El Rey de mi casa
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Relato breve.
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Desde pequeñito siempre me había sentido el rey de mi casa. Lo bueno de no tener hermanos era precisamente que me convertía en un ser único y, por lo tanto, solicitado a todas horas por mi familia. Me colmaban de atenciones y regalos con cualquier excusa y se empeñaban en llevarme de punta en blanco. Su Angelito tenía que lucir más que nadie, como un verdadero ángel.
Nunca necesité reivindicar nada porque lo tenía todo y mi vida transcurrió como en un cuento de hadas y princesas donde la felicidad era una constante con picos desmesurados. Así fui viviendo hasta que perdí primero a mis venerados abuelos y más tarde a mis queridos padres. Entonces me quedé sólo, sin súbditos, y se me hizo insoportable no oír halagos ni tener atenciones.
El tiempo iba agravando mi estado de insatisfacción: era un sufrimiento vivir en una sociedad con tantas leyes y obligaciones que cumplir. En la que te exigían dar mucho para recibir tan sólo unos pocos servicios de baja calidad. Como cada vez estaba más encolerizado con esa cerca que me iba ahogando hasta hacerse insoportable, decidí tomar cartas en el asunto; cambiar mi vida.
Recordando aquello de la reivindicación de los pueblos indígenas, los originarios, ancestrales... Me amparé en El Derecho de Libre Determinación de los Pueblos para decidir mi propia forma de gobierno sin injerencias externas. Estaba seguro de conseguirlo ya que dicho precepto estaba recogido en La Carta de las Naciones Unidas y en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y como además en mi país estaban de moda estas reivindicaciones, pensé que serían condescendientes.
Para facilitar más las cosas, decidí renegar de mi cultura cristiana presentando mi apostasía y abrazando los dogmas musulmanes. Parecía una estupidez, pero lo que quería era aprovecharme del diálogo intercultural y de la famosa Alianza de las Civilizaciones. Lo tenía claro: convertiría mi piso en un Emirato Musulmán; de ese modo esperaba obtener más facilidades y quien sabe si alguna subvención. Lo único que me importunaba un poco era tener que bajar de categoría, convirtiéndome en príncipe. Pero la seguridad de la independencia bien valía la pérdida de un escalón.
Aprovechando la confusión existente en el país con la ola de referendos municipales de independencia, colgué en la baranda de mi terraza una bandera verde esperanza con una media luna azul en cada vértice -reivindicando a tope el símbolo musulmán-, junto a un rótulo de grandes dimensiones en el que se podía leer: "EMLI (Emirato Musulmán Levantino Independiente), saluda a sus vecinos desde la frontera del amor y el diálogo". Las letras eran generosas para poder ser leídas desde todas las latitudes y durante la noche permanecían encendidas, parpadeantes, publicitando la estrenada independencia.
Estando escribiendo las cartas que iba a enviar a las autoridades municipales, autonómicas y nacionales (a las que guardé pleitesía durante años), anunciándoles mi nuevo estado y rogando una audiencia para el intercambio de reconocimientos, me quedé sin tinta en la impresora y decidí salir a comprar unos cartuchos nuevos. Mi sorpresa fue descubrir que en el rellano de mi piso había dos guardias armados impidiéndome la salida. Con la excusa de carecer de tratados con mi estrenado emirato y el temor a un posible radicalismo violento, decidieron bloquearme.
Aún sin reponerme del golpe de efecto, cortaron el agua, la luz, el gas y me dejaron sin comunicación alguna. Aislado y sin posibles contactos, pronto me vi carente de alimentos. Y cuando la situación se hizo insoportable, me colgué con un arnés del mástil de la bandera con el propósito de llamar la atención del mundo independentista y desbloquear mediante su influencia mi angustiosa situación. Todo fue inútil, nadie me tomaba en serio y me veían más como una muestra pintoresca que como algo que les pudiera beneficiar, ya que nunca hice mención a los derechos históricos y mi lengua seguía siendo el español.
Famélico y cansado de aquella reivindicación de libertad sin repercusiones, una noche de tormenta y granizo, con vientos violentos, y aprovechando un descuido de mis guardianes, me descolgué por el balcón, jugándome la vida. Gracias a mi amor -íntima compañera con la que jugaba a indias y vaqueros en la infancia- con la que logré comunicarme a través de señales de humo, pude evadirme de aquel atropello y pedir asilo político.
Ante el rechazo de todas las embajadas, me tuve que tirar al monte dispuesto a comenzar un duro desafío pero, al planear mis hostigamientos, me di cuenta que desde la soledad más absoluta estaba perdido de antemano. Bloqueado por la peliaguda situación, decidí ponerme en contacto con mi "india" a la que le propuse montar una enorme "tipi" de palos de abeto para turismo rural y de este modo camuflar mi identidad.
Hoy, mi ama de llaves es ella y mi reino, la pradera. Y cuando el rocío refresca el pasto, aclaro la voz con miel de eucaliptos y canto El Rey, esparciendo a bocanadas el aliento: "...pero sigo siendo el rey...".
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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.
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Imagen de 'Ángel caído' [2009], obra del artista digital canario Oscar Gorostiaga. Vía pixela2.
'El Rey', canción ranchera de la música popular mexicana, compuesta por José Alfredo Jiménez [México, 1926-1973], que aquí la interpreta. Vía EQM.
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