La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

29 Enero 2012

¿Una visita inoportuna?

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Relato breve.

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No me pregunten por qué desde hace algunos meses me ronda la idea de quitarme la vida. Abandonar lo conocido para adentrarme en lo ignorado. Quizás cambiar todo por nada. Pero cuando el todo sabe a tan poco y ha perdido el color, uno se reconoce tan lívido y anodino que parece que las ganas de un cambio, aunque sea a ojos cerrados, se presenta como lo más lógico. De todas maneras, a veces sólo pienso en dejarlo, sin nada a cambio, sin trueque de ningún tipo. Disiparme y punto, no importa otra cosa. No se afanen en averiguar qué es lo que me pasa de verdad; tampoco me pregunten si tengo trabajo, mujer e hijos y si éstos me quieren, etc... No voy a contarles nada de ese otro lado de mi vida.

Siempre me ha preocupado la forma de hacerlo. Debería ser lo más rápido posible, limpio y sin sufrimiento alguno. Me acuerdo de cuando mi padre mataba a los conejos con un golpe certero y seco en la nuca. Esa fórmula era ideal, sin sangre ni lamentos. También me interesa mucho que no llame la atención en exceso, que sea algo circunstancial; quizá disfrazarlo de accidente sería perfecto. No es bueno para la familia que uno de sus miembros se suicide. Deviene en un descrédito, sambenito incómodo para los que se quedan. Y no me lo perdonarían nunca.

Tal vez lo mejor sea disfrazarlo de infortunio deportivo. Si alquilara el traje y demás enseres para hacer submarinismo y me fuera nadando hasta encontrar una profundidad de cien metros, dejándome hundir por el peso de mi cinturón de plomo hasta ser víctima de la narcosis, sería perfecto. Todos podrían pensar que he tenido un problema mientras hacía deporte. Por otro lado, como la muerte sobreviene acompañada de alucinaciones e inconsciencia, todo es más llevadero. De esta forma salvaguardaría la imagen de los míos y sería capaz de proyectar hacia los demás el perfil de un hombre de carácter dinámico y deportivo.

Aunque me atrae también ascender a la montaña más alta de mi provincia y, desde uno de sus cortados, simulando practicar un rápel arriesgado, dejarme caer en los fraudulentos brazos de la gravedad. La excesiva altura tiene su garantía, ya que nunca me ha parecido inteligente ver como hay personas que se tiran de un tercer piso con el ánimo de acabar sus días y luego se encuentran deteriorados y en silla o cama de ruedas, maldiciendo su deficiencia mental, desde las profundidades del mismo averno.

Otra forma de disfrazar el hecho consistiría en lanzarme en paracaídas desde una avioneta dando un cambiazo a última hora. Me explico: en vez de tirarme con la mochila del paracaídas, lo haría con una mochila de excursionista con cantimplora y todo. Siempre podrían decir que practicaba tantos deportes que tuve una equivocación al cargar con el bulto equivocado. Seguro que sería todo un éxito de prensa. Además le pondría un punto de humor al drama, que siempre vendría bien.

Bueno, la verdad es que no paro de pensarlo y a veces llega a ser una obsesión. Ante tal cúmulo de alternativas he decidido tirar de la pajita y que sea el azar el que disponga mi particular forma de marcharme. Definitivamente me ha tocado el suicidio practicando rápel. Me parece el ideal por que hace buen tiempo para realizar la pequeña marcha que estoy obligado a emprender, y me dejará sobre la tierra, un lugar muy adecuado.

Hoy he decidido que sea el último día de mi existencia, un día de primavera avanzada. Llevo, desde el ermitorio en el que he dejado el coche, despeñando las llaves por un barranco, más de tres horas montaña arriba cargado con todos los utensilios que me son necesarios para la práctica de esta especialidad deportiva: mosquetones, anclajes, descensor, guantes, cascos, cuerdas... La mochila pesa lo suyo y el día, tan caluroso, me está resecando más de lo que pensaba y lo peor es que, al querer ser práctico, he suprimido la cantimplora. Aunque parezca una tontería me hubiera venido muy bien, pues uno viene a suicidarse y no a pasarlo mal durante horas. Debí de mirar el pronóstico del tiempo en Internet.

Acabo de llegar a la cumbre tan empapado de sudor que, por momentos, creí que no sería capaz de lograrlo. Y por fin puedo descansar en un cómodo guijarro admirando el paisaje en la soledad más absoluta. La verdad es que desde que me trajo mi padre de pequeño no había vuelto a subir y me ha cautivado la vista: montañas y montañas entrecruzándose como serpientes verdes y entre medias, pueblecitos blancos perdidos, tal que huevos en la incubadora del sol del mundo. No es la primavera quien obligándome a esnifar sus múltiples pólenes que me mandan las flores me hace sentir la garganta repleta de polvo de vidrio: es la sed que me está consumiendo. He debido perder tanta agua que hasta el juicio lo siento deshidratado.

El día sigue con un sol abrasador y sin brisa ninguna. Mientras abro la mochila y voy sacando el equipo, en lo único que pienso es en la maldita visita inoportuna de la sed. Y se está volviendo una prioridad de mi cerebro solucionar esta carencia. Nunca jamás llegué a pensar la importancia que puede llegar a tener agua. Al tiempo que aseguro el anclaje para dejar caer la cuerda, siento un pequeño desvanecimiento. Y es que hasta sueño con un vaso bien fresco de ese líquido insípido. Y pienso en que si sigo con esta necesidad perentoria, debería acabar bajando para obtenerla. En un momento dado noto que lo tengo todo áspero, como si estuviese masticando esparto. Hasta que, atormentado con el tema, cuando toco mi lengua de cartón decido bajar de inmediato.

Después de un largo descenso que me ha supuesto el mismo infierno, medio desfallecido, dando tumbos exagerados, me tiro de cabeza al abrevadero de la fuente de la ermita. Es un momento álgido, intenso, glorioso, donde disfruto saciando mi pesadilla. Y decido mojar el cuerpo con esa bendita agua. ¡Qué placer bañar la piel en el salto, ahogar los cabellos en la corriente, sentir el fresco en la cara! Después resuelvo comer algo en el bar de la posada y descansar de mi fallida excursión al más allá. Y como nunca pueden acabar las cosas correctamente, he tenido que pedir prestada una linterna para seguir buscando en la noche las putas llaves de mi coche. Sí, aquellas que tiré al barranco convencido de que no las volvería a necesitar nunca jamás.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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'Llaves perdidas' [1995]. Ilustración de Eustaquio Carrasco [España, ?]; artelista. Vía EQM.

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servido por enriquemasipsegarra 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Zort

Zort dijo

Para quitarse la vida la rapidez es decisiva. El protagonista parece que no lo tenía muy claro y el tiempo, no la sed, le hizo reflexionar demasiado.

5 Febrero 2012 | 08:54 PM

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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