Recuerdos de la infancia.
Relato breve.
Hace mucho tiempo que soy incapaz de ver nítidos mis recuerdos de la infancia. Me esfuerzo sin conseguirlo porque se deforman ahogados en una lluvia eterna que cae implacable sobre mi pueblo. Donde el viento lo cruza a diario sin tan siquiera rozar sus tejas y el Sol lo ilumina sin llegar a calentarlo.
Necesito recuperar aquellos momentos. Y viajo decidido a verlo de nuevo. Allí está, frente a mí, abandonado a su suerte. Me cuesta reconocer sus estrechas callejuelas empedradas y encontrar la piedra más rojiza, la que quiso la casualidad que me diera contra ella al caer de la mula. Entonces descubrí el tono y la textura de mi sangre y el dolor intenso que conmociona.
Ya no veo tiestos de geranios con sus flores delicadas, ni puercos sueltos. Ahora están las techumbres en el suelo y las paredes vacías. Mi casa es una desconocida plagada de brechas y boquetes. ¿Dónde están las palomas? Ya no hay cielo para ellas. Y los elegantes podencos dormitando sobre el rodeno caliente ¿qué ha sido de ellos? Esto ya no es un pueblo, son los restos de mi infancia que se desmoronan.
La iglesia, con su torre desnuda. ¿Quién se ha llevado las campanas? Me parece oírlas sonar, como los domingos con mi muda limpia. Miro el arco de la fuente y, grabado, el nombre de mi prima Rosario. ¡Qué primer beso! Y el rincón del moro: yo meaba a la piedra más alta. Y la casa palacio, donde a través de un pasadizo secreto entrábamos a llenarnos de humo y vino.
Me asedian las ruinas silenciosas. Nada queda en pie. La vieja escuela de techos altos donde resonaba la cantarina tabla de multiplicar. La casa del panadero… Hasta el muro del pequeño cementerio, que lo recuerdo recio y blanco dividiendo los dos mundos; donde subido a él, vi llorar a todo el pueblo.
Agobiado, decido salir de esta realidad que me duele y, como si portara alas de tul, comienzo una ascensión en busca de la luz más fuerte y, cuando llego, me retozo en el otro nivel, donde el aire circula a borbotones y el Sol calienta como en mi niñez. Ahora siento el aire en mi rostro.
Estoy flotando y me pierdo enredado en sensaciones. La luz me ciega hasta dejarme ver el cielo azul. Ya en la barca, mientras me desprendo del equipo de buceo, observo un exceso de líquido en el interior de las gafas. Debe de ser el agua voraz del pantano que ha querido tragarse, también, mis lágrimas de nostalgia.
Enrique Masip Segarra [2007]. Todos los derechos reservados.


Veli dijo
Enrique, esos recuerdos hay que guardarlos como oro en paño, pues la existencia que reflejan es tuya, solamente tuya. Agradezco mucho que hayas querido compartirlos aquí, en esta salita virtual.
A cambio, te dejo una imitación que reconocerás acerca de mi niñez:
Mi infancia fue domingos de campo junto al río,
paseos y un capricho los fines de semana,
salir en el otoño en busca de castañas,
montar en los tiovivos, callar, saltar, cantar...
Saludos amistosos.
3 Diciembre 2007 | 10:08 PM