La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

19 Agosto 2012

Una monada de peca

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Relato breve.

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Desde muy pequeño, siempre escuchaba a la familia ensalzar aquella pequeña peca que lucía debajo del ojo izquierdo. Era, decían, una monada, una peca simpática que le daba una luz especial a su mirada de caramelo. Y cualquier pretexto era bueno para besarla con cariño. Y él, no paraba de mirársela en el espejo, todo orgulloso. Con el tiempo, fueron otras mujeres las que la besuquearon y acariciaron con dulzura. E incluso, algunas de ellas, llevadas por la pasión desmedida que les provocaba su irresistible sonrisa, pretendieron comérsela con el peligro de dejarle tuerto.

Pasados los años, ya con una vida más calmosa, se olvidó de ella. Hasta que un día del caluroso julio, en una caprichosa visita al dermatólogo, éste le aconsejó eliminarla por su extraño aspecto. La verdad es que hacía mucho tiempo que no le prestaba atención y, por lo tanto, no se había percatado de ese pequeño cambio. Tardó muy poco en someterse a una pequeña intervención para extirparla, y cuando le hicieron llegar el consiguiente diagnostico, se quedó de piedra: se trataba de un melanoma invasor capaz de acabar con su vida en poco tiempo.

Recuerda que fue como sufrir una sacudida hípnica perseverante, un susto mayúsculo que te deja en el mismo centro del vacío para siempre. ¿Cómo podía asimilar con naturalidad que lo que había sido durante toda su vida una bellísima peca glorificada por todos, se convirtiera en un caballo de Troya repleto de células cancerígenas amenazantes? Jamás pensó en que aquella divinidad que tanto éxito le supuso a la hora de abordar a las mujeres, acabaría en una cicatriz enorme, apuntillándole la vida; un estigma demoniaco vestido de irregular chaqué. Las malas cosas de la vida.

Pero lo peor fue cuando el especialista se sinceró diciéndole que no podía ofrecerle ningún tratamiento verdaderamente eficaz. Que la quimioterapia y otros métodos fuertemente invasivos no reflejaban mejoría alguna en estos casos y que por consiguiente, debería de elegir su propio camino. No tardó en encontrarse en un mar de dudas que le llevaba de una ola espumosa a otra, sin rumbo fijo, a la espera de quedar engullido por el horizonte bruno.

Entonces se acordó de lo mucho que le gustaba oler y sentir la brisa de los senderos mojados, admirar la ceremonia inverosímil de las amanecidas y acariciar a sus muchachas arrullado por el mar. Y ver alegre a su amor en el estimado silencio de una pequeña sombra. Mirarle a los ojos provocando su sonrisa. Y no faltar, juntos, a la cita con las Perseidas, las bellísimas lágrimas de San Lorenzo.

Y llevado por la incertidumbre y la rebelión contra el sufrimiento, reflexionó sobre la divinidad del más allá a la que estaba ligado por su cultura y se preguntó por el problema de la teodicea, una contradicción que siempre tuvo presente. No estaba dispuesto a padecer ningún dolor moral para hallar su cura en el futuro y se inclinó por buscar la paz interior. ¡Ya!, buceando en su mente e intentando serenarla en el silencio que da la quietud. Y se quedó con Lao Tzu. El sufrimiento no surge si no se dan las cosas por sentadas. Ser consciente de la impermanencia.Vivir el momento sin importar el pasado ni el futuro. Esa era la clave de la serenidad.

Cuando creyó sentirse en tierra firme, acudió a la alta tecnología invocando a los chamanes de Internet para poder sacar, en tiempo récord, toda la información posible acerca de los tratamientos alternativos. Fue tal la información, que cayó en un profundo desconcierto. Y volvió al mar de las trescientas dudas, tantas como productos milagro descubrió. No se sabe el tiempo que estuvo chapoteando desesperado sobre las crestas de la mar arbolada, buscando asirse a un buen madero, pero confuso por tanta información acabó cayendo exhausto sobre una repentina orilla, convirtiéndola en la cama de sus sueños.

Allí esperó a la esperanza. Era consciente de que ya no era una persona normal; ahora sentía de verdad la amenaza de una jauría silenciosa que vivía a su costa. En el presente, ávida de hincar sus dientes afilados en sus entrañas. Necesitaba librarse de ella antes de que se sintiera segura y no pudiera paralizarla. Y sabía que no valían posturas ni gritos amedrentadores, que esas alimañas no tienen miedo a las amenazas, que sólo hay una única manera de vencerlas: contando con la decisión y la ayuda de todo el conocimiento del universo.

Mientras se preparaba para ello, intentaba expulsar los miedos que, como garrapatas, se agarraban fuertemente succionando su valor. Y en sus sueños intentaba desmadrarse con tal de salir despedido de su desesperanzador problema. Esa noche, su cerebro eligió conducir el coche por una carretera abierta e inmaculada, saltándose todas las limitaciones de velocidad. Pero súbitamente, se encontró de bruces ante un enorme muro con una señal de ceda el paso. Parado, vio como pasaban los coches allá arriba, de derecha a izquierda. Uno detrás del otro, sin interrupción. Y él esperando su imposible turno; olvidado, estoico, desde otro plano más bajo, donde se manifiesta el terrible frío de la soledad inmóvil.

Digamos que por momentos estaba conociendo el dolor alternante que le originaba una pérdida de interés por el mundo que le bordeaba; un vaivén bohémio y desesperante. El duelo era por lo que parecía iba a extraviar: la vida, lo más amado. Aún no la había perdido y ya sentía su melancolía. Y se reprochaba su mala suerte e, identificándose cada vez más con ella, acabó envolviéndose de su fuerza hasta sentirse enterrado; una pura regresión. Para así originar un cierto narcisismo reparador.

Pronto salió a dar la cara a la luz y a la oscuridad. Ya no era una persona excesivamente centrada en asuntos mundanos, mas bien se estaba acomodando en la reflexión de la no existencia, apreciándola para vivir en plenitud. Y llegado el caso, concebir la muerte con dignidad. A menudo recordaba las palabras de Chuang Tzu: "Anoche soñé que era una mariposa. Esta mañana al despertar, me he preguntado si ahora era una mariposa soñando que era Chuang Tzu." Y sabía que la felicidad era una sensación de serenidad que reside en el ámbito de nuestra conciencia, nuestro fuero interno. Que pasaba por admitir que todo está predestinado al cambio y practicar el desprendimiento, el desapego. Y se emocionaba cuando la percibía.

No desdeñaba lo mamado pero, como era abierto, pidió a todos los monoteísmos abrahámicos que le ayudaran. Y así colocó a todos ellos en su vitrina. Y después, fue colocando a Buda y sus maravillosas técnicas contra el sufrimiento. Y el Tao, los poemas del camino de la naturaleza. Todo para concluir, dejándose llenar del cariño cercano de los suyos y acariciar y cubrir por ellos, que en la vida todo está compuesto por opuestos unificadores. Todo cambia y nada es permanente. Y de la importancia de lograr la armonía con la naturaleza desde la sencillez y la paz del espíritu, para lograr ver que en todo lo malo hay algo bueno y viceversa.

Pero lejos de resignarse y como su sangre era del grupo 0 y sabía estadísticamente que para ese tipo de cáncer tenía las de perder, se dio prisa en acaparar todos los poderes de la liana trepadora uña de gato, la graviola de los bosques lluviosos del Amazonas, la simiente venenosa del damasco, del poderoso zumo del nani, del prolífero y mágico kalanchoe, del rehisi, shiitake y maitake -los tres potentes hongos chinos- y del novedoso Transfer Factor Plus.

No obstante, quiso, además, seguir la "Dieta del delfín", bebiendo regularmente agua de mar isotónica, la sopa marina que ofrece todos los minerales de la tabla periódica y vigilar su PH ingiriendo magnesio y clorofila, sin olvidar el consumo de oxigeno a través del ejercicio adecuado. Como se sentía vacío, aún se llenó con la práctica del dióxido de cloro, el "Milagroso Suplemento Mineral" y, además, siguió los consejos de la bioquímica Budwigm, hartándose de requesón y aceite de lino. Para acabar tomando piña natural y vitamina C a capazos.

Quizá para otros esto era demasiado, pero él tenía la necesidad de acaparar todos los remedios para asegurarse el necesario triunfo. Y más cuando el calor del verano le hacía sudar y esa secreción le olía a cáncer. Y acabó comulgando con la auténtica meditación para hallar la serenidad, sometiéndose, igualmente, a la imposición de manos de la misteriosa atmósfera del Reiki y a los mensajes subliminales nocturnos. Todo era poco para luchar contra el infortunio.

Pasaron los años, muchos años, quizás demasiados, dedicados constantemente al cuidado de su cuerpo y mente, manteniendo una salud envidiable. Sus prácticas espirituales y la ingestión perfecta de aquellos productos chamánicos reforzaban su vigor hasta conseguir que su vida se alargara tanto que todos fueron muriendo menos él. Tuvo que sufrir la muerte de muchos seres queridos, una verdadera agonía. Y cuando temió ver morir también a sus hijos y quedarse totalmente solo, resolvió dejar de ingerir aquellos brebajes y especies. Alejarse de sus benéficas prácticas.

Semanas más tarde, durante un anaranjado amanecer, volvió a surgir debajo de su cansado ojo, en su añosa piel, una monada de peca. Y esa vez, sonrió a la muerte.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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Vía. EQM.

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servido por enriquemasipsegarra 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

amiga

amiga dijo

salud, Xiquet Enrique!

22 Agosto 2012 | 12:57 AM

Trosky

Trosky dijo

Buen relato, de los que dejan poso en el coco.

24 Agosto 2012 | 12:52 PM

Ana

Ana dijo

Hace mucho tiempo que no leía algo así.
Saludos.

4 Septiembre 2012 | 09:27 AM

Loles

Loles dijo

Bien, bien y bien. ¡Coño!, que muy bien.

6 Septiembre 2012 | 08:44 PM

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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