El maléfico gusano
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Relato breve.
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Colombiana, Motilona y nómada. Sólo necesitó un cambio de residencia para que oficialmente el grupo de indígenas que ahora vivía de la recolección, la admitiera como casada. Pero pronto tuvo problemas: no lograba quedarse embarazada. El chamán, con sus poderes sobrenaturales, hizo el exorcismo en la morada para alejar a los malos espíritus y la obligó a ingerir un brebaje milagroso. Todo fue inútil.
Su inusitada belleza no frenó el rechazo del marido y por consiguiente el del resto de la comunidad. El hecho la perturbó tanto que tuvo que cruzar la frontera con Venezuela y refugiarse en las selvas del Catatumbo, con sus hermanos Barí. Pronto supo buscarse la vida a través de los "Destechados Indígenas". Allí encontró alivio y manutención y en la escuela, además de aprender a cubrirse y escribir el español, realizó prácticas en el hogar de cuidado diario; donde se atendía a las necesidades de los niños.
Pasado unos años de claro progreso y con la intención de abrirse del todo a la sociedad moderna, aceptó una buena oferta: trabajar para un matrimonio en Caracas. Por las mañanas acudía al centro de capacitación para trabajadoras del hogar y el resto del día lo pasaba realizando sus labores en la casa. Era esforzada y hacendosa y tenía ganada la atención de sus señores, sobretodo de él, directivo de una sociedad petrolera.
Debido a una reestructuración internacional de la empresa, lo destinaron a Madrid durante unos años y ella no dudó en irse con toda la familia. Estuvo compartiendo aquella nueva cultura y le gustó tanto que, a la finalización del destino, pese al disgusto de sus protectores, decidió quedarse en España.
A través de gente influyente le consiguieron trabajo en una casa solariega a las órdenes de su única habitante y propietaria: una prejuiciosa y solterona de la antigua "Sección Femenina". Su función consistía en las labores propias del hogar, en el cuidado y atención de la dueña y de un "Pinscher" mal criado y ladrador.
Allí empezó su calvario. El rostro de aquella mujer reflejaba la amargura de una vida sin amores ni emociones. No se le conocían amistades y sus modales hurgaban en la discriminación racista. Su severidad no permitía ni las equivocaciones mínimas. Y, además, la cicatería la empujaba a fiscalizarle hasta el último céntimo de la compra diaria.
La mortificaba constantemente impidiéndole ver la televisión, escuchar la radio o poner la estufa en su dormitorio. Le dejaba ducharse sólo una vez a la semana con agua caliente si no sobrepasaba los cinco minutos. Y le imposibilitaba el uso propio del teléfono. Toda una situación como para dispersarse de inmediato y partir hacia otro lugar. Pero... ¿a dónde?
Tuvo que sufrir aquellos malos tratos durante mucho tiempo, pidiendo a "Saymaydódjira", el Creador, fuerzas para poder aguantar a ella y a su odiado perro. Pero una noche de abatimiento le sobrevino la energía cruel de sus antepasados, la de los Motilones violentos. Y harta de resistir, la Motila decidió invocar al ser maléfico del gusano. Desde entonces, convirtió las noches en tinieblas de cantos de revancha.
Al finalizar la tercera jornada, con la luna ya eclipsada y adaptándose al medio, introdujo una fotografía de su señora en el microondas y dándole al interruptor, esperó los acontecimientos. Una alta temperatura arraigó en su cuerpo y la dejó postrada en la cama, sin poder moverse. Al cabo de un tiempo, los médicos seguían ignorando la causa y sin saber cómo hacerle frente y viendo su avanzada edad, optaron por remitirla a su casa con un tratamiento atenuante.
Ahora era la sirvienta quien manejaba los hilos a su antojo. Se había convertido en una nueva mujer y siempre realizaba todo aquello que antes tenía prohibido: hablar por teléfono, ver la televisión... incluso empezó a fumar. Pero lo que más le divertía, hasta llegar a carcajear, era el tiempo que dedicaba a ducharse con agua bien caliente, mientras su señora profería gritos de reproche, inútilmente, desde su camastro.
Como las fiebres fueron mermando sus facultades, hubo un momento en que la dueña sabedora de sus minutos finales, hizo prometer a la Motilona que después de su muerte, expandiría las cenizas en la playa de Marbella, donde recordaba con ternura retozar en sus aguas y pedalear en los patines sorteando las pequeñas olas. Recuerdos de juventud que le llenaban el ánimo.
Una mañana lluviosa y fría de otoño en la que el viento acopiaba las hojas secas en los bordillos de las aceras, la señora daba señales de estar inquieta. Mientras la sirvienta cantaba, excediéndose con saña en la ducha caliente, ella profería insultos soeces, cada vez más intensos. En uno de los arrebatos en la que le increpaba del excesivo gasto, cayó fulminada de la cama sobre la piel de zorro plateado.
La venganza resurgió con más vigor, hasta llegar a encolerizar a la indígena, cuando rumió que la vieja, al morirse, se resarcía dejándola sin trabajo. Ahora lo prometido ya no tenía ningún valor. Y faltando a su palabra, cogió el cofre de latón repleto de sus residuos volátiles y lo volcó sobre la carne picada del comedero del perro.
Lo mezcló todo hasta formar una masa uniforme y una vez deglutido por el can, esperó pacientemente a que hiciera todas las defecaciones. A continuación, cogiéndolas con delicadeza, las introdujo en una bolsa del supermercado para después, encaminarse a la carretera próxima y lanzarla al centro de la vía con la intención de que la atropellaran repetidamente.
Allí permaneció, callada y silenciosa, viendo como arrollaban y aplastaban a la vieja una y otra vez sin parar, todo el santo día. Iluminada, oyendo en su imaginación los lamentos desesperados de dolor. Miles de coches pasaron por encima de ella hasta hacerla comulgar con el asfalto y convertirla en una mancha negra.
Una vez desaparecido todo vestigio de lo que fue su cuerpo, se quedó anonadada y marchó satisfecha. Días después, le llamó el notario comunicándole que la vieja le había declarado la única heredera universal de todos sus cuantiosos bienes. Y vivió cuidando con desvelo exagerado a su malcriado "Pincher", hasta que fallecido, esparció llorando sus cenizas por los arenales costeros marbellíes.
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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.
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lilian fernandez dijo
Interesante narracion BUEN DOMINGO
1 Marzo 2009 | 11:50 AM