La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

9 Octubre 2011

Aquel inquieto grano

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Relato breve.

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Jamás tuve un grano y la casualidad quiso que me saliera uno al morir mi mujer. Todo empezó cuando, llevado por la necesidad de atender a mis viejos y enfermos padres, abandoné el trabajo que me había llevado toda una vida conseguir. Además de cuidarlos como yo creía que era deber de un hijo único y agradecido, tuve la fatalidad de tener que hacer, al mismo tiempo, lo propio con mi mujer, aquejada de un mal despiadado que la postergó en la cama sin horizonte alguno. Fue algo fatal. Sólo podía terminar falleciendo, como por lógica ya estaba previsto. Pero lo más trágico es que se me murieron todos en una misma semana, uno detrás del otro, sin que dispusiera del debido tiempo de recuperación; quedándome terriblemente destrozado y solo.

Seguramente la muerte seguida de todos mis afectos me creó unas apneas tan intensas que ennegrecieron mi cuerpo hasta infectarlo. Y esa fue la causa de que me saliera aquel enorme grano en mi muslo derecho. Más que un grano parecía una ciruela oscura y purulenta, a punto de reventar. Me pareció algo tan insólito que lo fotografié con mi móvil. Su repugnante aspecto me impulsó a apretarlo de inmediato. Y salió tanta ira que me dejó un vacío intenso en el cerebro, sintiendo ahuecarse el alma. Acabé sumiéndome en una debilidad que me hizo dormir tres días seguidos.

Cuando desperté, la infección ya no estaba en mi muslo, ni una minúscula señal, y me alegré por ello. Pero ese júbilo duró bien poco al advertir que aquel grano se había vuelto a situar en mi cuerpo; aunque, esta vez, deformando mi brazo derecho. Como digo, no se trataba de uno nuevo, lo reconocí de inmediato, de eso estaba totalmente seguro: era el mismo que reventé y la comparación con la foto me lo confirmó. Sólo que ahora estaba otra vez inflamado brutalmente por el pus. Me impresionó tanto que, asustado, decidí sanear cuando antes aquella fiera repleta de líquidos densos y amarillentos.

¿Por qué cada vez que lo limpiaba notaba un descanso interno, como si estuviese liberándome de un peso descomunal? Y encima, para hacerlo más enigmático, se repetía una jugada precisa que me perturbaba la razón: una vez descompuesto y saneado, desaparecía y volvía a reaparecer en otra parte de mi cuerpo que, curiosamente, era siempre más inaccesible para mis manos. Quizás aquel puñetero grano tenía capacidad para pensar y pretendía a toda costa sentirse a salvo de mis manipulaciones. Tanto fue así que su siguiente ubicación tuvo lugar en el centro de mi espalda. Allí se hizo fuerte y a pesar de que me frotaba contra cualquier mueble con la intención de reventarlo, no lo lograba.

Un día, mientras desesperado, intentaba a toda costa destrozarlo aprovechando la esquina picuda del televisor, haciendo casi contorsionismo, sonó el timbre de mi casa. Y asomándome por la mirilla vi a mi guapa y admirada vecina, una enfermera que se portó siempre bien conmigo y durante el tiempo que duró la dedicación a los míos siempre supo estar ahí dispuesta a echar una mano. Sin caer en la cuenta de mi situación, abrí la puerta invitándola a pasar. Al verme con el torso desnudo se excusó, pero se me ocurrió hacerle ver de inmediato cual era mi problema. No tardó ni un segundo en volcarse en mi ayuda. La verdad es que fue maravilloso. Como cuando te rascan la espalda después de estar toda la semana con picores. Un placer, el súmmum.

Después de aquella ocasión, ella se hizo cargo de las curas diarias del maléfico e inquieto grano que estuvo cambiando de lugar según se le antojaba, por toda mi columna vertebral, hasta llegar al coxis. Y situado allí, un domingo, al levantarme de la cama, quiso sorprenderme dando un paso más y por arte de magia se colocó en tierra de nadie: el periné, una zona muy comprometida. La localización me incomodó tanto que mientras miraba, apesadumbrado, a mi difunta esposa en su marco de caoba, éste se desplomó hacia atrás cayendo por la parte trasera del velador, haciéndose trizas. Entonces supe que lo que estaba sucediendo era un guiño de mi traviesa y agradecida mujer. A la siguiente cura sucedió lo que todos deseábamos: me quedé con la enfermera el resto de mi vida.

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Enrique Masip Segarra [2011]. Todos los derechos reservados.

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¿Cómo pudo entrar en mi?' [2008]. Interpretada por Las Pastillas del Abuelo [Argentina, 2002], de su álbum Crisis [2008]. ♪♪ ♫ fluuuux. Letra. En la imagen, el perineo o periné se encuentra en la zona señalada como 7. Vía EQM

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servido por enriquemasipsegarra 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Pacharón

Pacharón dijo

Hay infecciones viajeras que acaban por joder o en jodienda, que no suele ser lo mismo.

12 Octubre 2011 | 12:25 PM

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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