Los Primeros Viernes de Mes.
Relato Breve.
La noche enfriaba tanto, que sus helados rostros buscaban el abrigo de las mantas, sumergiéndose en ellas hasta desaparecer. Abrazados, madre e hijo, intentaban entrar en calor; pero... había algo más que les entumecía los ojos: el terror. Sus miedos no eran producto de la tormenta, que caía sin contemplaciones, arañando todas las ventanas de la casa con sus húmedas garras. Ni del viento, que se obstinaba en zarandear las persianas de plástico y las desajustadas ventanas. El pánico que les envolvía era tan real, que temían, en cualquier instante, la presencia de su origen.
En el dormitorio, la cama de matrimonio decoraba la pared blanca con su grandioso cabezal de forja y el aire seguía reclamando su protagonismo haciendo oscilar la lámpara de pequeñas tulipas, marcando, a modo de un péndulo grave, el centro de la habitación; y ellos quietos, inmóviles, paralizados por el devenir.
El ruido del aguacero no era suficiente para apagar los pasos del hombre que, como todos los primeros viernes de mes, regresaba a su casa borracho a altas horas de la madrugada dispuesto, como siempre, a dirigir sus demonios contra su familia.
La luna del recibidor devolvía la funesta imagen que se le enfrentaba. Era el reflejo de un gran cuerpo, embutido en un largo y grueso abrigo gris, calado de agua hasta la misma piel. El sobrepeso de la prenda y el alcohol que invadía sus venas, lo balanceaban caprichosamente. Sólo su corpulencia natural conseguía mantenerlo en pié, ayudado por las absorbentes paredes de yeso.
Se iba a repetir la escena violenta que con una frecuencia infinita los estaba rompiendo mes a mes. Se sentían astillados cual madera de burladero. Vulgares frutos secos, mil veces cascados esperando ser consumidos. La destrucción de sus cuerpos ya era inevitable, y el desequilibrio de sus mentes los estaba convirtiendo en enfermos que empezaban a rondar a la muerte. No se atrevían a salir, a pesar de su endeble caparazón incapaz de protegerlos de nada, porque nada es el frío del tiempo, cuando se avecina la gélida maldad.
El espejo lloraba lágrimas de lluvia mientras dejaba ver la espalda de aquel ser que se arrastraba por los tabiques barriendo el pasillo, dejando su tenebroso y chorreante rastro. Hasta ese momento no había pronunciado ni una sola palabra, sin embargo, un resbalón le hizo proferir insultos al intentar levantarse. Cuando lo hizo, el suelo encharcado pareció brillar por un relámpago.
Una vez estuvo frente a la puerta del infierno, empezó a sacudirla con ira, como queriendo demostrar su fuerza al viento. Al no conseguirlo, reventó su boca con frases enrevesadas que iban subiendo de intensidad, hasta que un arrebato le hizo dar un bramido aterrador, rompiéndola de una acometida.
En el exterior seguía lloviendo con intensidad, y los dos seres, mudos, con los ojos secos por el sudor del espanto, se apretujaban intentando reducirse para no ser ni siquiera intuidos por aquel monstruo. No veían su silueta tambaleante, ni sus enormes y mojadas manos acercarse a ellos, despacio, con la intención de molerles a palos. En cambio, ya estaban sufriendo todo el dolor del mundo.
Un golpe de viento enérgico abrió la ventana, quizá con la intención de pararlo, sin conseguirlo. Acto seguido, de una sacudida apartó las mantas dejándolos al descubierto y agarrando por los pelos a su hijo, desprendiéndolo de su madre con una facilidad pasmosa, lo estampó contra el suelo. Su mujer, petrificada, distanció sus labios para dejar salir un escalofriante clamor, sin embargo, sus fuerzas habían sucumbido a la desgarradora escena y fue incapaz de emitir ni siquiera un leve sonido.
Todo estaba perdido, ella lo sabía y la tensión hizo que empezara a perder el conocimiento instintivamente. El marido se inclinó hacia adelante para empezar a golpearla, y entonces, se desequilibró, obligándole a asirse a la cabecera para no caerse. En ese instante, mil chispas eléctricas cruzaron todo su enorme cuerpo hecho agua, formando un arco voltaico azulado que le aferró, contra su voluntad, a la estructura metálica hasta dejarlo exánime. No llegó a pronunciar la última ofensa.
Aquel maligno ser acababa de ser ajusticiado por los suyos. Allí mismo, en el lugar de mil hechos aberrantes que los atormentaron y desfiguraron, vestía de muerte.
El chico, aturdido como estaba al ver lo sucedido, hizo un sobreesfuerzo y deslizándose por el suelo, se acercó bordeando a su padre con cuidado hasta quitar el cable que conectaba con la cama. Una vez percatado de su claro fallecimiento, el rostro empezó a cambiarle dibujando una mueca de rabia y, abalanzándose sobre él con mala voluntad, rompió el silencio insultándole, al tiempo que le atizaba con los puños por toda la cara hasta que desfalleció gimiendo de desesperación.
La tormenta estaba amainando y los visillos apenas se movían. El niño, recuperada la serenidad, se subió a la cama y empezó a animar a su madre zarandeándola: "¡mamá, mamá, despierta! Lo he conseguido. Ya no nos hará sufrir más."
Su madre iba recuperando poco a poco la conciencia, acariciada y besada insistentemente por su hijo hasta que, lúcida, comprendió que se había acabado todo. Un relajo empezó a invadirles todos sus músculos y juntos, iniciaron el sueño de los que se saben a salvo.
Días después, la alegría ya no era un sueño. La justicia forzada por un clamor popular los exculpó de todo delito y una nueva vida estaba empezando a mecerlos. Pero con motivo del primer viernes de mes, empezaron a darse cuenta de que todo no iba a ser tan fácil. La memoria retenía todos los malos recuerdos. Maldita historia cuyas escenas, aún cerrando los ojos, siguen golpeando el alma borrando las sonrisas.
Tenían verdaderas dificultades en dormirse. No era una noche más. La inquietud les hacía reflexionar sobre el pasado y sufrían con el riesgo. ¿Estaban seguros de que no volvería? ¿Era realmente imposible? Las preguntas rondaban sus mentes afectadas por la nueva incertidumbre.
Se abrazaron, como habían hecho tantas veces durante sus desgraciadas vidas y tapándose por entero comenzaron a prestar oído. Pasadas unas horas, una nebulosa de un azul eléctrico intenso entró en la vivienda, y en el centro de esa masa difusa de contornos imprecisos se recortaba la figura borrosa de un hombre.
Todo se desarrollaba en una ausencia total del más leve ruido hasta que, empezaron a oír el sonido que producen las gotas de agua al caer al suelo. Ellas mojaban el pasillo huyendo de aquel ser y el espejo, esta vez no reflejaba ninguna espalda, porque los espíritus malignos nunca lo hacen.
Enrique Masip Segarra [2007]. Todos los derechos reservados.

Sala de Espera [2001]. Maggie Taylor [EEUU, 1961]. Vía EQM.

Felipe dijo
Enrique:
Gracias por tu fidelidad y amistad. A ver si pronto estos relatos cambian a formato impreso, se lo merecen.
Un abrazo.
18 Marzo 2007 | 07:06 PM