19 Mayo 2013
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Relato breve.
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Lo que voy a narrarles es algo que aún hoy no deja de sorprenderme. Ocurrió hace ya muchos años, tantos que ya casi no me acuerdo, pues mi edad extremadamente avanzada me zancadillea la memoria cuando se trata de hechos tan lejanos.
Me llamo Juan Luis Ángel y es que, a veces, nuestros progenitores sienten la necesidad de quedar bien con toda la familia y te asesinan a nombres. En este caso concreto me pusieron los de tres tíos solteros y con fama de suertudos ya fallecidos de muy viejos. Creo que de paso intentaban que la buena estrella me protegiera como hizo con ellos. Pero las cosas no suelen salir como se prevén. Y acabaron llamándome sólo Ángel, posiblemente porque mi padre también se llamaba así.
Salvo donde prevalecía lo oficial, como abrir una cuenta de ahorro en el banco de turno o matricularme en algún colegio o incluso tomar la primera comunión, mi nombre de uso diario, como ya he dicho, era Ángel. Y en esos casos excepcionales, maldecía tener que rellenar el espacio de los documentos con mis tres nombres para evitar equívocos. Un peso más que llevar en los hombros. ¡Como la vida es tan sencilla!
Mi historia transcurrió equilibrada y plácidamente, sin significativos problemas, hasta que, un día, fui víctima de una enfermedad extraña que hizo mella en mi cuerpo y me tuvo durante un buen tiempo rondando centros hospitalarios y clínicas especializadas con el afán de darle pronta solución. La incomodidad del ingreso oficial empezaba con el trato del personal sanitario. Se dirigían a mi como D. Juan, algo que no me resultaba nada usual, en vez de D. Ángel, y esto me hacía sentirme extraño, como si yo no fuera el enfermo.
Y para más inri, cada vez que me hacían los pertinentes análisis de sangre después de severos tratamientos probatorios, me encontraba igual que siempre: abatido y desilusionado en la cama del centro médico de turno, ante los signos claros de empeoramiento.
Como última solución, me llevaron a un sanatorio especializado en el que me iban a someter a un método natural a base de algas y otros extraños productos del mar. Lo primero que me satisfizo fue que se dirigieran a mi por mi nombre de uso habitual, cosa que agradecí de inmediato. Antes de iniciar la referida medicación, me hicieron un análisis exhaustivo y... ¡milagro!, todo salió bastante bien.
Mi ánimo resucitó de inmediato y cuando, a los pocos días, me levanté por primera vez de la cama muy mejorado, advertí que en el cabezal de la misma colgaba dentro de una funda transparente de plástico la tarjeta oficial identificativa con un único nombre: Ángel.
Esto me dejó descolgado durante unos minutos. Mientras los doctores no entendían nada, yo no paraba de darle vueltas al insólito hecho. Y después de volver a ver la ficha identificativa con el nombre por el que siempre me han llamado, llevado por la necesidad de verme sano, hice suposiciones sin fundamento alguno sobre la relación de la enfermedad y mis nombres. Y deduje algo insólito que no quise decir abiertamente.
Hasta que una mañana advertí con claridad meridiana que tenía razón, que aquella locura no era tal y que según como me ingresaban oficialmente en el hospital, me convertía en un hombre enfermo o sano. Es decir, si me registraban como Juan, Juan Luis o Juan Luis Ángel, todo me salia fatal, empeorando; y si lo hacían con el único de Ángel, al poco tiempo me convertía en un ser privilegiado, repleto de salud.
Como comprenderán ustedes no paré hasta quitarme los otros dos nombres, eso si, con una respetuosa despedida a mis tíos Juan y Luis -con estas cosas no hay que jugar- . Quedándome como único y para siempre, con el de mi padre: Ángel, mi divino protector.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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28 Abril 2013
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Relato breve.
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Es verano y la terraza del bar, donde trabajo temporalmente de camarero, ocupa una rinconada de la plaza del pueblo más visitado del país. Los antiguos edificios, testigos sordomudos de una larga historia, proyectan su preciada sombra sobre las mesas repletas de turistas. Estamos a medio día y el calor sofocante se desvanece gracias a la brisa que corretea entre los arcos de piedra. Sólo está desocupada una mesa que orillea el bordillo de granito, en plena solana.
De repente, se instala en ella una chica de mi edad, sudorosa, con sombrero de paja, y decido acercarme raudo para desplegar la sombrilla más generosa del mundo y anotar su demanda. Cuando la tengo enfrente, al mirarnos ambos, nos quedamos atónitos, patidifusos. Es un momento de confusión mental que nos desacelera los pulsos hasta límites insospechados. Descubrimos que nuestras caras y cuerpos son exactamente iguales, como una fotocopia en color. Dos hermanos gemelos no se parecerían tanto. Y permanecemos incrédulos, impregnados de curiosidad.
Después del choque emocional, somos capaces de cruzar algunas palabras hasta averiguar que venimos de zonas opuestas y que hemos emprendido un viaje muy peculiar: ella, en dirección al sur, de donde provengo; y yo, hacia el norte, de donde viene ella. El motivo de los dos: una fuerza interior inexplicable que nos empuja a tomar esa determinación sin saber su fundamento. ¿Es una coincidencia que este punto de encuentro esté equidistante de los dos orígenes? Ante nosotros, un montón de incógnitas por resolver. Y, confundidos, no dejamos de examinarnos: los ojos, la boca, el pelo, las manos... Todo es idéntico. Acabamos abrazándonos con determinación bajo la protección del parasol, un lugar mágico.
Permanecemos mudos y ceñidos de emoción incomprendida. Súbitamente, rompe nuestro silencio un violento chirriar de frenos y cuando avistamos un coche sin control, ya lo tenemos encima. La embestida es brutal. Nos ha estampado contra el suelo paralizándonos, haciéndonos perder la vida aceleradamente. Juntos e iluminados por el ardiente sol no dejamos de observarnos y es, entonces, cuando reconozco en su muslo izquierdo una pequeña cicatriz, un queloide idéntico al que tengo en la misma zona. Es como mirarse a un espejo vivo, humano.
Alguien recobra la sombrilla y la recoloca protegiéndonos de la hiriente luz. Seguimos mirándonos, sin fuerzas para hablar. El rostro de esa mujer, tan mío, muestra una mueca de abatimiento y acaba cerrando los ojos; se ha ido. E ignoro su nombre. Sin embargo, siento que me arrastra con toda la fuerza de su desconocido poder. Y mientras oigo las tardías sirenas, determino seguirla donde quiera que ella vaya.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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'Terraza de bar vacía'. De M. Casillas en 'negro_blanco' de Mundofotos. Vía EQM.
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14 Abril 2013
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Relato breve.
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Desde que empecé a saber de ti y tus tormentos, todo se fue derrumbando para quedar en pie sólo tu desenfadado cuerpo vestido de fascinante melena. Mi cerebro priorizó tu presencia, arrinconando sus múltiples carencias. Y mis pupilas de azabache intentaban localizarte afanosamente. Te querían siempre en el foco de su mirada y se quedaban quietas, embobadas, cacheándote el alma en busca de lo más hierático. Hasta que un día apareció de improviso en el centro de su campo de visión, un garabato ingrávido, grande, circular y extraño.
Provenía del humor vítreo de uno de mis globos oculares. Se asemejaba a una circunferencia maltrecha, incierta e indefinida. Como si estuviera formada de multitud de finos pelos, flotando delante de mí en la media distancia, rodeando tu cuerpo. Desde entonces, me aproximé más a ti y llegué a ver tu cara con una mueca de abatimiento, enmarcada por esa línea deshilachada, redonda y oscura. Era tremendamente inquieta, haciéndose fuerte hasta hartarme. Y me daba grima, como cuando se presenta de inmediato una moscarda ruidosa con el afán de quedarse.
El oculista aseguró que se trataba de un cuerpo flotante. No había tratamiento disponible pero me animó a evitar caer en el desasosiego. Que no la persiguiera, que la tratara como la vulgar sombra de una opacidad del interior de mi ojo, o como un mero espejismo; que la ignorara. Pero me era imposible porque siempre estaba ahí, incordiándome. Y albergaba todos los temores de que fuera un mal presagio que intentaba distraer mi atención para volatilizar mi única esperanza. Y decidí matarla tapándome el ojo con un parche negro de esos de pirata, para no verte más a través de ella.
A pesar de la aniquilación, fui incapaz de invertir el destino. Mi temor no tardó en materializarse. Lo más admirado me lo arrebataste con tu propia acción: entrecruzando tu inacabable pelo moreno y colgándote de la trenza por el cuello. Todo un suicidio. Y ahora, apostando por un milagro, me quito el parche; mas sólo soy capaz de seguir viendo la ausencia, la peor nada, dentro de ese cerco ajeno y nervioso. Marco ingrávido y diabólico que me acosa sin descanso hasta volverme loco de atar.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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'Paz - Entierro en el mar' [1842]. W. Turner [Reino Unido, 1775-1851]. Colección Tate Britain, Londres. Vía EQM.
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31 Marzo 2013
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Relato breve.
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Me gustan los domingos porque cuando me levanto temprano estoy sola; no me importuna absolutamente nadie. Los niños duermen a pierna suelta y el lelo de mi marido sigue en la horizontal sin rechistar, como una marmota. La verdad es que anoche debió de tardar mucho en dormirse ya que no paró de moverse desde que le di una mala noticia. He decidido separarme, le dije. Y además, como no puedo silenciar nada, acabé confesándole que se preparase porque, siguiendo los consejos de mi abogada, le iba a denunciar por malos tratos.
Me dispongo a cocinar, que es mi pasión, y me tranquiliza mucho hacerlo a estas horas. Pensando en mi, prácticamente, ya exmarido, voy a prepararle un poco de sangre con cebolla. Sé que le encanta. Es lo menos que puedo hacer por él como despedida. Gran plato económico y exquisito que nos gusta a todos, preferentemente si se cocina como lo hacía su madre: sangre hervida de pollo, cebollas medianas, dos o tres cucharadas de hierbas aromáticas, dos de pimentón, unos piñones y un poco de aceite de oliva, sal y agua.
A la vez que troceo las cebollas bien finas y las sofrío a fuego lento removiéndolas con el aceite, pienso que no se lo merece, que es muy buena persona. Pero, ¡coño!, yo lo que necesito ahora es tener una pasión que me enajene las veinticuatro horas del día; un renacer, y no un muermo en el paro por muy bueno y cariñoso que sea.
Vamos a ver, a lo que hay que estar: la cebolla parece que ya ofrece transparencia. Es la hora de añadir los piñones y un poco de tomillo, orégano y pimentón. Lo tiro todo y agrego un punto de sal. Hay que esperar dos minutos, removiendo todo con cariño.
Lo cierto es que a veces las personas nos excedemos, pero yo tengo que pensar en el futuro y bien estar de mis pequeños. Sacar la mayor ventaja para ellos y para mí, claro está. Por eso he accedido a denunciarlo por malos tratos a pesar de que él sería incapaz de hacer algo así. Sin embargo, no es la primera vez que yo, enfurecida, le lanzo al cuerpo lo primero que atisbo. El último altercado sucedió en la cocina y le lancé una daga culinaria, sin acierto; pobrecito.
Ojo, que ahora es el momento de la verdad. Cojo la sangre de pollo y la corto a dados de cuatro centímetros, y cuando decido volcarla en la cazuela para taparla a fuego lento durante veinte minutos, una garra peluda y enorme me amordaza acallándome, mientras otra, abre el cajón de los cubiertos asiendo un afilado cuchillo de sierra.
Reconozco horrorizada que son las manos de mi marido, al que no veo, y que la larga noche con la diabólica moviola le ha enloquecido. Mientras percibo como sus lágrimas saladas purifican la piel de mi garganta, me la taja con un corte frío y grimoso. Siento como mi sangre brota y languidece arrastrando sus lágrimas hasta caer ligadas sobre el recipiente al fuego, mezclándose con el resto de los ingredientes.
Mientras me debilito, contemplo velada la cazuela e intento deambular para evitar acudir al camino de la extinción, mas presiento que va a ser imposible. Con toda seguridad la receta será inefable y yo no estaré sentada en esa mesa para probarla.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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Detalle de 'La cocinera' [s 1559]. Obra de Pieter Aertsen [P. Bajos, 1508-1575]. Pintura al completo. Musei di Strada Nuova. Art Projet. Vía EQM.
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17 Marzo 2013
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Relato breve.
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Me acabo de levantar tambaleante y carezco de motivos para sonreírle a la vida; sin embargo, necesito hacerlo. No vislumbro un mañana en esta puteada y dormida sociedad y además, me veo envuelto en un cúmulo de manchas negras que enturbian el brillo de mi mente. Me miro al espejo y descubro mi soledad, que obstruye el desarrollo de la alegría que preciso. Y cierro los ojos a la espera de un destello genial que me dé fluidez para despertar de esta seca apatía.
Sigo delante de mi reflejo bajo la luz blanca del fluorescente, sin que se manifieste siquiera un chisporreteo cerebral, una vulgar idea. Y decido ver de nuevo mi vacilante rostro: decepcionado y triste. Y macilento, plagado de arrugas cabizbajas. Me da miedo verme así y decido con todas mis fuerzas sonreír aunque no lo sienta. Mas es imposible.
Sé que si lo consigo brotará la calma y repondré mi equilibrio. Se liberarán las endorfinas y sentiré el placer veloz. Que puede cambiar mi vida y encontrarme con la mitigación del dolor y el gozo del bienestar. Por eso lo intento de nuevo, esta vez con vehemencia. Sin embargo, solo soy capaz de producir muecas absurdas, sin atisbar ni un mínimo signo de lo que tanto añoro.
De forma imprevista, coincidiendo con un parpadeo casual de la luz, me viene un recuerdo ocurrente mientras advierto la presencia del cepillo blanco de los dientes. Cogiéndolo con delicadeza, lo sitúo transversalmente sobre mi boca presionando hacia el interior hasta forzar las comisuras. Y, ¡albur!, ya estoy sonriendo. Son pliegues ufanos que miran hacia el cielo. Aprecio de inmediato la grandeza de la sonrisa y mi ánimo se abre como una flor descarada. Ha sido un gran acierto. Y me emociono recibiendo las hormonas espejo. Incluso veo a alguien desdibujado justo a mi costado, abrazándome.
Y me voy entusiasmado a buscar trabajo, como un pirata con el cuchillo en la boca, dispuesto a abordar la vida para quedarme con el mejor botín.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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'Falstaff' [1921]. Pintura de Eduard von Grützner [Alemania, 1846-1925]., sobre el famoso personaje creado por William Shakespeare [R. Unido, 1564-1616] para 'Las alegres comadres de Windsor' [s1597], 'Enrique IV' [s1598] y 'Enrique V' [s1599]. Vía EQM.
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3 Marzo 2013
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Relato breve.
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Como todas las noches, me introduzco en la cama para conciliar el sueño reparador. Y, en el silencio reflexivo del preámbulo, oigo el goteo insistente del inodoro; su sollozo. No acabo de entender por qué me dejo siempre la puerta del baño abierta. Sé que me está esperando como de costumbre. Y mi actitud es callada mientras me centro en el ruido acuoso de su continua pérdida; lágrimas de deseo.
Añora que me siente sobre él. Y, levantándome de mi lecho, lo hago dejando caer todo el lastre de mis albugíneos y firmes glúteos. Directamente sobre su blanca y brillante piel fría de porcelana que ahora ya está encendida. Nunca me han gustado los intermedios. Y un escalofrío recorre mi cuerpo produciéndome vibraciones de espera tensa y totalmente desnuda.
Blanco sobre blanco, me concentro en el eje vertical de mi femenino cuerpo y, tras un esfuerzo sostenido, brota, manifestándose pétreo y robusto, el sobrante placentero que, por momentos, me confunde haciéndome dudar si verdaderamente se marcha o ingresa en mi excitado ser. Y cuando mi sensibilidad se aviva, ceso todo el empeño y, sujetando el tiempo, me entrego a las lucubraciones. Hasta que tremolan mis sentimientos en el vertiginoso huracán interior. Y entonces, ¡milagro!, se descarga el depósito del agua con toda su virulencia, salpicándome de felicidad.
Me acuesto con la silueta aplacada y mis nalgas húmedas. Y una vez cubierta por el lino, vuelve el silencio que abriga el sueño, trayéndome de nuevo el gemido blanco. Es perseverante y tenaz, infatigable. Una sonrisa se manifiesta en mi rostro. Y sigo preguntándome por qué continúo dejando la puerta del baño abierta.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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'Mujer aseándose al levantarse' [18?]. Dibujo de Jeanne-Françoise Ridderbosch [Belgica, 1775-1837]. Wellcome Library. Londres. Vía EQM.
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17 Febrero 2013
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Relato breve.
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Desde que perdí, siendo niña, a todos los que me querían, la vida me ha atendido con desapego y frialdad, constantemente. Parece que no he sabido seducirla con mi amistad, ni hacerle ver que le puedo ser válida aunque sólo sea para su propia armonía. No he sabido confiar en mis fuerzas o he sucumbido a la extremada energía de los fuertes.
Además, Satanás siempre se me ha presentado disfrazado de San Valentin. Y cuando he descubierto el fraude ya era tarde; así lo he sufrido una y otra vez. Hasta Cupido fue a todas horas un engaño. Sólo el carcaj representaba ser auténtico, pero sus flechas eran tridentes encendidos que aún llevo ensartados en mis entrañas.
Ahora me siento despoblada de cortejos, falta de adhesiones; ni siquiera tengo un puto figurante que acompañe mi cansino andar. Y me arrastro cabizbaja con mis frustraciones intervenidas por el plomo, con pasos quebrados a través de los andurriales perdidos del gran bazar del mundo. Lo único que veo es el sucio y pegajoso pavimento oscuro plagado de pies autómatas con un mismo rumbo.
Dejo caer mi cuerpo sobre un viejo cartón de un rincón cualquiera y me acurruco replegando la falda hasta quedarme como un feto. Me evitan mil piernas, columnas incapaces de aguantar mi techo. Noto un gran peso en la cabeza. Por momentos parece que me vaya a estallar, y me aprieto las sienes con las manos hasta que me da vueltas todo, como cuando bajaba del carrusel; y me recuerdo en la feria del pueblo.
¡Quiero subir al tren de la bruja! Y decirle bien alto al de la taquilla, que no me atemoriza que me corran a escobazos, porque ya estoy en los brazos de mi padre.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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Cipayo turco portando carcaj rojo con sus flechas. Miniatura en tinta china, adquirida en Constantinopla, s.1657, por Claes Rålamb [Suecia, 1622-1698] en un viaje a la Sublime Puerta del Imperio Otomano. Obra integrada en The Rålamb Costume Book y perteneciente a la Swedish National Library. Vía EQM.
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3 Febrero 2013
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Relato breve.
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No me pregunten de qué forma logré algo tan insólito como un salvoconducto para la tierra de los eternos suplicios. Sólo les diré que la información es mi vida y estaba allí realizando un documental sorprendente, nunca antes hecho.
Mientras ejercía ese periodismo de profundidad insondable, me encontré a un tal 'El Tuerto' que quiso contarme cómo llegó hasta allí. Y, como, colofón al reportaje, considerando interesante tal oferta, le dejé hablar a su aire:
"Recuerdo que teniendo diez años formaba parte de una pandilla de niños del barrio que se apedreaba con otra cercana, pero de mayor nivel económico. Yo tenía fama, entre otras cosas, por mi puntería a la hora de lanzar las piedras. Parece que fue ayer cuando le abrí la cabeza con una tirada de larga distancia al más chulo de los adversarios; un pijo vestido con polo de marca y pantalón largo. Sangró como un gallo cuando le cortan la cabeza. Mi satisfacción viéndole llorar ensangrentado fue mayúscula. Y aquella acertada acción me valió para acabar dirigiendo la banda.
Me gustaba exhibir mis cualidades de tirador, constantemente, para anonadar a los amigos y de paso, acojonarles. Sabían que un altercado conmigo podría traerles consecuencias graves, pues nunca fallaba. Era el único capaz de cazar pájaros tirando con un brazo. Y muchos gatos dejaron de existir mientras huían gracias a mi acierto. Mi sigilo y velocidad eran letales.
En una ocasión, una tarde de verano, mientras andábamos deambulando sobre los pedruscos del barranco, vi moverse una inquieta avispa en una piedra redondeada de gran tamaño. Pensé que era una gran ocasión para demostrar una vez más mi fama de gran tirador, y después de hacerles que se parasen y guardaran silencio, les invité a que presenciaran la que iba a ser mi gran exhibición. La distancia era demasiado larga y por eso me adelanté un par de pasos hasta quedarme a unos quince metros de ella. Me agaché cautelosamente para no llamar la atención hasta recoger un guijarro de pequeño tamaño y traté de contener la respiración.
Mientras estaba apuntándola con la máxima concentración, vi como giró la cabeza y levantándola un poco me miró desafiante. En ese mismo instante, extrañado por su comportamiento y expresión, adelanté el lanzamiento con tan mala pata que dio a un centímetro escaso de su cuerpo. Cuando quise mantener la mirada un segundo más, sentí un dolor agudo en el párpado del ojo dominante. Me había inoculado su veneno y no tardé ni un minuto en quedarme tuerto para el resto de los días.
Además de las risas de todos, sufrí un desánimo tremendo. Quizás no debí de levantar nunca tantas expectativas. Desde entonces me llamaron el tuerto y ese mote acabó por sumirme en un estado de abstracción del que tardé mucho tiempo en salir y casi me costó el puesto. A partir de ese momento me dio por perseguir a todos estos insectos de mierda y aplastarles sus llamativos cuerpos con mis piedras. Fue una persecución en toda regla que me producía gran satisfacción, llegándome a ocupar gran parte de mi vida.
El tiempo fue hollando mi cuerpo con sobrada celeridad y morí temprano, sin remedio, como todos. Fatal instante en el que pude ver cómo mi materia orgánica levitaba hasta meterse en un pequeño túnel que desembocaba en una luz intensa que esparcía calor. Al haber oído hablar de esta experiencia no me sorprendió sentirla y me dejé llevar por ella. Sin embargo, me extrañó que el túnel fuera hexagonal. Gateando sin pausas, me fui acercando y cuando llegué al final, descubrí que confluía en otro de las mismas dimensiones pero vertical, del que emanaba un calor intenso generando una corriente de aire ascendente. Entonces, miré hacia arriba y volví a ver la intensa luz que me cautivaba, y como aquella corriente no tenía la suficiente energía como para elevarme, utilicé una pesada técnica alpinista de escalada de chimeneas, hasta conseguir llegar a la cúspide.
Cuando me aferré a la boca de aquel extraño tubo asomé la cabeza y contemplé, estupefacto, un espacio infinito en el que se concentraba toda la luz del cielo y que irradiaba a su vez, la mayor serenidad y gloria que había visto jamás. Estaba cubierto de nubes resplandecientes y, en el centro mismo, un gigantesco panal níveo con miles de celdillas hexagonales. Cuando quise darme cuenta, multitud de avispas albinas gigantescas salieron de todos los rincones en mi persecución, revoloteando sobre mi cabeza. Eran los ángeles custodios del Cielo, que me obligaron a retroceder con la amenaza de sus desmesurados aguijones; hasta expulsarme de allí. Y, frustrado, caí por la inmensa verticalidad hacia las cloacas más profundas y encendidas del Universo."
'El Tuerto' se quedó unos segundos en silencio, cabizbajo. Y, mirándome a los ojos con una mezcolanza de profunda desesperación y estoicismo, me dijo:
'lo siento, pero le tengo que dejar, pues empieza mi siguiente turno de sufrimientos'.
Y se marchó abatido hacia su castigo perenne. Aquella historia me dejó literalmente en el aire y pensé que la vida, en su máxima espaciosidad, estaba llena de sorpresas que pueden llegar a producir estupor y confinarte en un horizonte de agonía.
Acabado mi trabajo y henchido de satisfacción, fui a traspasar la diminuta y sofisticada puerta de salida y me encontré con que ésta se encontraba cerrada y sin vigilante alguno. Al exigir mi salida a la autoridad mostrando el salvoconducto, me rechazaron la petición haciéndome ver un párrafo referente a los riesgos, escrito en letra pequeña, que no debí leer con detenimiento o no interpreté correctamente. Y me quedé ciego de ira entre lamentos, lucubrando sobre esas sorpresas satánicas que te da la vida.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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Fragmento de fotografía de original en color. Vía EQM.
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