidos los graznidos de las grajas y los cuervos lejanos. Las aves que planeaban sobre los riscos blancos produciendo sombras negras, que parecían trepar por las piedras como cabras veloces. Era mi único amigo. Un guasón que me obsequiaba con la reiteración creyéndome sordo. Ahora me traslada, incansable, los quejidos de mi mujer, de su hermana y de su madre; una y otra vez, hasta el hartazgo. Sí, sí, sé que no debía de haberlas matado, pero eran como campanas de espadaña: siempre volteando, siempre volteando, dejándose oír sin parar, impidiendo que se me arrimara mi necesario silencio.
Es de noche y el silencio se hace presente; pero es el fácil, el creado por la inactividad de las criaturas, el muy probable. En esta ocasión lo trae la brisa y no tiene color. Sí, color. Ya sé que el silencio no se ve, pero el mio, el profundo, lo percibo luminoso, casi blanco lúcido, como las diminutas y lejanas estrellas de la noche. Sin embargo, éste me trae recuerdos brunos, no es capaz de apaciguarme. Y tengo miedo a perderlo todo. Pasan las horas y la madrugada se impone helada a pesar de la niebla que se arrastra por las rocas viniendo en mi ayuda. Sé que cuando se levante, vendrán a buscarme. En cualquier momento estarán aquí con los perros.
Ya oigo sus ladridos. No debo moverme y si se acercan demasiado tendré que usar la escopeta de nuevo. Hoy emigran los pájaros en busca de mejor tiempo. Emergen en bandadas por todos los rincones del campo en pleno alboroto. Bulliciosos y alegres. Quisiera marcharme con ellos, huyendo del escalofrío. A recorrer otros mundos lejanos, donde haya más soles y el cielo esté siempre dorado. ¡Malditos chuchos, iros de aquí! ¡Marchaos, coño! Ante la presión, me veo obligado a disparar al grupo y éste responde con contundencia. Mi amigo el eco, multiplica las descargas asustando a todas las aves, que salen espantadas, agitando con fuerza sus alas. Ya no sé cuáles son los disparos verdaderos. Quizá todos. Pero... qué importa ahora eso. Me siento sin fuerzas, perdido, y advierto que me han salido alas rojas y comienzo a oír el susurro del aire muerto.
Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa.
Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes".
Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com