Tamboradas
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Relato breve.
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El lunes, aunque con mala gana, se dirigió al trabajo cotidiano. No estaban las cosas como para quejarse de las obligaciones habiendo tanto paro. Ya llevaba varias meses sufriendo la incertidumbre de un supuesto Expediente de Regulación de Empleo que se cernía sobre él y sus compañeros. Y ahora, después de las nuevas medidas del estrenado Gobierno facilitando los mismos, ya lo veían un hecho irremediable.
Toda la semana fue una acumulación de inseguridad, desasosiego y recelo, como un goteo de agua caliza que deja su porción de calcita cada segundo hasta crear la puntiaguda estalactita. Y cuando su cerebro estaba a punto de ser víctima de su lacerante arista, llegó el maravilloso sábado para salvarle de un telele rotundo. Pero minutos antes de salir le dijeron que su nombre con los dos apellidos, no había duda, formaba parte de la lista de aquel fatídico expediente.
Ya hacía tiempo que le habían aconsejado para sobrellevar tal estado de indefensión, practicar la terapia del tambor. Para ello había acudido durante un mes a un curso de percusión chamánica. Algo así como llegar al equilibrio emocional y la salud a través del golpeo. Es una práctica que permite liberar tensiones desbloqueando los puntos energéticos del cuerpo físico para alcanzar el bienestar espiritual y, con él, la vitalidad sosegada.
A pesar de que le habían hablado de la idoneidad de practicarlo en grupo -parece que incrementa el efecto positivo-, sin embargo, por su carácter y estado anímico, poco proclive a fiestas grupales, decidió, hace ya tiempo, practicarlo en solitario. Al principio lo hacía en casa pero como los vecinos protestaron acabó yéndome al campo. Allí se notaba más libre y el contacto con la naturaleza le daba un toque más bucólico a su bienhechora percusión.
Como siempre, siguiendo el manual, empezó el sábado al inicio de la madrugada, zurrando el tambor con la esperanza de alcanzar la armonía al cabo de treinta o cuarenta minutos; andando por esos caminos que conducen al sur, donde anida la poesía. Pero pasó lo establecido y no encontró ese nivel de equlibrio en el que se halla la paz. Y siguió con su empeño sin prestar atención al tiempo.
Pleno de testarudez continuó dándole a las baquetas, pero lo acontecido le produjo tal impacto que después de más de quince días aún no había notado absolutamente nada. ¿Cómo era posible tanto descalabro? Milagrosamente seguía sin pausa alguna hasta que sintió recibir una señal a través de la noche, que le indicó el camino de la tradición y, apresuradamente, cambió el cálido sur por el frío norte.
Entonces, con más fuerza y vitalidad si cabe, pateó kilómetros y kilómetros por esos campos de España, zurrando de lleno al parche del tambor como si fuera un Nicanor triste y melancólico. Hasta perderse más allá de los Pirineos, donde encontrar la deseada estabilidad mediante su verdadero origen: el trabajo.
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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.
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La rompida de la hora en Calanda, 2010. Ruta del tambor y el bombo. Vía EQM.
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