Asiento nº 13
Relato breve.
.
A Serafín su protectora madre le dijo un día de cielo vivo y extremado azul, que lo había parido en un autobús de la línea 6: "Lo reconocerás porque aún tiene una pequeñísima grieta en el parabrisas, en el lado del conductor. No dejes de ir y observar el asiento número 13: allí naciste tú", acabó diciéndole. Y desde entonces, cuando juntaba unas monedas, subía y se sentaba en él, asomado a la ventanilla. Si estaba ocupado, se mantenía a la espera en el pasillo y cuando quedaba vacante ¡zas! se dejaba caer de satisfacción. Era capaz de voltear la ciudad varias veces sin bajarse de aquella plaza.
Pasaron apenas dos meses y después de una jornada de trabajo en la que su madre no regresó, cambió el descanso por el insuficiente quietismo y estuvo contemplando la noche plagada de inmortales estrellas. Fue tan duro sobrellevar su abandono que necesitó más que nunca encontrar un gran aliento en su autocar, y empezó a reiniciar sus visitas. Rara era la semana que después del colegio no se paseara al menos una vez desde aquel pedestal. Allí veía las cosas de otra manera, quizá más resplandecientes, con mayor seguridad y encontraba la esperanza de hallarla a ella en alguna calle de la gran ciudad.
El tiempo hizo transcurrir los años y cambiar su cuerpo que ahora era grande, recio y fuerte. Sin embargo, su mente seguía debilitada por la ausencia inexplicable del amor materno. El cariño y afecto de su padre no eran suficientes y las sacudidas de culpa le constreñían el alma martirizándose de continuo. Por ello necesitaba frecuentar aquel asiento que le irradiaba una energía especial, como si estuviera abrazada a ella. Era una bendición, una fuente de vida. Y eso le creó una necesidad desmedida, una obsesión que le obligaba a tenerlo siempre presente.
Una tarde avanzada de intensa lluvia, esperando en la parada a que llegara su maravillosa poltrona, se le hizo el cambio de día. Con la esperanza rota y calado hasta los huesos, volvió a su casa. La próxima jornada, al repetirse la ausencia, temió lo peor y durante la noche sólo quiso ver la confusión. A la mañana siguiente se trasladó a la empresa de transportes y le dijeron que por su vejez lo habían retirado de la circulación. Que se encontraba en un desguace de las afueras de la ciudad.
No tardó nada en presentarse en las oficinas de aquella infinita explanada, afirmación callada y detenida de hierros y motores avejentados, a preguntar por su autobús de línea. Esa mañana se había adueñado del escenario un viento que levantaba nubes intensas de tierra. A pesar de sufrir molestas rachas que le cegaban, llegó a localizarlo. Cuando lo hizo, se sentó en su zona 13 del alma y las lágrimas arrastraron los restos de polvo rojo de sus mejillas. Enseguida notó su particular sensación benéfica.
Estuvo mucho tiempo visitando aquel desguace del extrarradio hasta que su vital vehículo desapareció. Sólo supieron decirle que lo habían vendido a un chatarrero que se dedicaba a exportarlos a un lejano país. Allí, dada las circunstancias de pueblo subdesarrollado, sería útil unos años más. No podía quedarse de brazos cruzados. Para él era una misión de vida o muerte localizar su sillón mágico donde nació y, si Dios quería, en el que morir con el recuerdo de su madre, gozando de una paz inolvidable. Por eso tenía que ponerse de inmediato en su búsqueda. Dedicó sus vacaciones íntegras a patear la totalidad del tercermundista Estado, hasta hallarlo en los maltrechos hangares metropolitanos de una histórica ciudad.
Ante la delicada situación decidió urdir un plan para, amparándose en la noche, desmontar el asiento y recuperar su imprescindible trono. Parece que las estrellas no quisieron ver tal irresponsabilidad y decidieron ocultarse tras unas nubes invisibles que sólo mostraban, de tarde en tarde, una luna tan menguante que era talmente un hilo fino y retraído de luz.
Con determinación y sutileza logró saltar la alambrada sin hacer ruido y entrar en el espacioso vehículo. Ayudado por una llave inglesa lo desmontó y cuando decidía irse, se dio cuenta de un extraño y diminuto sobre de plástico bien sujeto y oculto en el reverso de la base. Lo arrancó de inmediato, extrajo una tarjeta descolorida e iluminándose con la pequeña linterna leyó: "Serafín, hijo mío, cuando leas esta nota tu padre ya me habrá matado y enterrado en algún lugar oculto. Así que no podré volver, pero nunca te olvidaré. Te quiero y siempre te querré".
Una mezcla de sosiego y de rabia contenida le hizo debilitarse y empezar a sudar. El liberador silencio incrementó su extraña armonía mientras repasaba una y otra vez aquella milagrosa y sorprendente nota póstuma. Cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, sobre el respaldo de su asiento, al mismo tiempo que apretujaba con fuerza la tarjeta, como si esperara sacar algo más de ella. En ese instante resonó en el interior de aquel viejo autobús los gruñidos graves y amenazadores de tres enormes perros de guarda, no tardando un segundo en lanzarse sobre él hasta destrozarle. Decidió la indefensión. Y sólo quedó la luz tenue de la linterna que, acomodándose a su pulso, se fue extinguiendo lentamente, mientras dirigía su débil foco sobre el secreto que Serafín se llevaba pletórico de paz.
.
.
Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.
.
Frag. de fot [original en color] de un viejo autobus en Cuba. Vía EQM


lilian fernandez dijo
UN PLACER COMO ES COSTUMBRE EL LEERTE
FELIZ DIA
21 Junio 2009 | 02:01 PM