La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

6 Septiembre 2009

Amarillo Pastel

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Relato breve, de ficción.
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Poseo una vespa, mejor dicho: disfruto de una vespa. Tiene veinticinco años y ahora luce de color amarillo pastel. Rubio travesti, dicen con sorna los compañeros del club. Con su arrojo cromático resalta en cualquier ambiente y no digamos sobre el gris y neutro asfalto. Nadie me ignora. Y llevo un casco blanco similar al de la policía para que el despistado y el abusón se acuerden de la autoridad de los caminos. Los centra al instante. Todo sea por la seguridad.

Esta motocicleta de cuadro abierto, a pesar de tener la delantera excesivamente plana llega a conquistarme con su aspecto femenino. Quizás su culo sea lo excelente: “cofanos” curvilíneos cual glúteos turgentes que ensalzan el bastidor y alcanzan su punto álgido cuando se sobre ilumina el piloto carmesí. Y esos intermitentes traseros que parecen guiños pícaros. ¡Qué cantidad de sugerencias, contorneándose a modo de una bailarina de estriptis, en las dobles curvas!

Sorprende la postura para montarla; digamos que es familiar. Como si estuvieses sereno en la silla del comedor consumiendo un bocadillo o el mejor plato del universo. Apuesto a que podría hasta fumar una pipa, conduciéndola. Esa es la gracia de la vespa, se maniobra con tanta facilidad… Mientras la conduces es puritana: apenas te deja tenerla entre las piernas y menos si se trata de su zona caliente, pero te sientes libre, puedes cruzarlas, inclinarlas hacia cualquier lado o simplemente, dejarlas enfrente, tal que si estuvieras delante del ordenador enredando con un viaje virtual.

Sobre ella, todo se vuelve grande: los pequeños baches, la reducida velocidad, las mínimas frenadas… Y por ende, te creces. No paras de hacerlo hasta iluminarte en cuarta. Entonces, ya no piensas en el peligro, sólo en que se turban los rizos de la mente. Observar las pinceladas del paisaje al son sereno de sus revoluciones me place y por eso la deseo tanto.

Bueno, me estoy extendiendo demasiado, el amor que le tengo a mi vespa me impide centrarme en lo que quería contar. Desde hace poco, a pesar de nuestra llamativa estética, se han ido incrementando los casos de abuso en carretera. Mi arrebato hacia aquellos prepotentes que, amparándose en su supremacía mecánica y de tara, siguen poniendo en peligro constante nuestra integridad se ha agrandado hasta el punto de que decidí tomar cartas en el asunto: pasar de los insultos a los hechos.

Al principio llevaba escondida en el cofre una pistola de pega y en el instante que sufría el poderío de algún tarado, sacaba el arma y le asustaba, apuntándole con ojeriza. Mi desasosiego se volatizaba de inmediato y sentía una paz interior indescifrable al preguntarle: "¿quién es ahora el más fuerte? ¡Gilipollas!" Y se quedaba mudo de espanto mientras me carcajeaba sin control.

Pero estoy notando que últimamente, después del suceso de acción-reacción, me quedo triste, como si sintiera la necesidad de continuar mi asustadizo juego. Parece que no exprimo del todo mi cólera y se queda el vaso medio vacío, percibiendo una brusca oscilación interior que me oprime la mente. Y he decidido seguir aumentando la presión cambiando la herramienta.

Ahora, cuando se cierra la noche, mi querida vespa y yo nos envolvemos con sendas capas de rafia negra y recorremos todas las rotondas de la gran ciudad a la búsqueda y captura de los hijos de puta que nos avasallan sin piedad. Con rutilantes gafas negras y nariz extremada, de esas de carnaval, me enfrento a los desalmados de la carretera hasta pegarles un tiro a bocajarro y cagarme de risa mientras se desangran.

Si, ya sé que puede resultar un poco desproporcionado pero no puedo defraudar a mi compañera. Es imposible mirar hacia otro lado. Es tan bella y delicada que no soportaría verla magullada y por los suelos. Además, me ha embrujado de tal forma que necesito asegurarme que voy a poder seguir acariciando sus empuñaduras indefinidamente.

A veces, se me antoja una romántica carabela y me dejo llevar por el viento hacia un nuevo mundo. Su frontal parece talmente el trapo de un aparejo redondo de esas históricas naves. La empopada bajando un empinado puerto es demasiado. En tales circunstancias, renuncio al acelerador y mis protegidas piernas se duermen para activar el cerebro, mientras los badenes se hacen olas y las curvas me obligan a escorar al límite. Gobernarla es toda una aventura, un placer, mi vida…

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

El autor del relato de ficción recorriendo, con su inseparable vespa, los caminos salvajes de arundo donax "cañabrava", en el norte de África. Fot. de Coliflor.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Pilar

Pilar dijo

Bonita foto e interesante relato.

13 Septiembre 2009 | 09:46 AM

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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