La Coctelera

Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

1 Abril 2012

Limpieza a fondo

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Relato breve.

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Cuando mi marido me abandonó, la tristeza y abatimiento se fueron apoderando de mí. Si antes me pasaba todo el día en la abuhardillada casa para no darle pie a sus enfermizos celos, ahora el motivo era mi falta total de estímulos.

Pasado un tiempo decidí limpiar la vivienda aunque me supusiera perder las reminiscencias benditas de su aroma corporal. Tenía que ser fuerte y empezar de nuevo. Lo dejé todo pulcro menos aquellos incómodos ventanales dobles y corredizos, con su verja intermedia de hierro, que nunca quiso que lavara. Tenía tantos miedos...

Por fin, con la energía y paciencia necesarias, un día de crudo invierno, aunque a disgusto, decidí pegarme la paliza. Sufrí lo indecible para limpiar los dificultosos y molestos cristales. Y cuando terminé, descubrí con entusiasmo que ya no estaba en Londres.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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'Reina Isabel II'. Una de las ilustraciones relativas a la publicidad de toallitas para limpiar cristales relizada por Gitam BBDO, [Israel]; Guy Bar; Danny Yakobowitch; Noga Kara; Tomer Abramovitch; Elika Merhavi; Idit Zemmer; Naama Tehori y el fotógrafo Lior Nordman. Fuente: The Inspiration Room. Vía EQM.

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25 Marzo 2012

El Mirador

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Relato breve.

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La salud siempre ha merodeado mi perímetro con la intención de dejarse llevar por la atracción del espacio. Centrada en el más allá de mi cuerpo. Y ahora que los años me hacen menos atractivo que nunca, temo que, harta de agobios, me abandone definitivamente. Por eso flojea mi vitalidad.

Me paso el día en el mirador con la necesidad de implicarme en la vida aunque sólo sea a través de las ventanas. Y ver a la gente pasar haciendo piruetas para sobrellevar sus cargas anímicas. Mi casa no está en el centro de la ciudad, por lo que no hay muchedumbre que me impacte globalmente. En mi caso se trata de pocos viandantes que transitan todos los días y fijan mi atención de manera individual, una y otra vez.

Sobretodo, una chica madura y regordeta como yo, de paso alegre y decidido, que pasa cuatro veces al día. ¡Que alegría volverla a ver! Han transcurrido tantos años. Debe de trabajar en alguna oficina próxima. Viste casi siempre faldas amplias estampadas y muestra una melena suelta que bambolea graciosa. Creo que sería la compañera ideal para quien buscase asegurar una excelente convivencia. Siempre he pensado que las mujeres protectoras muestran unos pechos redondos y generosos, donde acunar los miedos hasta dormirlos; y ella los muestra con frescura.

Desde que prioricé a esa mujer, ha sido una constante su aparición y una necesidad verla andar con chispa sobre sus cortos y prácticos tacones. A veces, fijo mi mirada sobre su cabeza, intentando clavar las pupilas en su cerebro con la idea de que advierta mi presencia y me observe.

Hoy, a pesar de usar los pequeños anteojos con agudeza, también me es imposible avistarla. Hace dos semanas que no cruza la calle, que no se deja ver; y mis estados de vigilia se radicalizan. He acabado creyendo que ha perdido su trabajo o algo peor: está enferma. Su carencia me ha percatado de mi necesidad. No podría seguir viviendo sin verla.

Por fin, ha pasado de nuevo, quizás más delgada, como yo ahora; y mi alma ha dado un volteo completo, tal que una campana en fiestas. Creo que gracias a mi concentración he conseguido que me mire de reojo, con disimulo. Todo pasa a la normalidad y vuelvo a comer. Siento revivir y por primera vez en mi existencia, estoy convencido de que mi salud ya no está abrumada y que, como buena inquilina, piensa quedarse hasta el final del contrato.

Pero el perenne desasosiego sigue amenazándome. Y es que los desatinos de la pubertad se arrastran toda la vida. Porque ¿cómo le digo ahora que yo, un total desconocido, soy su verdadero padre?

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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Mirador, también denominado balcón cerrado, cierro, balcón de cajón o muxarabí. En la Calle Pedro Ruiz Gallo de El Callao. Lima. Perú. Fotografía de Callao Centro Histórico. Vía EQM.

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18 Marzo 2012

¡MAGDALENA VÍTOL!

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1945. Primer cartel de las Fiestas de la Magdalena [España. Castellón de la Plana]

2009: "¡Magdalena!" exclama la Reina de las Fiestas. "¡Vitol!" responden, a coro, los castellonenses. Con tal ceremonia, finalizan los festejos todos los años. ♪♪ ♫ Renin654.

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Esta semana he decidido quedarme en Castellón, cumplir con sus tradiciones, vivir las fiestas de la Magdalena. Patearme la ciudad como miles de castellonenses, sonriendo a la vida a pesar de todo y disfrutando del sonido de "les dolçaines i tabals" y admirando los desfiles de las bandas internacionales. Deseo despertarme con el ruido de los petardos, comer con el de las "mascletás" apoteósicas y cenar bien acompañado con los castillos de fuego. Mi cuerpo quiere estimularse con los sonidos el ritmo y las melodías. Y el buen vino seguro que bañará mi diversión. Y cuando llegue la hora de sentir las emociones al máximo, me acercaré a la vieja plaza de toros a ver a los más valientes enfrentarse en el círculo mágico: a los listos "victorinos", los bravos "cuadri" y a los legendarios y cambiantes "miuras".

Saludos.

El Xiquet de Columbretes.

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11 Marzo 2012

Sueños crepusculares

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Relato breve.

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La soñé donde acaban su deambular los globos de papel de seda, los que se lanzan en las fiestas de mi pueblo, allí donde van a parar los besos y abrazos que nunca se hacen realidad. Era longilínea, de aspecto dulce y elegante. Sus ojos desmedrados desaparecían al sonreírme. Y toda ella era tenue. Rodeada de una inmensa serranía de nubes crepusculares.

Cuando la sentí próxima, me ciñó con su mirada haciéndome percibir el aroma de la ternura. Entonces, su boca fluida mojó mis labios. Y quise quedarme para siempre con ella. Aferrarme a su enfaldo. Allí mismo, donde los suspiros de los sueños, después de ascender mas allá del firmamento, caen en picado, como los malos aviones de papel, sobre sus brazos.

El aire caliente se empeñaba en hacer ascender el globo y mi padre me mandó soltarlo, una y otra vez, mientras absorto, sujetando la boca, no me enteraba de sus ordenes. ¿Pero que te pasa, hijo? ¡Suelta de una vez por todas!, me dijo harto, levantando la voz. Y fue en ese instante cuando me di cuenta de que aquel aerostato no tenía la suficiente fuerza para arrastrarme hacia ella. Y aflojé la mano para que se fuera sin mí.

Mientras ascendía, pausado pero vigoroso, arropado por la algarabía de los niños, miré hacia el inmenso cielo y viéndole partir con su vaporosa luz, maldije no ser más liviano.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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Suelta de un globo de papel seda en 2011, durante el Día de Muertos en Mexico. Fotografía de Wilmar Daniel Soto Cardona [Colombia]. Vía EQM.

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4 Marzo 2012

Un viaje a Soria

Relato breve.

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Comentando las anécdotas que suceden en este mundo y que muchas de ellas son absolutamente imprevistas en todos los sentidos, me decía un muy demócrata amigo, al que llamaré Juan, que a él, en una ocasión, le pasó algo tan sorprendente que le dejó anonadado y aún lo recuerda después de muchos años.

Fue en un viaje a Soria, con motivo de estrenar un mercedes de segunda mano recién adquirido y que quería poner a prueba en la carretera. El viaje lo convirtió en puro placer, junto a su mujer. No quiso aprovecharlo para cualquier cosa que tuviera que ver con el trabajo. Y cuando coincidió la hora de comer con el paso por un pueblo que tenía un agradable restaurante en el camino, pararon a deleitarse.

La comida fue de las que llaman de acierto, pues la calidad y su costo estaban en muy buena relación y la atención fue exquisita. A señalar: el vino tinto, joven, de un sabor afrutado, ligero y fresco. Todo era agradable y el día soleado alentaba a facilitar la digestión con un paseo suave contemplando en silencio aquellas callejuelas llenas de historia y admirar sus viejos y señoriales edificios.

Juan es de los que se empapan "El País" y censura a la "derechona" tomando café en la sombra aun en pleno invierno, charlando sin parar de la actualidad política. La grasa le protege de la humedad costera y a pesar de que le extirparon un riñón provocándole una inmensa hernia -que le obliga a apretarse una ancha faja- por culpa del cirujano de turno, lo lleva con mansedumbre y sin ningún rencor. Es hombre honesto y tierno, capaz de hacer fluir de manera natural las emociones a través de sus gestos. Siempre he pensado que éstos, junto a su nariz, serían la envidia de muchísimos payasos.

Cuando llegaron a una plazoleta, presidiendo el centro de ésta se hallaba una estatua del General Yagüe a la que le faltaba la cabeza. La imagen le conmovió de una manera especial y al interesarse por el motivo, preguntando a una joven con la que se cruzó, ésta le dijo con una sonrisa: "parece que al final de la celebración de una reciente boda en el pueblo, algunos invitados de fuera que lo responsabilizaban de "la masacre de Badajoz", ya bebidos y amparados en la noche, lo decapitaron sin piedad.

Mi amigo -que siempre ha sido muy comedido en todo y al que no le seduce la vida castrense- me hizo saber que, sin reflexionar lo más mínimo, tuvo un gesto de desagravio salido del alma hacia aquél general falangista, legionario y liquidador del maquis. En el momento en que iba a seguir contándome la historia, me preguntó con guasa: "¿no te reirás, verdad?" A lo que yo contesté: "¿por qué debería hacerlo?" Y a continuación, ante su recelosa mirada, moví la cabeza negativamente. Entonces, con voz seria y grave, me explicó que se cuadró frente a él y le saludó con la mano en la frente. "Fue un acto reflejo, no se por qué lo hice", me dijo sonriendo. "Quizá me sentí algo responsable y quise excusarme -añadió-. Hay cosas que no se deben de hacer".

Lo inaudito fue que, a raíz de aquel ademán y de un modo totalmente radical, aquella misma noche le desapareció un dolor intenso y molesto en la espalda que no le dejaba dormir y que llevaba arrastrando más de cuatro años sin que los mejores especialistas acertaran con el diagnóstico y cura. "¡Te lo juro!, fue así. Si no te lo crees habla con mi mujer", me dijo con insistencia. No hizo falta: yo estaba seguro de que aquella historia era totalmente cierta.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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Fragmento del conjunto escultórico en homenaje al General Juan Yagüe en San Leonardo [España, Soria], lugar de su nacimiento, cuya representación aparece decapitada tras haber sido objeto de diversos ataques en 2008. El monumento fue derribado por el Ayuntamiento en mayo de 2009. 'Masacre de Badajoz'. Vía EQM.

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26 Febrero 2012

Horizontes de grandeza

Relato breve.

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Desde pequeño, cuando fui consciente de mi cuerpo, comprendí que aquel apéndice que colgaba entre mis piernas estaba destinado a alcanzar grandes logros. Enseguida acordé reservarlo para la mujer de mi vida. Alguien que se mereciera tan bello y majestuoso regalo debería ser además de guapa, alta y airosa, una compañera que me hiciera reír al compás de la inteligencia y su buen dinero. Una persona cariñosa y volcada en mis necesidades. Nada de ir probando con cuerpos que no dieran la talla y que no llamaran a mi puerta desde la sensibilidad.

Me dediqué de lleno a él, mi niño, a preservarlo, siempre recogido y resguardado para que no sufriera ningún incidente o contratiempo; ponerlo a salvo de las mujeres y hombres lascivos y peligrosos. Mantenerlo impoluto para el día de su estreno. Debía de favorecer la aproximación de un cuerpo y alma que le resultaran ejemplares. Era exigente y no me conformaba con cualquiera. Algo así no lo tenía nadie y yo, consciente de ese milagro, lo mimé a la espera de lo mejor para mi atributo.

Le hice probar todas las fuentes milagrosas del mundo hasta llegar al "Manantial del Samaritano" donde lo sumergí en sus aguas para potenciarle la salud. Y lo bañé en agua de rosas bajo la "Cascada de las Niñas" recibiendo la energía de sus sagradas gotas. No cejé en darle masajes terapéuticos con aceite de escaramujo y de romero. L expuse a los energizantes rayos de la tormenta solar. Y lo subí al Tindalla, la montaña sagrada de los Majoreros y, allí, le hice ver las inigualables lunas de "Endor", en el horizonte sublime, para que se cargara de ensoñación.

Han pasado muchos años y debo de reconocer que ahora ya no es lo que era. Lo veo cabizbajo y repleto de patas de gallo ya eternas y creo firmemente que fui un iluso. Arrugado y llorón sobre el pañal, me mira grave con su ojo rasgado y critica mis ilusorios delirios de grandeza. La verdad es que nunca ha tenido a nadie que lo arrope y lo mime excepto yo. Una vida muy monótona. Me equivoqué aspirando tan alto. Por eso decidí antes de mi autoconfinamiento definitivo, darle la ocasión de un soñado triunfo. Y pagué a una joven estudiante muy atractiva para que, poniéndolo a prueba, valorase sus hechuras y conducta.

La desconocida, como las jineteras de ultramar, cabalgaba airosa y con lucimiento, repleta de emociones nuevas. Y en un momento, el sublime gozo le hizo gemir de continuo y progresivamente hasta originarle una descomunal aceleración. Tan poco controlada que descolocó escasamente a mi niño, pero lo suficiente para que, víctima del agitado peso de aquel culo, se acodara, produciéndose un restallido.

Durante un tiempo estuvo saturado de dolor y de muchos colores: rojo, azul, violeta... Algo se fracturó, pues desde entonces estamos los dos igual: solos y encorvados para siempre.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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'Viejo corredor' [2010]. Pintura de Ángel Ballestero Pinazo [España, 1970]. 1º Premio en el XII Certámenes del Vicerrectorado de Deportes de la Universidad Politécnica de Valencia. Via EQM.

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19 Febrero 2012

Tamboradas

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Relato breve.

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El lunes, aunque con mala gana, se dirigió al trabajo cotidiano. No estaban las cosas como para quejarse de las obligaciones habiendo tanto paro. Ya llevaba varias meses sufriendo la incertidumbre de un supuesto Expediente de Regulación de Empleo que se cernía sobre él y sus compañeros. Y ahora, después de las nuevas medidas del estrenado Gobierno facilitando los mismos, ya lo veían un hecho irremediable.

Toda la semana fue una acumulación de inseguridad, desasosiego y recelo, como un goteo de agua caliza que deja su porción de calcita cada segundo hasta crear la puntiaguda estalactita. Y cuando su cerebro estaba a punto de ser víctima de su lacerante arista, llegó el maravilloso sábado para salvarle de un telele rotundo. Pero minutos antes de salir le dijeron que su nombre con los dos apellidos, no había duda, formaba parte de la lista de aquel fatídico expediente.

Ya hacía tiempo que le habían aconsejado para sobrellevar tal estado de indefensión, practicar la terapia del tambor. Para ello había acudido durante un mes a un curso de percusión chamánica. Algo así como llegar al equilibrio emocional y la salud a través del golpeo. Es una práctica que permite liberar tensiones desbloqueando los puntos energéticos del cuerpo físico para alcanzar el bienestar espiritual y, con él, la vitalidad sosegada.

A pesar de que le habían hablado de la idoneidad de practicarlo en grupo -parece que incrementa el efecto positivo-, sin embargo, por su carácter y estado anímico, poco proclive a fiestas grupales, decidió, hace ya tiempo, practicarlo en solitario. Al principio lo hacía en casa pero como los vecinos protestaron acabó yéndome al campo. Allí se notaba más libre y el contacto con la naturaleza le daba un toque más bucólico a su bienhechora percusión.

Como siempre, siguiendo el manual, empezó el sábado al inicio de la madrugada, zurrando el tambor con la esperanza de alcanzar la armonía al cabo de treinta o cuarenta minutos; andando por esos caminos que conducen al sur, donde anida la poesía. Pero pasó lo establecido y no encontró ese nivel de equlibrio en el que se halla la paz. Y siguió con su empeño sin prestar atención al tiempo.

Pleno de testarudez continuó dándole a las baquetas, pero lo acontecido le produjo tal impacto que después de más de quince días aún no había notado absolutamente nada. ¿Cómo era posible tanto descalabro? Milagrosamente seguía sin pausa alguna hasta que sintió recibir una señal a través de la noche, que le indicó el camino de la tradición y, apresuradamente, cambió el cálido sur por el frío norte.

Entonces, con más fuerza y vitalidad si cabe, pateó kilómetros y kilómetros por esos campos de España, zurrando de lleno al parche del tambor como si fuera un Nicanor triste y melancólico. Hasta perderse más allá de los Pirineos, donde encontrar la deseada estabilidad mediante su verdadero origen: el trabajo.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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La rompida de la hora en Calanda, 2010. Ruta del tambor y el bombo. Vía EQM.

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12 Febrero 2012

Barrabasadas trascendentes

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Relato breve.

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Todo empezó como un juego más, de una manera casi inocente. Apenas contábamos diez años. Era época de fechorías y, como niños traviesos, nos gustaba gastar bromas pesadas a la gente y amagarnos. Permanecer en el anonimato desde un puesto de vigilancia avanzada y segura, donde apreciar sus reacciones y reírnos del infortunio ajeno.

Nada mejor para ello que defecar sobre un papel de periódico, dejar éste sobre una zona de paso poco transitada, estrecha y apenas iluminada, a la espera de que pasara algún incauto. Ese día, a los pocos minutos de tenerlo todo preparado, se acercaron dos personas abrazadas andando lentamente. Parecían novios. Una vez calculada la velocidad de su marcha, clavamos sobre el "cagallón" -residuo sólido, grande y fétido expulsado por el esfínter anal- un petardo vigoroso de mecha y encendimos ésta, a la espera de que coincidiera la explosión con el paso de la pareja de enamorados.

El estallido fue tan sincronizado y la expansión tan sublime, que estuvimos recreándonos, anonadados, en aquella imaginada palmera excremental, que parecía haber salido de un castillo de fuegos diabólico para cubrirlo todo. Gracias a nuestro arte y pericia, embadurnamos de pura deposición, la mía, los vestidos, bolsos y cuerpos de lo que resultó ser dos mujeres. Madre e hija, tuvieron la desgracia de sufrir nuestra desafortunada trastada. Ahí parecía haber acabado todo.

Pero no fue así. Aquella barrabasada excesiva y dañina de mi niñez debería haberme marcado como un estigma todo el resto de mi vida, porque de las dos mujeres desventuradas, la niña superpringada por el reventón de la hez fecal... ¡era ciega! Algo que me costó digerir cuando me lo hicieron saber y que me produjo un profundo remordimiento de conciencia. Más pronto se me pasó, al quedarme alucinado por los hechos posteriores.

Me explico: la niña, milagrosamente, sanó de su ceguera y todos pensaron que aquella explosión sorpresiva tuvo la bendita culpa de tan asombrosa curación. Sin embargo, con el tiempo, una vez descartadas todas las hipótesis de tal naturaleza, los científicos involucrados en la investigación demostraron de manera taxativa que la verdadera razón por la que aquella niña sanó de la vista fue por recibir mis excrementos en sus ojos.

Desde entonces, mi vida es un cagar continuo para curar a las gentes que forman colas interminables enfrente de mi casa.

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Enrique Masip Segarra [2012]. Todos los derechos reservados.

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'Caganers castellers'. Caganercastell. Imagen EQM.

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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