La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

19 Julio 2009

Sones mágicos

Relato breve.
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Yo creía un error tratar de vivir cada día como si fuera el último. Estaba seguro de que la existencia debía de tener un ritmo equilibrado con lo que se pretende alcanzar y lo mío era la felicidad sostenida. Por otro lado, siempre pensé en lo efímero de nuestra existencia sin obsesionarme; de hecho, nunca hice el famoso test : "¿Cuánto tiempo te queda de vida?".

Después de lo ocurrido, ahora cavilo de otra manera. La rapidez con la que, a veces, suceden los hechos, me ha cambiado la percepción del tiempo. ¿Qué son los ritmos naturales? ¿Qué sincronía debemos tener con ellos? Palabrerías de gente que se olvida de que el ser humano carece de verdaderas opciones ante su propia vida.

Todo empezó cuando mi sociable y elocuente amigo me contaba con su simpatía habitual, en el café donde solíamos coincidir a la hora de almorzar, algunas aventuras vividas durante sus recientísimas vacaciones en el interior del gran desierto: el Sahara. Siempre había sido un trotamundos y en esta ocasión no lo fue menos. Afrontar el último reto en solitario le pareció toda una machada y recorrió de tal guisa con su todoterreno misteriosas rutas por un mar repleto de olas de arena dorada y así me lo contaba:

"Un día me pasó algo muy grande e inexplicable; llevaba atascado en la cresta de una duna gigantesca varios días sin poder salir de ella, a pesar de mi experiencia y de todas las técnicas empleadas hasta la saturación. Ya derrotado, acabada el agua y advirtiendo que cambiaría el tiempo, me introduje en el vehículo a la espera de que pasara el destino y dejara alguna puerta abierta por la que poder escapar de tanta ansiedad.

Los cielos no tardaron en tupirse vistiéndose de gris perla brillante con nubes extrañas y largas, como cuerdas de cáñamo, ásperas y deshilachadas. El viento que soplaba se volvió inquietante e incisivo, limando las aristas de mi coche; y yo dentro, tras el cristal protector observando como, poco a poco, el arenal iba trepando sobre la carrocería con el ánimo de engullirme sin miramientos.

Por instantes, la cúpula cenital pareció transformarse en un inmenso espejo que reflejaba la furia del desierto, alumbrándose de oro rojo; y las nubes ahora eran colinas movedizas plagadas de surcos cada vez más profundos, deslizándose con furia de huracán. Parecía estar asediado por gigantescas serpientes agrietadas reptando y huyendo del más perverso de los dioses. Todo empezaba a ser excesivamente espeluznante; y yo, inmóvil, encerrado.

Era un hecho que el Sol se había aliado con el temporal incrementando el ímpetu de sus rayos para así agotarme de ardor diabólico hasta partirme los labios y desecar mi alma. Estaba desaparecido por todo el sufrimiento, en aquella inmensa soledad que no dejaba de ajarme. Acabé sintiéndome un trozo de carne en un horno avivado hasta el infinito.

Cuando ya no aguardaba nada inverso, entre el sonido fuerte del paisaje trastornado creí oír la reverberación penetrante de una chirimía. No acertaba con la dirección pero estaba claramente llegando a mis oídos, unas veces con mayor intensidad y otras, más apagada. El misterioso instrumento sonaba con insistencia hasta que, de pronto, por el último resquicio del parabrisas, vi una figura humana diminuta sobre un camello de tres jorobas y, de inmediato, se obstruyó el paisaje dejándome sepultado por los infinitos y minúsculos granos, empapado en un sudor pesado.

Sin saber por qué, se instaló el silencio e intuí que en el exterior una gran calma presidía el vacío, como si la última racha violenta hubiera acarreado con la pesadilla, dejando dormidas a las mil colinas de oro. Ante la pertinaz tranquilidad decidí salir de mi refugio para confirmarlo y fue entonces cuando descubrí que había finalizado todo. Frente a mí estaba el misterioso y pequeño hombre vestido de puro blanco que, al verme tan desfallecido, me saludó con un gesto amigable y calmoso.

Aquella tranquilizadora presencia fue como encontrar un trébol de cuatro hojas. Y cuando le supliqué un poco de agua, sosegadamente, descargó de su montura unas cañas de bambú, cuerdas y telas. A continuación, montó una estructura que recordaba a los cometas pero mucho más grande y, aprovechando las reminiscencias de la tormenta, la hizo volar sobre las corrientes de aire tenue hasta recibir los fuertes vientos de la gran altura y arribar a la nube más oscura del firmamento.

Una vez allí, el gran artefacto desapareció en su interior y el hombrecillo creó un seno con la interminable soga, me lo puso en la boca y... ¡milagro!: empezó a chorrear agua. ¡Agua bendita! ¡Maravilloso líquido que da la vida! No paraba de gritar de entusiasmo mientras bebía hasta saciarse, llenaba mis depósitos y retozaba locamente con aspavientos de alegría."

Sin darme tiempo a asimilar lo acontecido, redujo la altura del cometa y lo dirigió hacia una turbulencia y, mientras lo mantenía girando como loco, amarró el cabo al parachoques de mi coche, y con un giro de muñeca hizo que el artefacto diera un tirón tan fuerte que extrajo de inmediato el vehículo de su prisión dorada, como si hubieran arrastrado de él un numeroso grupo de fornidos camellos. La facilidad con la que gobernaba aquel complejo de fuerzas me dejó atónito. ¿Cómo podía dominarlo un hombre solo y tan pequeño? El desierto siempre te fascina con sus misterios."

Después de contarme el asombroso relato, me confesó que no le fue posible cruzar ni una sola palabra, que los intentos por saber quien era fueron inútiles. Se marchó montando su irreal camello. Y al desaparecer en el horizonte ondulado dejó una estela melodiosa repleta de notas mágicas de aquel instrumento del desierto, que se mezclaron con los reflejos de un espejismo. Mi amigo, tras quedarse agradablemente suspendido, emprendió de nuevo la partida. Pero esta vez no iría solo: esa música melodiosa se adueñó de él y la tuvo como compañera el resto de la travesía.

Pasados unos días, en plenas fiestas de la ciudad y en la misma cafetería, coincidí con él. Estaba sentado en la barra amplia y caliente de madera de Oregón. Su natural saludo efusivo hizo que me acercara y pidiera unas cervezas frías para los dos. Después de comentar los últimos acontecimientos festeros estuvo en silencio más de lo acostumbrado, sosteniendo su vaso, mirándolo con insistencia. A la vez que, ensimismado, pasaba un dedo sobre el vaho del cristal.

Cuando se dirigió de nuevo a mí lo hizo muy serio y, con un inusual susurro, me dijo: "oye, si te interesa, tengo unos tanques de puta madre a buen precio". Lo miré detenidamente pensando que estaba bebido o bromeando y, al percatarme que no era así, mis piernas temblaron y la mente se vació de contenido. Volvió a insistir: "son una ganga, he pensado que por el mismo precio podría incluirte algún que otro carro blindado". Salí de allí como alma que lleva el diablo. Preguntándome cómo puede mudar de aires una mente lúcida, repentinamente, de la noche a la mañana.

Desde entonces, cuando lo dejan libre, sigue ofertando sigilosamente por todos los bares de la ciudad su armamento pesado. No sé si lo han hipnotizado los infinitos arenales, las noches plagadas de estrellas mágicas del gran desierto o sus oscuros vientos. Apesadumbrado, dudo que pueda salir de ese laberinto sinuoso que le hace subir y bajar constantemente en un camino eterno donde se hunden las pisadas. Y pido que escuche de nuevo los sones mágicos de aquella chirimía para que le remedie la vida el misericordioso y divino enano.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Imagen de Chirimías. Estas son peruanas [instrumento declarado allí patrimonio cultural], aunque dos conservan el nombre morisco [zurna, ghaita o mizmar] y otras dos el de la sierra [chirisuya]. Con orígenes en el s VIII, es antecesor del oboe y de la dulzaina. Aquí ya se comentó su importancia en la música otomana y, posteriormente, en las fanfarrias y los pasacalles. Pueden escuchar algunas interpretaciones de España, México o Perú, así como su relevancia en la música árabe actual. Vía EQM.

Solo de mizmar. Vía Demo synth new. [+]

 

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lilian fernandez

lilian fernandez dijo

Como siempre es un placer leerte.
Que tengas un feliz domingo

19 Julio 2009 | 10:28 AM

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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