El gran jodido
.
Relato breve.
.
Su padre, encima de una camioneta desvencijada, era un artista, el mejor charlatán. Daba igual que ofreciera mantas, cristalerías o un juego completo de peines de tortuga. Siempre acababa con la totalidad de las existencias. La gente se aglomeraba para oír sus ocurrencias como lo haría ante un predicador: con devoción. Él y su inseparable micrófono eran una pareja que embaucaban a la muchedumbre a través de una voz rota por el énfasis continuado.
Su madre, la mujer barbuda: orgullosa, seria e impertérrita en su barracón rosa, el más visitado de la feria, contiguo al de los liliputienses. Sostenían las lenguas viperinas que esa ofuscación del charlatán por las ventas, le restaba demasiado tiempo para el amor y que su único hijo, el enano, era fruto de tal desidia. Por eso, el chico se había convertido en el hazmerreír del vecindario.
El diminuto, ya hombre, harto de la presión social, decidió abandonar a la familia y escudriñó la vida hasta descubrir el circuito taurino musical del país. Allí luchó para conseguir el mejor trabajo: artista principal del Barbero Torero. Su cara aniñada, junto a su timidez con las mujeres, le daba un aire desvalido que encantaba a muchas de ellas, por lo que vivía siempre bien acompañado. Y cuando tuvo que elegir definitivamente, pensando en mejorar la estirpe, lo hizo con una rubísima súper miss.
Tuvo suerte en la elección y la convivencia cristalizó con inmejorable brillo. Pero el infortunio se asentó categóricamente cuando quedó patente la fuerza genética de su madre, que no contenta con ello, lo hizo por partida doble y con una nota de exotismo. Sí; peor no podía ser para él: gemelas, enanas, barbudas y prietas. Estaba claro que la extirpe familiar que pretendía mejorar era una encrucijada de senderos en la que todos se dibujaban excesivamente empinados y sombríos.
No obstante, inmerso en su querida profesión de riesgo, con el tiempo, consiguió aunar más a la familia, innovando día a día su espectáculo, que ya empezaba a ser conocido en todo el país. Para ello, incluyó en el mismo a sus niñas disfrazadas de chimpancés que, con aprendida técnica, eran capaces de montar a las inquietas becerras, mientras a su mujer, esplendorosa, la responsabilizó de la presentación y comentarios de cada uno de los números del espectáculo.
Gran parte del beneficio obtenido lo ingresaba en una cuenta de ahorro para que las hijas pudieran mejorar su aspecto en una famosa clínica de EE.UU. La ilusión por someter a sus gemelas a las diversas operaciones de estiramiento y depilación definitiva, era una prioridad en su vida. Pero los tiempos cambian y los colores, pese a ser los mismos, llegan a tener matices que los hacen diferentes. Y los políticos a los que votó, tan aficionados, como todos, a introducir cambios inesperados en el lienzo de la sociedad sin medir sus consecuencias, decidieron prohibir su trabajo por considerarlo indigno del ser humano.
Incapaz, acabó en manos de los psicólogos de la Seguridad Social que, desde entonces, intentan estabilizar a este pequeño gran hombre que no soporta lo acaecido. Y se desespera viendo aquello que tiene que hacer su mujer por razones de pura subsistencia familiar: crea posturas imposibles sobre una barra vertical exhibiendo su hermosísimo y elegante cuerpo en el mejor club de la gran ciudad. Y lo peor: ella sufre lo inconfesable porque no tiene valor para decirle a su marido que hace pases privados a los nuevos legisladores.
.
Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.
.

1000 Clowns. Heimann, Jim (ED) y H. Thomas Steele. Taschen, 2004. Libro de fotografías e ilustraciones de payasos, principalmente americanos. Vía EQM.
.
