Barrabasadas trascendentes
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Relato breve.
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Todo empezó como un juego más, de una manera casi inocente. Apenas contábamos diez años. Era época de fechorías y, como niños traviesos, nos gustaba gastar bromas pesadas a la gente y amagarnos. Permanecer en el anonimato desde un puesto de vigilancia avanzada y segura, donde apreciar sus reacciones y reírnos del infortunio ajeno.
Nada mejor para ello que defecar sobre un papel de periódico, dejar éste sobre una zona de paso poco transitada, estrecha y apenas iluminada, a la espera de que pasara algún incauto. Ese día, a los pocos minutos de tenerlo todo preparado, se acercaron dos personas abrazadas andando lentamente. Parecían novios. Una vez calculada la velocidad de su marcha, clavamos sobre el "cagallón" -residuo sólido, grande y fétido expulsado por el esfínter anal- un petardo vigoroso de mecha y encendimos ésta, a la espera de que coincidiera la explosión con el paso de la pareja de enamorados.
El estallido fue tan sincronizado y la expansión tan sublime, que estuvimos recreándonos, anonadados, en aquella imaginada palmera excremental, que parecía haber salido de un castillo de fuegos diabólico para cubrirlo todo. Gracias a nuestro arte y pericia, embadurnamos de pura deposición, la mía, los vestidos, bolsos y cuerpos de lo que resultó ser dos mujeres. Madre e hija, tuvieron la desgracia de sufrir nuestra desafortunada trastada. Ahí parecía haber acabado todo.
Pero no fue así. Aquella barrabasada excesiva y dañina de mi niñez debería haberme marcado como un estigma todo el resto de mi vida, porque de las dos mujeres desventuradas, la niña superpringada por el reventón de la hez fecal... ¡era ciega! Algo que me costó digerir cuando me lo hicieron saber y que me produjo un profundo remordimiento de conciencia. Más pronto se me pasó, al quedarme alucinado por los hechos posteriores.
Me explico: la niña, milagrosamente, sanó de su ceguera y todos pensaron que aquella explosión sorpresiva tuvo la bendita culpa de tan asombrosa curación. Sin embargo, con el tiempo, una vez descartadas todas las hipótesis de tal naturaleza, los científicos involucrados en la investigación demostraron de manera taxativa que la verdadera razón por la que aquella niña sanó de la vista fue por recibir mis excrementos en sus ojos.
Desde entonces, mi vida es un cagar continuo para curar a las gentes que forman colas interminables enfrente de mi casa.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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'Caganers castellers'. Caganer y castell. Imagen EQM.
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Pilar dijo
Xiquet, este relato huele francamente mal. Saludos.
17 Febrero 2012 | 05:55 PM