El pelirrojo
Relato breve.
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Tenía el pelo rojizo y la cara plagada de diminutas pecas. Desde niña se sintió siempre atraída por los reptiles y era normal verla juguetear con las refinadas lagartijas en el soleado mediodía o con las frías salamandras, durante la anochecida. Aunque su verdadera obsesión eran las serpientes. A veces se quedaba quieta durante horas contemplando sus relajadas siestas. Era tanto el apego que les tenía, que en una ocasión, yendo en bicicleta, se lesionó seriamente al caer al suelo por no atropellar a una de ellas.
Ya crecida, le dio por ser "motera" y vestía cuero negro, como todos sus nuevos amigos. Y en una concentración de grandes máquinas decidió estrenar su piel con un tatuaje diminuto: una serpiente recogida. Se sentía presionada por ellos que, acomodándose a la moda, mostraban grandes y multicolores dibujos por todo el cuerpo.
Paseando sola por los tenderetes de artículos y complementos especializados del festival, de pronto se vio envuelta por una inexplicable y densa niebla que le mostró un peculiar puesto a modo de tienda de campaña oscura, llamándole poderosamente la atención. Estaba especializado en tatuajes de serpientes y entró sin dudarlo.
El artista era viejo, enjuto, de pelos largos y, como los suyos, pelirrojos, que había trenzado a modo de cola de caballo. Su mirada profunda descubría unos ojos grandes y pardos. El torso musculoso y desnudo mostraba una obra de arte cuyo único tema eran las serpientes, de todos los tamaños y colores. Parecían corretear entre las mil manchas de su piel, siempre atentas, con las miradas frías.
Ella le explicó que quería hacerse un tatuaje en el brazo, pequeño, de cinco o seis centímetros. A continuación, el veterano artista le señaló el lugar que debía de ocupar y la miró fijamente durante un largo tiempo; el silencio se acomodó bajo la lona y dejándose llevar por esa paz interior que le confería su expresión, la muchacha exclamó: "haga lo que quiera".
Al cabo de varias horas en las que la comunicación verbal y las molestias de las agujas fueron inexistentes, finalizó el tatuaje. Con la mirada fija en su obra, pasó la lengua por toda su superficie. Entonces, ella, notó un escalofrío especial, como si aquel dibujo tomara vida. A continuación, le mostró a través de dos grandes espejos confrontados la obra terminada: una culebra verde arborícola de ojos rojizos que, boca a bajo, le cubría toda la columna vertebral empezando en el atlas cervical y concluyendo en la región coccígea, en la que su lengua azul se extendía entre los glúteos.
La chica, como si intuyera desde el principio el resultado, no se sorprendió de la grandiosidad y espectacular belleza de aquel reptil y sonriendo, pagada de su nuevo aspecto, le preguntó lo que le debía por su laborioso trabajo. -Ya me has pagado- respondió el vejete -sigue conservándote así-. Ante tal incomprensible actitud le dio las gracias besándolo con cariño.
La clausura de la concentración de motos coincidió con un tiempo inestable que se empecinó en empapar repetidamente la zona. El camino de regreso, ya de por sí complicado a causa de la sinuosa y estrecha carretera de montaña, incrementó su peligro mostrando un firme excesivamente encharcado y barrido por un incómodo viento a ráfagas.
El flamante tatuaje le hizo ganarse la admiración de los suyos y en ese camino infernal ya no tenía que ir la última: ahora le cedieron la primera posición del grupo, la de los campeones. La carretera estaba plagada de sables cortantes afincados en las curvas, quitamiedos asesinos esperando el mínimo error para amputar los cuerpos. Pero ella era sensata y su velocidad controlada ajustadamente.
No se sabe cómo ocurrió, quizás se juntaron todos los malos presagios formando un duende diminuto y perverso de barrillo viscoso que hizo patinar la rueda trasera de su máquina. En segundos, se vio descabalgada de la montura y convertida en una improvisada funámbula, paseando su espalda por el filo del terror hasta seccionar profundamente su bello tatuaje.
Los médicos coincidieron en el diagnóstico: corte medular irreversible; y el presente se llenó de rigidez. La paraplejia dejó sin funcionalidad la mitad de su cuerpo; ya no podría nunca más subirse a una motocicleta. Ni siquiera caminar sería posible en su vida restante. Los lloros sucedieron a la incertidumbre y el futuro se ahogó en sus lágrimas.
Pasadas varias semanas y estando cumpliendo las prácticas de movilidad sobre su silla de ruedas, creyó notar una sensación muy suave por debajo de la cintura, algo que hasta ese momento nunca había advertido: un cosquilleo entre los glúteos, como si la bífida lengua azul la acariciara. Pensó que la serpiente tatuada quería indicarle algo, pero creyó estar trastornándose.
Días después, en una de las revisiones rutinarias los médicos se quedaron atónitos: vieron como la cicatriz de la herida, por momentos, iba coloreándose de verde hasta vestirse de culebra, uniendo ambas partes del reptil. Fue un acontecimiento único y misterioso. Y la chica, al poco tiempo del inexplicable suceso, empezó a sentir que su cuerpo dormido despertaba sin dificultades.
Hoy, en cualquier concentración de motos se la puede encontrar conduciendo una máquina de gran cilindrada. Va vestida con una cazadora de gruesa piel mostrando orgullosa parte de su tatuaje, a través de una abertura en la espalda. Y se pasa el tiempo con sus luces antiniebla encendidas, indagando desesperadamente para poder hallar una pista que la lleve al anciano pelirrojo que nunca vio nadie.
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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

Frente al Espejo [2003]. Dr. Lakra [México, 1972]. Vía India Viva.

Felipe dijo
Una gozada. Como siempre.
22 Febrero 2009 | 08:25 PM