El pececillo de plata
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Relato breve.
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Animal
Se levantó y brillaba el día. Esa época del año en que amanece tan pronto le desorientaba totalmente. Mientras desentumecía los músculos prefería recordar la fresca noche a través de la pequeña ventana: el vuelo fugaz de los murciélagos arañando las grandes farolas iluminadas.
La verdad es que aquel hombre grueso de aspecto tierno, lo tenía claro: no le gustaba nada el calor. Era alérgico a los rigores propios de esas fechas del calendario y añoraba el invierno.
Pronto se sentó en el frío inodoro, entre el lavabo y la pared, un espacio perfecto para la concentración en el esfínter, aunque le costaba conseguirlo. Sobre todo porque era el momento en el que salía del desagüe de la porcelana un sociable insecto. Pequeño y diminuto animalito que no superaba el centímetro de largo: un pececillo de plata.
Lo normal es encontrarlos cuando menos te lo esperas, al levantar el colchón o al golpear un póster o un libro. Suelen, en esos momentos, correr asustados con la velocidad del rayo, escondiéndose en el primer lugar que encuentran. Sin embargo, éste salía todas las mañanas a la misma hora, con relativa tranquilidad, quizá atraído por el nuevo día.
Le agradaba la humedad y parecía decidido a vivir allí para desearle los buenos días antes que a nadie. Se paseaba confiado por el lúcido y resbaladizo desierto blanco. Mostraba orgulloso su traje de brillantes escamas plateadas, tan delicadas como las de las mariposas, por eso el gordo no se las tocó jamás. La verdad es que le tenía fascinado. Se podía pasar horas observando el movimiento de sus tres pares de patitas y su segmentado cuerpo.
Al principio le hacía rabiar hostigándolo por toda la superficie hasta que le obligaba a trepar por las imposibles paredes brillantes. Se divertía viéndole resbalar una y otra vez intentando conseguirlo. Y hay que decir, que estuvo a punto de aplastarlo con su rechoncho dedo para convertirlo en una reducida manchita de muerte; pero no se sabe muy bien por qué no lo hizo.
Amigo
A partir de entonces, incrementó sus relaciones haciendo muy buenas migas con el pececillo e incluso renunció a lavarse y rasurar su barba mientras estuviese allí. Acabó sintiendo una reciprocidad de afectos que le estimulaba a contarle sus vivencias más personales, encontrando abrigo en aquel diminuto insecto.
Una mañana, con la intención de refrescar un poco a su pequeño camarada no pudo reprimirse y decidió abrir escasamente el grifo. Parecía que le gustaba, pero en un segundo vio que flotando con descaro fue arrastrado por la fuerte corriente hacia el desagüe, tragándoselo de inmediato. Cerró aceleradamente la llave y no pudo apartar la mirada de asombro. Fue visto y no visto, un segundo fatídico.
- ¿Qué habrá sido de mi menudo bichito? No puede ser que haya desaparecido mi compañero-se dijo cabizbajo.
-Conociéndole como lo conozco, seguro que me estará tomando el pelo-barruntaba sin querer reconocer la gravedad del hecho.
De pronto se precipitó sobre el desagüe, y colocando la oreja sobre él, se quedó un buen rato a la escucha, creando un silencio de expectación. Soñaba con oír algún sonido suave, quejidos lastimeros o gritos de auxilio, señal de que aún estaría allí y podría recuperarlo, pero todo fue inútil.
Transcurrieron varios minutos y, desde su asiento de porcelana, no hacía otra cosa que invocar para que no le hubiera pasado nada. Deseaba volver a verle salir, como todas las mañanas, paseándose por aquella superficie resbaladiza, para saludarle.
El resto de la jornada se lo pasó lamentándose; apenas probó bocado alguno y, sus ojos empezaron a lagrimear por el esfuerzo continuo que representaba mantener fija la mirada sobre aquel agujero mal oliente. Esa noche la pasó criticándose su absurda acción.
Añoranza
La necesidad de que amaneciera antes para poder alimentar la esperanza de un nuevo encuentro, le creó una ansiedad que amplificaba los buenos recuerdos que podían no volver nunca jamás.
-Que ratos pasé contigo, "Platita"-así le gustaba llamarlo- Te he contado tantas cosas; algunas humanas y otras no tanto. Hemos compartido momentos tan agradables... Tú no lo sabías, pero la verdad es que me levantaba siempre pronto para poder narrarte mis historias. Necesitaba que escucharas mi soledad y hablarte de los miedos, de la amargura y del desaliento preñado de nostalgias; de tantos sentimientos...
Las horas negras pasaban despacio, como intentando borrar el ansiado anhelo. No paraba de moverse por toda la cama buscando un equilibrio que le trajera la paz que necesitaba, pero las continuas evocaciones del pasado le estiraban los párpados evitándole el descanso.
Por fin, la nueva jornada rompió el corto sueño del agotamiento. Se levantó con la rapidez del que se sabe jugando al todo o a la nada. Una vez frente al lavabo, se percató de la tan temida separación. La realidad le llenó de mudez, dejándole paralizado allí mismo.
Durante mucho tiempo las mañanas ya no fueron las mismas. Su ausencia le quebraba el ánimo. Le echaba demasiado de menos para poder seguir la rutina de su vida. Sus sentadas en la loza le resultaban aburridas y los múltiples sentimientos que necesitaba expandir se le apretujaban tanto que le dañaban el ánimo.
Perspectiva
Un buen día, una arañita minúscula de color beige como la arena del mar próximo, eligió aquel orificio para confeccionar su particular trampa de seda. Esto le hizo gracia al hombre rollizo de carácter sensible. Fascinado por la habilidad del animalillo se quedó observándolo sin pestañear. Admiraba la paciencia de aquel ser insignificante que podía estar inmóvil como una efigie durante horas. No daba crédito a lo que estaba viendo, tan pequeñita y ya sabía todo lo que necesitaba para sobrevivir en este difícil mundo.
De pronto sintió la necesidad de acercarse a ella. Para hacerlo, cazó una pequeña mosca y la lanzó contra la tupida red pegajosa. De inmediato la arañita se desplazó hasta donde se encontraba la víctima agitando inútilmente las alas y la paralizó envolviéndola con mil vueltas de seda. Al tiempo que se alimentaba con parsimonia pareció que le miraba agradecida; entonces, una sensación de escalofrío recorrió todo su grandote cuerpo y sonriendo a la arañita le dijo:
-"Arenita", ¿no te importa que te llame así? Sabes, por aquí vivía un pececillo de plata al que le contaba mis cosas. Posiblemente no lo hayas conocido por que eres muy joven. Era mi confidente. Recuerdo que lo primero que le conté...
Sus palabras sólo consiguieron cercar, por unos minutos, al silencio de la soledad de su celda; obsequio maldito de la odiada y perpetua condena.
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Enrique Masip Segarra [2009]. Todos los derechos reservados.
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El pececillo de plata (Lepisma saccharina), también conocido como lepisma de la harina o lepisma del azúcar, es un insecto tisanuro ágil y con una fuerte fototaxia negativa (huye de la luz), lo que hace rara su observación. El nombre de la especie deriva del brillo metálico de su cuerpo. Los lepismas viven de materias vegetales diversas, como moho, papel y alimentos amilosos (con almidón), como la cola de encuadernar libros o el apresto para la ropa. Vía EQM.
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