La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

27 Septiembre 2009

La peña de los vientos

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Relato breve.

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Mi pueblo es pequeño, de piedra, y se pierde en la niebla de la extensa planicie abrazando al riachuelo de aguas tranquilas. Los árboles sólo crecen en grupo alrededor de las abundantes fuentes, dejando al resto de las tierras fértiles las huertas de color verde brillante. Cuando desea salir el Sol, siempre decide hacerlo por detrás del único montículo reseñable: la peña de los vientos.

Allí estoy yo, esperando los primeros rayos del día. Todo es tan tenue que aún nada calienta mi cuerpo que se estremece por la fría escarcha. Confío en que la mañana no acarree nubes que impidan mi recuperación. Me gusta subir hasta la cima abrupta y áspera donde la piedra dibuja con sus contornos una cabeza de perro de orejas erguidas, mirando el horizonte nórdico. Y quedarme quieto como ella, al aguardo, aguzando los sentidos.

He subido tan alto, con el ánimo de recibir en mi rostro alguna corriente de aire que me traiga noticias de mi chica. Siempre creí en el poder y los recados de los vientos. De hecho, el día que ella me dejó por un pisaverde de la gran ciudad, las tejas sueltas se perturbaron al ritmo de un fuerte norte: el Bóreas, raptor de doncellas. Por eso estoy convencido de que alguna vez un viento bueno me la devolverá; seguro. Cuando me abandonó, lo hizo desconociendo que ya era como un pañuelo de seda bordado con mis iniciales. Me pertenece, está ligada a mí y espero impaciente.

El alba sigue rompiendo la noche dulcemente, mostrando una luz progresiva que llega a limpiar el cielo dejándolo raso en su inmensidad azul. Después de tres meses, es la señal de algo nuevo, quizás una pequeña brisa sostenida que pueda traerme cierta confidencia esperanzadora. Empiezo a estar harto de los vientos del sur. Por momentos creo notar que se levanta una fuerza por el este, el que encamina a los rayos del Sol. Y rezo para que acreciente y role lo antes posible, bruscamente, hacia su opuesto.

Estoy intranquilo, diría que iracundo, necesito con urgencia verme obsequiado, sentirme pulcro, dotado con la magia de la felicidad. Y cuando la temperatura empieza a remontar, percibo crecidos soplos vacilantes por mi espalda hasta fijarse, inamovibles, donde yo ansiaba: el oeste. Es el cariñoso y aromático Céfiro. El viento anunciador de la primavera y del arco iris. Pronto venteo sus perfumes y escudriño sus alforjas y allí está ella, mi afecto. Sabía que se vería forzada a volver, no podía equivocarme.

Me froto los ojos y, a continuación, seco las lágrimas con la bocamanga de mi pelliza, pero insisten en acompañarme en el regreso apremiante. Las zancadas vuelan inseguras cuesta abajo y cuando llego exhausto a la plazoleta, acaba de bajar del autobús: bella, espléndida, con el incipiente embarazo de nuestro querido hijo. Y la perdono, fundiéndonos en un abrazo colmado de suspiros.

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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.

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Imagen de 'Céfiro y Flora' [1875], de William-Adolphe Bouguereau [Francia, 1825-1905]. Vía EQM.

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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