Engaños de sol y sombra
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El siguiente relato breve fue galardonado, en 2003, como ganador del II Concurso Internacional de Cuentos Taurinos El Albero, de Quito, Ecuador.
Intuyo un día radiante y, sin embargo, mis seiscientos kilos están inquietos en la oscuridad. La nostalgia me cubre el cuerpo de envidia, como un velo que mata el brillo de mi pelo suave y espeso, al pensar en los que se han quedado. Aquellos que estarán gozando de mi paisaje: la marisma. Quiero volver a sentir en las pezuñas como cede a mi paso la tierra lagunosa. Tener cerca el río y que mi olfato reconozca el mar en sus brisas. Pastar saboreando todos los jugos de las buenas hierbas y refrescarme sumergido en ellas. Necesito que se cierna sobre mí un cielo azul, jaspeado de aves, donde reconocer al aguilucho, la garza y la cigüeña.
Me pregunto si soy la crueldad, la sombra del mal que cubre la Tierra, que hay que vencer públicamente. Se abre la puerta del toril mostrando el resplandor de la tarde que, como una aparición de esperanza, invita a salir. Cuando siento el morrillo herido, me vienen todos los consejos de los míos y galopo por el túnel, en busca de la luz.
Un murmullo de aprobación acompaña mi primer paseo por la arena. Estoy en un espacio peculiar: dos mundos concéntricos, uno repleto de expectación y el otro por donde se pasea la fuerza ciega, el valor y la muerte. El fuerte calor hace que desee sombrear mi cuerpo y, cuando lo hago, descubro que estoy solo.
Corpulento, bien hecho, cornalón y astifino; siempre he tenido buen tipo. Mi capa colorada hace juego con el albero y los rizos de la testuz aumentan la seriedad que reflejo en la mirada. Mugidos con belfos sonrosados y húmedos de muerte. Sé donde estoy y creo estar preparado para dar la talla.
Acometo con ligereza a todos los que asoman por el redondel y llego a rematar en tablas, repetidamente, hasta hacer saltar las astillas. Mil ojos de dioses dispuestos a gozar alaban mi trapío. Calor de una tarde de julio que me arropa con incandescencia.
Comienza el juego del juicio: hay que distinguir entre lo verdadero y lo falso para averiguar la realidad. Alguien se acerca, lentamente, ofreciéndome su cuerpo. Es mi distancia y embisto con ímpetu. Él quieto; sus brazos lentos, ajustados, trazando curvas imposibles que sigo una y otra vez, acabando en la nada. Me ha engañado con valor. Trampa imprescindible para capturar el arte. No acierto a saber cómo lo ha hecho. Sufro su fuerza consciente tanto como mi inocencia burlada.
Cuando me quiero enterar ya estoy acelerando por tercera vez, en busca de los personajes que me regalan palos de fiesta, llenos de alegría envenenada, clavados en la herida para avivar mi coraje. Repetidamente, mis cuernos acaban en dirección contraria, quedándome paralizado de estupor y excitación. ¿Cómo hacen para desaparecer de mi vista sin dejar rastro? Pongo toda la voluntad en empitonarlos y no hay manera. No obstante, estoy contento porque siguen los aplausos.
Mientras una ligera brisa dispersa las pocas nubes presentes, alejándolas del redondel, aquel hombre, de nuevo, pausado, abre su brazo y se presenta de frente, como un semidiós. Bajo la cabeza y voy a su encuentro. Obsesionado, empiezo a embestir reiteradamente, apretándolo con ahínco y bravura. Da igual el lado por el que expone su cuerpo, sigo sin llegar nunca a poder tocarlo.
A veces, me quedo parado buscando otro camino donde sentir la carne y, ante la falta de fortuna, continúo en la rectitud. Las dudas insisten, obligándome a mirar a los costados, hasta que el rumor en las gradas me recuerda que debo de ir hacia delante. Su valentía me parece increíble; cómo es capaz, ante el peligro, de esa serenidad, de esos movimientos tranquilos capaces de crear la danza de su existencia.
Cada vez que me cita de lejos, arranco pronto, con codicia. Consigo andarle muy de cerca, pero su maestría hace imposible encontrarlo. Me templa bajándome la mano y obligándome a describir, lentamente, trayectorias impensables; volviendo a recoger mi embestida una y otra vez, para insistir en el mando, trazando círculos de abismo. De pronto, cuando quiero reaccionar con sobrada fuerza, me encuentro en terrenos de nadie.
Con la fatiga crecida y la sangre mermada, el esfuerzo que me supone bajar la cabeza y trazar senderos insufribles sin doblar los pies, sabe a su gloria. Quietud, orden y arte en los lindes de la tragedia, del caos agazapado. La gente eufórica y llena de entusiasmo con sus olés y aplausos, invade todos los espacios de la plaza.
El torero coge la espada como se aferra a la suerte el jugador. Siento acercarse el extremo de la vida. Nunca antes había presenciado una amenaza tan larga. El Sol se esconde tímidamente, entre las pocas nubes delgadas que permanecían, aminorando la intensidad de su radiante mirada. Mientras el enemigo se prepara para asignarme el certificado de ausencia, me disculpo ante el recuerdo de la familia por haberles defraudado. Me veo, como mucho, de muerto obsequiado; dando vueltas de braveza detrás de las mulas, ante la lejana y corta presencia de un pañuelo azul. Pero para mí no es suficiente; no puedo aceptar la media suerte.
A pesar de estar destroncado, hago un último esfuerzo y me voy a esperar el fatal momento con la cara y los pitones altos, en el centro del ruedo. El matador presenta el brillo mortal en la mano y el público, cegado por mi comportamiento, empieza a vociferar exigiendo el perdón. Él asiente con la cabeza mirando a la autoridad y, unos segundos después, me premian con la otra vida. ¡Lo he conseguido! Son unos momentos grandiosos, llenos de gloria y del mayor de los reconocimientos: el de un ser superior. Por primera vez entiendo el esfuerzo de la nobleza y, mientras el indulto va cerrando las heridas, resplandece mi humillada vanidad.
No tengo que esperar mucho en ver de nuevo a aquel valiente, que empieza a prepararse para realizar una pantomima del acto supremo. Con el brazo extendido y la mano abierta y desnuda, se vuelca sobre mi bravura y ésta, sintiéndose fresca, le atraviesa la confianza hasta el corazón. En unos instantes, los cuernos se colorean de rojo pavor, mientras inician, con la fuerza brutal de mi cuello, el orgulloso balanceo de la inevitable muerte. Entre engaños de sol y sombra.
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Enrique Masip Segarra [2003]. Todos los derechos reservados.
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'Cabeza de toro' [1941]. Óscar Dominguez [España, 1906-1957]. Vía EQM.
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